La Mujer Sin Sombra, Richard Strauss

[Die Frau ohne Schatten]. ópera lírica en tres actos de Richard Strauss (1864-1949), libreto de Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), estre­nada en Viena en 1919.

La Sombra es el símbolo procreador de la Vida, causa y fin de toda felicidad humana, y a la mujer que carece de ella le es negada la capa­cidad de procrear. Tal es el tema simbó­lico del libreto, que entre los que Hof­mannsthal escribió para Strauss, es proba­blemente el más hermético. La abundancia de símbolos llega aquí a tal exceso, que, en comparación, el simbolismo wagneriano resulta un acertijo para niños. Cada personaje, cada hecho quiere simbolizar algo que trasciende la naturaleza de aquel personaje o de aquel hecho, y escapa a menudo a la comprensión del espectador.

De la complicadísima fábula puede, sin embargo, entreverse aquí y allá el nexo «humano», a través de lo que de humano revelan los protagonistas. Entre éstos, el más accesible resulta el tintorero Barak, marido insatisfecho de una mujer que, aun teniendo capacidad para ello, se niega a darle hijos. Ésta, la esposa, se ve indu­cida, por obra de magia, a vender su «som­bra» a una reina que carece de ella, y que, por voluntad de su padre, soberano del Reino de los Espíritus, si al cabo de cierto tiempo no logra procurarse una, habrá de abandonar a su amado esposo y regresar al reino paterno, al paso que el propio esposo será condenado a convertirse en piedra. Aconsejada por su nodriza, la reina baja a la tierra e induce a la mujer de Barak a cederle su «sombra».

Pero des­pués, conmovida ante el hondo sentimiento de paternidad insatisfecho del tintorero, renuncia a su adquisición, en recompensa de lo cual recibe el don de la ansiada ma­ternidad. Barak será también recompensa­do, recibiendo por fin de su mujer el tan esperado hijo, con lo que todo concluye felizmente, en una edificante apoteosis. Tal es el esquema «humano» de los acontecimientos. Pero de un episodio a otro se pasa a través de una serie de complicacio­nes mágicas y de alegóricos encantamien­tos que, en lugar de aclararlo, hacen toda­vía más obscuro el desarrollo de la fábu­la.

Sin embargo, Strauss, mediante una orquestación llena de riqueza y sensibilidad, ha logrado delinear los dos aspectos fun­damentales de la anécdota, el aspecto te­rreno y el sobrenatural, formando dos blo­ques sonoros de gran relieve, en los que los pormenores escénicos y los detalles simbólicos quedan absorbidos sin dejar apenas rastro. Los valores de la ópera hay que buscarlos en el discurso instrumental, del cual el canto vocal suele ser (wagnerianamente) una «parte»: discurso de una extraordinaria riqueza de timbres, de una inquieta movilidad rítmica, como ebrio, ávi­do y satisfecho de sí mismo, de su belleza cambiante, de algunos de sus ricos y va­riados tonos y matices, de ciertas sonorida­des incandescentes, y en el que la acción se refleja con contornos alterados, asu­miendo un carácter nuevo, transfigurada casi en una nueva naturaleza.

El sentido de La mujer sin sombra consiste, en defi­nitiva, en esta «transmutación» del libreto en la inagotable y transfiguradora fantasía tímbrica del compositor, a la que la misma endeblez estructural del argumento permi­te entregarse a sí misma, sin necesidad de esforzarse en un agotador ahondar dra­mático.

L. Colacicchi