Diálogo de Platón, ateniense (427- 347 a. de C.) que tiene por finalidad definir aquel singular sentimiento que era la amistad entre los griegos.
Una vivaz introducción nos presenta a los interlocutores de Sócrates, que son cuatro muchachos: Lisis, Menexeno, Hipotal y Ctesipo; entre todos ellos se distingue Lisis por su gracia y agudeza. Sócrates, que estima la amistad como el mejor tesoro, conociendo la intimidad que existe entre Lisis y Menexeno, se propone platicar con ellos para tener una idea precisa del sentimiento que ellos demuestran y que, por consiguiente, deben conocer perfectamente. ¿Es el amante o el amado el que se convierte en amigo del otro?—pregunta Sócrates a Menexeno—. Para éste, ello es indiferente; pero obligado por las objeciones de Sócrates acaba por caer en la confusión, si bien antes ha debido admitir que sólo el amante puede ser amigo del amado. Sócrates se dirige entonces a Lisis, a cuyo entender la amistad tiene como fundamento la semejanza. Mas, en tal caso, los perversos serían amigos entre sí, cuando entre tales gentes, la amistad no existe; y, por otra parte, los buenos se bastan a sí mismos, sin que necesiten recibir nada de los que no lo son; ¿qué amistad sería esa que ni da ni recibe? ¿No será, por el contrario, el contraste el fundamento de la amistad? Menexeno se apresura a asentir; mas Sócrates le muestra inmediatamente que, fiando en esta solución, se podría admitir que el bien es amigo del mal, lo cual es un absurdo.
Ni semejanza ni desemejanza permiten explicar totalmente la esencia de la amistad. Pero si admitimos el bien y el mal como dos entes contrarios, cabe la existencia de algo intermedio que, atacado por el mal, se alía con el bien para combatir a aquél; es preciso, no obstante, que esa cosa no se halle completamente corroída por el mal, ya que de otro modo se sentiría incluso incapaz de desear el bien. Lisis y Menexeno están a punto de admitirlo, mas Sócrates, profundizando el examen, señala que se ama teniendo en perspectiva un fin, y que el fin último al que todos tendemos es el bien; pero si es cierto que se ama el bien para huir del mal, ¿será preciso admitir que si despareciese el mal no se amaría más el bien? Y he aquí lo que por más justo sitúa en el deseo la raíz de la amistad; y como se desea precisamente aquello de que se siente falta, como de la privación de algo propio, el deseo de lo que en cierto modo nos pertenece, y el amigo es algo propio para el amigo. Pero también sobre esta última definición se le suscitan dudas a Sócrates; ¿«propio» equivale a «semejante»? Si se admite así, la definición es errónea y ya ha sido refutada al principio del diálogo; en caso negativo, podrá decir cualquiera que el mal es conveniente al mal, esto es, el malvado es amigo del malvado, cuyo absurdo ya se ha demostrado.
Y así se cierra la discusión, porque los pedagogos de los jóvenes les ordenan regresar por ser ya tarde. El tema del diálogo, uno de los llamados «socráticos», se desarrolla en el Banquete (v.), del que puede ser considerado un antecedente.
G. Alliney

