La Mano Encantada, Gérard de Nerval

[La main enchantée]. Cuento largo de Gérard de Nerval (Gérard Labrunie, 1808-1855), aparecido en 1852. En París, en los primeros años de 1600, Eustaquio Bouteroue se hace decir la buenaventura por maese Gonin, en el Puen­te Nuevo. El adivino, al primer golpe de vista, le anuncia su pasado y su futuro: huérfano, aprendiz, destinado a casarse con la hermosa Javotte y amenazado del peli­gro inminente de acabar ajusticiado. El adi­vino, al marcharse, le enseña su habitación, para que el joven pueda recurrir a él en caso de dificultad.

Aquel mismo día, Eus­taquio encuentra, mientras se dirige a los Halles, donde está su tienda, a Javotte en compañía de un alegre e insolente arcabu­cero a caballo, primo de ella, recién llegado de guarnición a París. Se celebra la boda: pero la presencia del ruidoso militar, que se ha instalado en su casa, fastidia a Eustaquio, tanto más cuanto aquél le hace objeto de burlas y bromas de mal gusto. Nuestro héroe, una noche, pone en la calle a su pariente, pero en el curso de la vio­lenta discusión, se desafían. Abrumado y aterrorizado, Eustaquio se dirige a casa de maese Gonin, el encantador: le promete cien escudos dentro de diez días y consi­gue de él un hechizo que le permita matar en duelo a su temible adversario. El pobre tendero vive luego unos días de angustia. Sospechoso para los guardias, se confía finalmente al lugarteniente civil de París y éste promete protegerlo. Pero entretanto, Eustaquio no ha pagado los cien escudos: a punto de despedirse, tranquilizado por su protector, su mano se mueve sola y da una bofetada al lugarteniente. Inmediatamente se arroja a sus pies pidiendo perdón; pero la mano vuelve a golpear la cara del magistrado, con una serie de golpes tan furi­bundos que le obligan a pedir ayuda a los guardias. Ahora, Eustaquio, procesado por haber matado a un hombre en duelo y por ofensas y golpes a un alto magistrado, es condenado a la horca. En la cárcel recibe la visita de maese Gonin, quien le recuerda que, al no pagar su deuda, Eustaquio le debe su propia mano. Y, en efecto, apenas el infeliz expira en el patíbulo, la mano empieza a agitarse, aterrorizando a la mul­titud y golpeando al mismo verdugo, quien acaba separándola del cuerpo de dos cu­chilladas; después de lo cual la mano en­cantada, corriendo por la calle, llega velozmente a casa del encantador.

Es evidente en el asunto de este relato la influencia de las Fantasías (v.) y de los Nocturnos (v.) de Hoffmann, que Nerval conocía bastante bien. Pero el minucioso cuidado de repro­ducir el ambiente histórico y evocar la at­mósfera del pintoresco París de dos siglos atrás, muestra claramente las cualidades originales del autor. Éste posee, además, un sentido del color justo y preciso, una re­finada elegancia de estilo y una plácida ironía de narrador que pudiera llamarse ariostesca: conjunto de raras cualidades que le distinguen incluso con este cuento de todos los narradores de su época, y le se­ñalan un lugar privilegiado entre los ma­yores prosistas de la literatura francesa.

M. Bonfantini