Licencia, Gabriele D’Annunzio

[Licenza]. Se trata de una ex­tensa prosa de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), como dedicatoria de la Leda sin cisne (v.), pero impresa como «licencia», aunque al aparecer resultara dos veces y media más larga que la obra. Escrita des­pués del Nocturno (v.), del que anticipa algunos trozos, pero publicada cinco años antes de la composición definitiva de aquel volumen, repite (o anticipa) de él la manera de diario impresionista; pero realizado de tal manera que cuanto más amplio trata de ser se salva en gracia de una perfecta divagación.

La ocasión primera de esta prosa es la visita que, en Venecia, en 1916, le hicieron dos hermosas mujeres, llamadas Chiaroviso y Notivoglio. Ocurre así que el poeta continúa la narración de la Leda sin cisne escrita en los años felices, y se lo envía como regalo a Chiaroviso, publicado de nuevo en un volumen. La ocasión poé­tica de la Licencia son esencialmente las impresiones de la vida de ayer, coloreadas por la melancolía -de la vida en la guerra, no sin que una melancolía esfume a la otra, adquiriendo la una gracia y la otra, acritud, en un continuo fluir y refluir del recuerdo en el sueño, y de lo real en ambas. Para el autor de la Contemplación de la muerte (v.) y de la Leda nocturna, también la guerra tiene su valor, sobre todo porque lleva al alma «a la familiaridad con la muerte»; en el ritmo y en el tono de su nueva poesía, en cuanto a los motivos esen­ciales de la guerra. «La vida no es una abstracción de aspectos o de acontecimien­tos, sino que es un aspecto de sensualidad difusa, un conocimiento que se ofrece a todos los sentidos, una sustancia buena de fluctuar, de palpar, de gustar», se dice en la Licencia y se repite en el Nocturno (v.); lo cual parece el canto de un alcaico del Canto Nuevo (v.), si una sombra de plegamiento interior no sustituyera al antiguo y ferviente volcarse sobre el mundo ex­terior; o más bien si el mundo externo no se absorbiese y transmutase en un «sentid miento que es musical a manera de las ca­dencias de las lamentaciones».

Tal es, en efecto, el proceso de «espiritualización» ope­rado en el ritmo de esta obra, proceso que en las anteriores se – hallaba en «claridad difusa», sobre las cosas corpóreas que llenan el libro. Más que la gracia en que está insertada, de la estructura divagatoria, es esta riqueza pululante de la materia poética lo que compensa los lugares desenfocados; de tal modo que aunque en el recuerdo queda la obra como inferior al Nocturno, en cuanto que la manera divagante se ad­hiere menos a la sensibilidad impresionista que forma la base de ambos libros, consti­tuye, sin embargo, una elevada conclusión (o premisa), cantando, con sentido menos profundo de la muerte que en el Nocturno y, sin embargo, siempre en tonos de melan­colía y de sombra, la enamorada fidelidad a la vida sensible, cantada en tonos esplen­dorosos en el libro de Alción (v.).

E. De Michelis