La Günderode, Bettina Brentano

[Die Günderode]. La segunda de las tres novelas epistolares con las que Bettina Brentano (1785-1859), des­pués de la muerte de su esposo, el poeta Achim von Arnim, quiso «embalsamar con el arte los recuerdos de su vida». Publicada en dos volúmenes en Leipzig en 1840, esta «novela de la amistad», en gran parte auto­biográfica, carece, como las demás, de un núcleo central; pero es la más variada, aquella en que la poetisa muestra mejor su capacidad de retratar tipos y narrar acon­tecimientos, a menudo con feliz humorismo típicamente femenino. Estilo original reve­lan los perfiles del galante gentilhombre inglés cortejador de Bettina, del buen pin­tor Voigt, del judío Eframio, profesor de cálculo y de mecánica, y al mismo tiempo, por necesidad, comerciante de trajes usa­dos del duque de Gotha, autor de una misteriosa tarjeta a Bettina, del poeta Hölderlin, ya loco en Homburg von der Höhe, cuya grandeza poética Bettina adivina, y que a la sazón casi todos desconocían. Ple­nas de juventud son las páginas en las que cuenta el idilio más fantástico que real con Mauricio Bethmann o la historia de los tres primeros besos…

Por encima de todos los personajes, está el de su amiga, la poetisa Carolina von Günderode, que había cono­cido en 1802 en Francfort, donde Carolina era camarista en el Colegio de las Señoras nobles. Bettina alternó mucho con ella y con ella soñó el amor y la gloria tanto en Francfort como en Offenbach y Trages, sintiéndose ante ella en condiciones de infe­rioridad. Por sus cartas se evidencia una pasión sincera de Bettina hacia su taciturna amiga y, a menudo, una verdadera adora­ción. De la tragedia de la que Carolina fue protagonista (se suicidó cuando el fi­lólogo Federico Creuzer, amante suyo por algún tiempo, se reconcilió con su legítima esposa), no tenemos más que un pálido re­flejo en la novela. Las cartas que se refie­ren al fin de Carolina no son auténticas, ya que la amistad entre las dos poetisas terminó al comenzar el amor de Carolina por Creuzer, quien sentía una invencible antipatía hacia B. Brentano. También por esta novela, hoy no se la considera a Bet­tina como una simple editora de correspon­dencias, sino como una verdadera poetisa, digna en todo, por su caprichosa sensibi­lidad, por su viva fantasía, por su alegre humorismo, por su exquisita originalidad, del nombre que le dieron sus contemporáneos: «Sibila del Romanticismo».

A. Musa