Juliano el Apóstata, Pietro Cossa

A Pietro Cossa (1830-1881). en el drama en cinco actos, en verso, Juliano el Após­tata, representado en 1876 y publicado en Turín al año siguiente, no le parecieron tan poéticas las vicisitudes del hombre y del guerrero como la posición del filósofo, últi­mo defensor del trono en las libertades que le eran más queridas. Descuidando, por lo tanto, todos los otros aspectos, nos presenta la figura de un sabio, nobilísima, aunque singularmente rígida y anti dramática. El drama tendría, pues, que brotar del con­traste entre este gigante y su pueblo, marea de pigmeos que sin embargo logrará sumer­girle; pero, en realidad, el contraste no adquiere vida en la escena.

Juliano el Após­tata, durante cuatro actos va dando vueltas por Antioquía, expresando sus magnánimos pensamientos con acento de gran nobleza, donde relampaguea de vez en cuando la amarga sonrisa de la ironía. El recuerdo de su tío Constantino, él sanguinario empera­dor que se proporcionó a sí mismo la aureola de santo edificando templos, está entre él y el Cristianismo: la religión que en las catacumbas prometió amor a todos y que llegó a ser feroz en el trono, la reli­gión que conduce a sus adeptos a destrozar los mármoles de Fidias, donde hay «más Dios que en cien cráneos humanos». No son mejores el culto de Mitra, turbio y feroz, o los fanáticos conventículos de los heréti­cos. ¡Feliz el día en que todos desaparezcan y «cada uno, sacerdote de sí mismo, ponga en el altar de su corazón su obra buena, mejor que cualquier incienso!» Pero entre­tanto, que cada uno llame a Dios con el nombre que más le plazca, ya que la tierra está harta de perseguidores y de víctimas. Por lo que a él se refiere, se siente hijo legítimo de la antigua Roma e invocará contra los persas rebeldes, hacia los que está a punto de marchar, a un dios romano: Marte. En el quinto acto, en efecto, he aquí a Juliano en Persia, que cae guiando a los suyos a la victoria; de sus labios «sale la última voz de un mundo que desaparece».

Tras el emperador, en el trasfondo, está la multitud multicolor, dividida entre los infi­nitos cultos que la libertad ha hecho reapa­recer: cristianos y paganos, judíos y adora­dores de Mitra, donatistas, arríanos, maniqueos… Pero todas estas gentes no tienen más que una función decorativa y accesoria. También el episodio más saliente — diluido en varias vicisitudes a lo largo de los cinco actos —, el idilio entre el cristiano Pablo y la judía María, unidos por el amor y se­parados por la religión, no tiene nada que ver con el protagonista, y es un desafortu­nado recurso escénico destinado a dar va­riedad al débil argumento del drama.

E. C. Valla