[Die Braut von Corinth]. Balada de Wolfgang Goethe (1749-1832), compuesta en 1797. El argumento procede de una historia que se remonta al griego Flegón de Trales, del siglo II. Goethe probablemente la encontró en la colección de Johann Pretorio, de 1668.
Un joven forastero y pagano desembarca en Corinto para casarse con la hija de un cristiano, amigo de su padre. Recibido por la madre de su prometida, que vela solitaria en el corazón de la noche, es conducido a su habitación donde le preparan una cama y una espléndida cena. Mientras el joven está a punto de dormirse, advierte un ligero roce y se le aparece, bellísima, «blanco el vestido y el velo, una silenciosa / pura muchacha, cuya frente ciñe / negra faja, reluciente de oro».
Ella se detiene maravillada, ignorante de que un forastero hubiese sido recibido en la casa, mientras que éste, por su parte, cree que es la esposa prometida y se alegra. La joven le revela que le ha sido destinada su hermana, mientras que ella ha sido ofrecida al nuevo Dios de la religión cristiana, encerrada en un convento, perdida para el amor. Son de hielo sus miembros, no late su corazón; pero el joven amante la calentará con su ardor. Cambian entre sí los dones nupciales, él la estrecha entre sus brazos y sigue una escena (en la cual el ardor de los sentidos contrasta con el frío de la muerte) interrumpida por la madre que, atraída por las extrañas voces, entra en la estancia del huésped.
La joven, entonces, «rígida y lenta del lecho se levanta», y contesta con reproches a su madre, que la arranca del tibio lecho para arrojarla a la fría fosa. Ella revela aquí su extraña naturaleza: mujer, fantasma, vampiro que aspira de los labios del joven aquella vida que le fue negada. El joven muere y la muchacha espectral ruega a la madre que prepare una hoguera, donde los dos amantes volverán a sus antiguos dioses. Tema éste que no hay que entender como una reivindicación del paganismo contra una ascética virtud cristiana destructora de la vida, sino más bien como una manera poética de resolverse en la llama del amor el misterio de la vida y de la muerte encarnado en la muchacha monja-vampiro.
La balada suscitó polémicas: Herder la tachó de irreligiosa e inmoral; Schiller la defendió, afirmando desacertadamente que Goethe sólo había querido escribir una «broma». En realidad, esta composición representa una necesidad suya, verdadera expresión de aquel espíritu goethiano, ávido de vivir profundamente todas las vidas.
G. F. Ajroldi

