Lecciones de Estética, Georg Wilhelm Friedrich Hegel

[Vorlesungen über die Aesthetik]. Obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), que comprende las lecciones profesadas por el gran filósofo alemán en la Universidad de Berlín, incluidas por H. G. Hotho en el volumen de las Obras de Hegel (Berlín, 1832), reimpresas en la Jubildumausgabe del 1927-1929, y coleccionadas con otros manuscritos en la edición crítica preparada por Lapon (Leip­zig, 1931, sólo el primer volumen «Die Idee und das Ideal»).

La estética es, según lo que dice Hegel en la «Introducción», la teoría filosófica de lo bello y, en concreto, del arte. No pretende dar preceptos o nor­mas al arte, sino captar, tal como nos son dados, los momentos constitutivos de la belleza y del arte. Esta posición filosófica tiene ciertamente sus precedentes en la crí­tica y en la preceptiva y, en un nivel más elevado, en la reflexión surgida de aquélla, que ha individuado los momentos de lo artístico, considerando el arte producto de la Tzyyr¡ humana, determinado en función de la contemplación sensible y de la frui­ción que deriva de ella, y teniendo una finalidad suya propia, independiente de fines prácticos. Pero estos momentos no se pueden definir según verdad y hallar en ella una propia coordinación, sino por obra de una síntesis especulativa que los refiere a un principio único. Esta exigencia afir­mada la primera vez por Kant de manera sistemática, adquirió evidencia en la cultu­ra y en el arte mismo, por obra de Winckelmann, de Schiller y de los románticos, y alcanzó una propia definición filosófica en Schelling y de Solger.

La estética hegeliana, que aspira a iluminar y coordinar este esfuerzo que tiende a una estética filosófica, encaja naturalmente en la estructura del sistema. El grado más alto de la vida espiritual, que Hegel define como Espíritu absoluto, es aquel en que el espíritu se torna conciencia de la idealidad de lo real; de la inmanencia de la Idea o de la absoluta razón en todo; conciencia que coincide, es más, es su acto mismo, con la autoconciencia, en que lo absoluto vuelve a sí, mejor dicho, está en sí eternamente presente en medio de la ilimitada dispersión de la vida. Las tres formas del Espíritu absoluto, en que la humanidad se eleva verdaderamente a lo divino y lo experimenta en sí, son el arte, la religión y la filosofía. El arte es la revelación de lo absoluto en la forma de la intuición, como mero aparecer, idea­lidad que se transparenta en todo lo real, pero permanece siempre como idealidad frente a la objetividad del mundo ético- humano. En la religión, en cambio, la reve­lación se cumple en la forma de la repre­sentación, reviste concreción, objetividad que se configura míticamente, y en tal as­pecto se pone como un trascendente del mundo de la naturaleza y del espíritu. Este dualismo, que ya la experiencia religiosa tiende a resolver en sus formas más eleva­das, se resuelve plenamente en la filosofía; aquí el Absoluto se revela en la forma del pensamiento, que es la forma de su propia realidad; ello aparece porque es, y su apa­recer es su ser mismo, Razón eterna que circula como vida por todas las formas de lo real y las une en sí.

Este encuadramiento sistemático de los momentos del Espíritu absoluto determina, por una parte, la tonalidad religiosa de esa esfera; por otra, el predominio del momento teorético sobre los demás. Esto es evidente, también, en cuanto se refiere al campo estético; Hegel, en efecto, afirma que el «arte bello cumple su cometido supremo cuando, junto con la religión y la filosofía, lleva a la conciencia y expresa lo divino, los más pro­fundos intereses del hombre, las más vas­tas verdades del espíritu», pero que pre­cisamente por esto «el arte, lejos de ser la más alta forma del Espíritu, sólo alcanza la perfección en la ciencia». Por ello Hegel apunta sobre todo al contenido espiritual del arte. «En las obras de arte, los pueblos han expresado sus más ricas y profundas intuiciones y representaciones de la vida». De ahí derivan el carácter del contenido de la estética hegeliana y el interés dirigido en el tratado a los aspectos religiosos, éti­cos, políticos, como determinantes de mo­mentos esenciales de lo estético. Lo cual, si bien constituye un oscurecimiento del principio de la autonomía de lo estético ya postulado por Kant y fundamento esencial para una estética especulativa, ofrece a Hegel la oportunidad de examinar la com­pleja fenomenología del arte en sus rela­ciones con la cultura y con los demás cam­pos espirituales.

