La Muerte de Empédocles, Friedrich Hölderlin

[Der Tod des Empedokles], Tragedia inacabada de Friedrich Hölderlin (1770-1843), de la cual sólo poseemos algunos fragmentos, pla­nes de escenas y, para los dos primeros actos, una serie de versiones sucesivas. Una edición crítica de estos fragmentos fue hecha por el gran estudioso de Hölderlin, Norbert von Hellingrath (1888-1916) y su colaborador L. Pigenot. Durante muchos años el poeta se había ocupado del gran pensador griego, a quien la leyenda atri­buye su suicidio en el cráter del Etna, después de una vida generosa de filósofo errante. Hölderlin trata a su personaje es­tudiando el móvil de su muerte bajo va­rios aspectos, y transformando completa­mente los motivos de su primitiva creación («plan de Francfort»), hasta el grandioso fragmento de «Empédocles sobre el Etna».

El plan de Francfort fue redactado en 1797; es el proyecto de un drama de base psicológica, en cinco actos, en cuyo des­arrollo dominan los criterios que llamaría­mos de Shakespeare y de Schiller, con multitud de personajes secundarios que en los fragmentos posteriores están completa­mente suprimidos. Empédocles abandona su casa, su mujer y sus hijos, y se retira al Etna porque se siente hastiado de la vida y de su ambiente. Su mujer lo visita en la montaña y le suplica que descienda con ella, tanto más cuanto que precisamente aquel día los agrigentinos han levantado una estatua en su honor. Empédocles des­ciende para dar las gracias al pueblo; pero algunos de sus enemigos excitan al público contra él, afirmando que ha pronunciado palabras poco honrosas contra sus conciu­dadanos. Entonces madura en él la decisión de abandonar definitivamente la ciudad, di­rigirse al Etna y suicidarse para completar su unión con la naturaleza. Se despide de la familia y sube al volcán acompañado sólo de un discípulo querido, al cual, sin embargo, consigue alejar para realizar su intento.

Un abismo separa este «plan» de las dos versiones fragmentarias de «Hom­burg», escritas entre 1798 y 1800. Estas dos versiones reflejan problemas personales de Hölderlin, el cual, después de haberse interesado muy intensamente en el estudio de la vigorosa filosofía de Fichte, había sen­tido de pronto el escrúpulo de haber come­tido un pecado contra Dios y contra la tra­dicional piedad evangélica teológica. Tam­bién en este fragmento, Empédocles, en un momento de soberbia, había afirmado que él era superior a los dioses, por su clara y lúcida mente, pero los dioses se habían vengado terriblemente; y el filósofo había comprendido el terrible significado de su acción, y había aceptado como justo y me­recido el destierro que le habían impuesto los sacerdotes y sus enemigos políticos. Su muerte es la expiación de aquellas sus pa­labras de momentánea soberbia. Acompa­ñado de su discípulo predilecto, Pausanias, se dirige al Etna, y se sacrifica. El segundo fragmento, mucho más breve, es distinto sólo en cuanto a la forma: el poeta ha roto el ritmo yámbico de sus versos y lo ha sustituido por breves dáctilos, gracias a los cuales la melodía rítmica se aproxi­ma a la de los coros de las tragedias grie­gas. Ahora bien, los dos fragmentos mues­tran mayor concentración y mayor vigor con respecto al plan de Francfort. Los personajes son pocos, el diálogo se convier­te casi en un monólogo, en una efusión lírica de Empédocles, maravillosa y clara.

Un paso más en el desarrollo del pensa­miento de Hölderlin nos lo proporciona el último fragmento, «Empédocles sobre el Etna». Aquí nos encontramos, como en las tragedias griegas, en medio de la acción, conocidos ya los antecedentes. Empédocles ha sido desterrado de la ciudad por su her­mano, que es su adversario político. El motivo del pecado no existe ya aquí. Ahora, Empédocles se inmola como una especie de Mesías, para aceptar sobre sí la culpa de sus conciudadanos y para ofrecer un digno sacrificio a los dioses. Perdona a sus enemigos, aleja a Pausanias, mantiene todavía unos maravillosos coloquios con un anciano egipcio y después se inmola. Po­seemos un plan, apenas esbozado, de este último fragmento, en que Hölderlin alude al desarrollo de las restantes escenas, donde hay inútiles tentativas de reconciliación en­tre los dos hermanos, inducidos a ella por su hermana, y otros fragmentos más, pero todo ello tan sumario que no es posible basarse en ellos para una reconstrucción segura. El Empédocles es una de las obras más poderosas y más bellas del poeta, de un excelso lirismo; y, a pesar de carecer de todo rastro de dramatismo, queda, sin embargo, perfecto dentro de su propia esen­cia. Las diversas tentativas de dramatizar estos fragmentos han fracasado, como era de suponer.

C. Gundolf