[De música]. Tratado en forma de diálogo de San Agustín (Aurelio Agustín, 354-430), destinado, al principio, a formar parte de una amplia enciclopedia, las Disciplinas (v.), pero más tarde desarrollado de una manera autónoma en seis libros. Su punto de partida es la distinción entre gramática y música; del lenguaje, la música estudia tan sólo el valor rítmico, como ciencia del «bien modular».
Si del valor etimológico de «modular» no se excluye el significado de componer, de entonar, de interpretar una música, en el adverbio «bien» no hay que entender solamente el concepto estético por el que a la bondad y exactitud de la música corresponde una sensación agradable del oído, sino también el valor ético en atención al cual la música era considerada como una de las artes más catárticas. Como medio expresivo, la música emplea el tiempo, del mismo modo que la pintura emplea la luz.
La medida del tiempo es el ritmo, o, en latín, el número. Este número es calculado de varias maneras, pero el modo mejor y más común es el pitagórico y decimal. Y como para Pitágoras el número no era más que un pretexto para hacer de la cosmología un sistema místico, así para San Agustín el número es una ocasión para encontrar a Dios a través de las cosas materiales, hechas incorpóreas y espirituales por la misma divinidad. Esto es, en sus rasgos principales, el primer libro. Los cuatro siguientes, desde el segundo al quinto, representan un verdadero tratado de rítmica según la tradición grecolatina.
Con el sexto libro, en cambio, se reanuda el escrito original de San Agustín, que se puede definir como una estética racional no solamente de la música, sino también de todas las artes, siempre en función de armonía. Los cinco libros anteriores han considerado la música sólo en su aspecto sensible; los tonos, los tiempos, las pausas, las arsis, las tesis no eran más que sensaciones que el teórico trataba fenoménicamente. En el sexto libro, en cambio, se habla de todo el arte, que implica los conceptos de alma, Dios, cosmos, orden.
El fin va cambiándose cada vez más de estético en moral y ascético; la música, siempre según la acepción pitagórica, es un aspecto de la verdad; mejor dicho, de la verdad divina, que, en sus maravillosas formas armónicas, sólo se puede conocer a través de la música. El número, por lo tanto, que gobierna las leyes musicales, también gobierna el cosmos, precisamente por ser creación divina. Por tanto, el estudio de la música es un proceso hacia la teología y corresponde perfectamente al programa, que se había trazado San Agustín, de llegar a las cosas incorpóreas por medio de las corpóreas, es decir, conocer a Dios a través de la naturaleza, que es hija suya.
Y si, como es más que evidente, en aquellos años él seguía adherido, en gnoseología,, a la teoría platónica del recuerdo, sin haberla aún superado con la de la iluminación divina, la música en la concepción agustiniana era el conocimiento más alto que Dios había dado a los hombres para permitirles recordar, a través de las leyes de la armonía del mundo, la maravillosa mente que había dictado tales leyes. Así concluye este sexto libro; debían seguirlo otros seis sobre el «melos», pero lo impidieron las ocupaciones eclesiásticas del autor.
El tratado, concebido simultáneamente con los otros de las Disciplinas, tal vez durante el retiro del neófito (386), no es sólo indicio de una crisis religiosa que tenía que concluirse positivamente con el gesto de la conversión, sino también de una crisis cultural. Cuando Agustín, convertido ya, partió de Milán para el África, sólo se llevó consigo esta obra; tal vez ya estaban compuestos los cuatro libros centrales (II-V) que en Tagaste fueron precedidos y seguidos por otros dos, ya no llenos de normas, preceptos y elementos de una cultura terrenal y corpórea, sino inspirados todos por la nueva revelación que su alma había conocido.
El número ya no significaba, como quería la tradición métrica, el ritmo común a la poesía y a la música, sino, como había enseñado Pitágoras, un medio seguro para reconocer a Dios a través de la inefable armonía del mundo. Trad. italiana de Raffaele Cardamone (Florencia, 1878).
F. Della Corte