La estética, como se ha dicho, tiene como primer objeto la belleza, no como valor abstracto, sino como prin­cipio que determina la estructura de la esfera estética, su íntima tensión, su pro­lemática, su movimiento. Ahora bien, y esto constituye el objeto de la primera parte de las Lecciones, lo bello es la apari­ción sensible de la idea; de la idea, no como abstracto universal, sino como universal que contiene en sí lo particular, como concreta idealidad de lo real, su vida y verdad vi­viente, que en lo sensible se afirma y por medio de él conmueve y exalta a los amanales. Esta revelación sensible de la idea se trasluce ya en la experiencia natural, pero como cosa accidental y extrínseca al proceso mismo de la naturaleza. De manera que lo bello natural es una mera alusión, un presentimiento destinado a desaparecer. La belleza tiene su verdadera realización en la esfera del arte, que es el reino de lo «ideal», en cuanto por «lo ideal» se entien­de, no la idea que aparece, sino su aparición en toda su pureza, la forma sensible des­vinculada del juego de las necesidades y accidentalidades, que domina la experiencia natural y equilibrada según una ley interior individual. El arte no es por ello imitación de la naturaleza, sino la creación de un mundo ideal que tiene su fundamento en lo sensible, convirtiéndose en actualidad de la idea, adquiere un alma propia y una propia armonía. Este concepto de lo ideal permite a Hegel considerar el momento formal de la obra de arte, analizar su es­tructura, sus relaciones personales y socia­les, y la naturaleza creadora del artista.

En éste la genialidad no es nunca potencia de expresión del sujeto en cuanto tal, sino capacidad de idealización intuitiva de lo real que se da a sí misma su propia expre­sión concreta en una forma significadora para cada sujeto particular, en cuanto éste se eleva a libertad espiritual. La segunda parte de las Lecciones está dedicada a la deducción de los momentos esenciales del arte, que constituyen también el principio de los períodos históricos de su desarrollo. Es decir, que el arte concebido en la uni­versalidad de su esfera es, por un lado, el verdadero planteamiento del problema de la relación entre idea y forma sensible, su recíproca tensión, que no ha alcanzado el definitivo equilibrio del ideal artístico; éste es el momento del simbolismo del arte. Pero éste, por otra parte, es el acto mismo del ideal, la concreta unidad viviente de los dos extremos, alcanzado en un aspecto finito y definitivo, y éste es el momento de lo clásico en el arte. En fin, 1a relación dialéctica de estos dos momentos tiene su verdad en que la infinidad de la idea puede obtener su actualización sólo en la infini­dad de la intuición, en una movilidad pro­pia suya que en todo punto ironiza y di­suelve toda forma suya concreta; es éste el momento de lo romántico en el arte. Estos tres momentos del arte determinan también los tres períodos históricos — el oriental, el griego y el moderno — en cuan­to en ellos toma forma una típica síntesis de cultura que se expresa en ellos y carac­teriza la estructura y el desarrollo del arte y además — este es el objeto de la tercera parte de las Lecciones — la misma dialéc­tica de los tres momentos señalados más arriba, es el fundamento de las deducciones de las artes particulares. La arquitectura corresponde al momento simbólico; la es­cultura, al clásico; la pintura, la música y la poesía, al romántico.

A su vez la poe­sía se divide en el aspecto plástico-pictórico de la épica y en el subjetivo-musical de la lírica; ambos hallan su síntesis en el drama. Bajo el esquema dialéctico-sistemático, que es la parte caduca de esta estética, vive una enorme riqueza de experiencia y de aná­lisis, un sentido sutil de la complejidad del fenómeno artístico, una conciencia jamás debilitada de la variedad de las estructuras fenomenológicas con que éste se presenta y según la cual entra en contacto con todas las formas espirituales. La estética hege­liana no sólo influyó en su directo seguidor y en la de los epígonos del idealismo como F. Th. Vischer y M. Schasler, sino que en ella radicó la disputa de éstos, el forma­lismo de Herbert; su influencia es evidente en De Sanctis y en el idealismo italiano. Pero la obra de Hegel sigue siendo todavía hoy rica mina de observaciones y de ideas, de atisbos críticos y dialécticos que está muy lejos de haber sido agotada por las investigaciones posteriores. [Trad. española de Hermenegildo Giner de los Ríos, con el título Estética (Madrid, 1908, 2 vols.). Existe, además, una traducción incompleta de Ma­nuel Granell, publicada en tres volúmenes, que llevan por título: De lo bello y sus formas (Buenos Aires, 1946); Sistema de las artes (Buenos Aires, 1947), y Poética (Buenos Aires, 1947)].

A. Banfi