La Isla de la Felicidad, Per Daniel Amadeus Atterbom

[Lycksalighetens ö]. Cuento dramático del poeta romántico sueco Per Daniel Amadeus Atterbom (1790-1855) publicado entre 1824 y 1827. El modelo de esta obra fueron las historias de Tieck, el cual sufrió la influen­cia de Cario Gozzi, pero no faltan tampoco reminiscencias shakespearianas. El tema de esta narración deriva en su mayor parte de libros populares suecos de mediados del si­glo XVIII, que eran a su vez traducciones de una historia fabulosa incluida en una novela de Mme. d’Aulnoy, Histoire d’Hippolyte comte de Douglas (1690). En varios lu­gares es evidente la influencia del danés Oehlenschláger y más aún la de un gran poeta muy querido de los románticos, Tasso.

Durante una cacería de osos, Astolfo, joven rey de un país hiperbóreo, se pierde y va a parar a la gruta de los vientos, donde es acogido por la viejísima madre de éstos, Anemotis. Entre los vientos, el juvenil y de­licado Céfiro habla de Felisa, la reina de la isla de la felicidad, en la cual Astolfo reconoce al ideal de sus sueños. Céfiro con­duce al rey a la isla. En ella vive la prin­cesa Svanvit (Blancocisne) esperando vana­mente a Astolfo al que ama secretamente; durante una fiesta, después que Felisa ha contado un sueño sobre el ave Fénix, As­tolfo, dejando caer el manto que lo hace invisible, se presenta ante ella. Tomado por el ave Fénix, Astolfo se gana inmediata­mente el amor de Felisa, que le promete eterna juventud a condición que se quede con ella. Así pues, los eternos enamorados gozan de un amor perfecto durante tres siglos hasta que Astolfo, añorando una vida más laboriosa, obtiene el permiso de volver por poco tiempo a su patria sobre un ca­ballo alado del cual, empero, no puede ba­jar, so pena de perderse, antes de llegar a su nativo país hiperbóreo. Llegado a su pa­tria, Astolfo, como primera providencia, encuentra a un viejo cantor ciego, Florio, que le canta la balada de Astolfo y de Svanvit. Luego observa la república hiper­bórea en que se ha transformado su antiguo reino, y los demagogos que ocupan el go­bierno, de los cuales hace una ridícula cari­catura. La tentativa que Astolfo lleva a cabo de levantar la patria de su abyección presente, fracasa y es declarado fuera de la ley.

No le queda más que volver junto a Felisa; pero antes de ponerse en camino quiere despedirse de Florio que lo conduce a un pequeño cementerio. Allí, de pronto, se oye un canto acompañado del son de un arpa, un canto que viene de ultratumba y habla del amor que vive aún más allá de la muerte. En el camino de regreso, Astolfo oye la voz quejumbrosa de un viejo que pide ayuda. Olvidando la prohibición, baja del caballo y le da la mano. Pero la mano del viejo está helada: es el Tiempo que ha conseguido aferrarle, y Astolfo muere recor­dando a Felisa junto a la cual el instante era eternidad. Céfiro lleva su cadáver a la Isla. Felisa llora a su perdido amante y se despide de las ninfas para quedarse junto al cuerpo de Astolfo. Luego el rayo incen­dia el palacio de Felisa; el Tiempo aparece sobre las llamas. En el cielo brilla una gran cruz hecha de estrellas; un coro de estre­llas invitan a Felisa a elevarse, ahora que la felicidad terrenal se ha desvanecido, hacia la beatitud celestial.

Por los numerosos ele­mentos derivados de la poesía del Renaci­miento, especialmente la italiana, por su difuso sentimentalismo, por el predominio de lo decorativo, la Isla de la felicidad es uno de los últimos ejemplos de un género que debe su origen a ciertas obras o frag­mentos de obras de Tasso y de Shakespeare, y se hermana, de una manera más próxima, al estilo agradable pero superficial de Wieland. Pero en otras cosas Atterbom es más estrictamente un romántico a la manera alemana, ya sea por la finura de su dibujo, que tiende al arabesco, ya sea por la mís­tica simbología que dejar transparentar, o bien por el violento contraste entre la ma­nera ligera, fantástica y sentimental del conjunto y ciertos fragmentos de un realis­mo extremadamente apoético. En estos y en la grosera caricatura de los ideales «ilus­trados» y de personajes e instituciones de la Revolución francesa, se revela el místico y el oscurantista que repetía en Suecia las ideas y reanudaba las polémicas de un de­terminado círculo de místicos románticos y de alemanes acentuadamente retrógrados.

V. Santoli