Madame de Chamblay, Alexandre Dumas padre

Drama en prosa de Alexandre Dumas padre (1803-1870), estrenado con gran éxito en 1863. La condesa de Chamblay vive en provin­cias, en Évreux; es una dulce figura de mujer universalmente admirada y compa­decida por ser víctima de su marido, brutal jugador que devora su patrimonio. Ha bus­cado consuelo en una noble pasión que le ha inspirado al joven Max de Villiers, a quien empero resiste por un tenaz escrúpulo de honradez. Una noche que madame de Chamblay se ha retrasado hablando con él, es sorprendida por la inesperada vuelta del marido y hace esconder precipitadamente a Max en su aposento. El marido, fuera de sí por una importante pérdida en el juego, quiere obligarla a vender la última propie­dad que le queda para volver inmediata­mente a tentar a la fortuna; a las recrimi­naciones de ella se pone tan amenazador, que la mujer, aterrorizada, llama en su ayuda a Max.

El conde de Chamblay dis­para contra él y lo hiere. La situación re­sulta muy complicada y peligrosa para la señora, pues Chamblay, seguro de ser absuelto fácilmente por legítima defensa, in­tenta expoliar a los presuntos amantes. Pero encuentra un obstáculo, precisamente en la autoridad de quien esperaba ayuda para llevar a término su vil proyecto: el prefecto de Évreux, devoto admirador de la condesa, que toma audazmente en sus manos el asunto y se revela como una especie de héroe caballeresco de clase supe­rior, capaz de olvidar los deberes de su cargo para hacer triunfar la verdadera justicia, con un golpe de teatro que salvará el desarrollo así como las apariencias; con su alegre impertinencia, consigue exasperar hasta tal punto al conde, que se hace ofen­der vulgarmente por él, lo desafía y lo mata. La novelesca aventura está llevada con brío subyugante, que obliga al espec­tador a aceptar las situaciones más impre­vistas, arrastrado en el juego de una sensi­bilidad simplista y generosa, en un aura de alegre aventura donde se recuerdan con justicia la figura de D’Artagnan (v.) y cier­tos episodios memorables de Los tres mos­queteros (v.). M. Bonfantini

Tiene el sentido de la escena, el instinto de las tramas efectistas; aquel arte característico del teatro, que no tiene nada que ver con la literatura, que no necesita ni poesía ni estilo para ser válido, ningún ro­mántico lo ha poseído como Dumas. (Lanson)