Ismos, Ramón Gómez de la Serna

Obra de Ramón Gómez de la Serna (1988-1963) publicada en 1931. Contiene veinticinco capítulos que intentan ser, dentro de la manera arbitraria y humorística, llena de ingenio y fantasía de Ramón, un estudio o aproximación a los movimientos de vanguardia. Muchos de ellos son creación de la propia imaginación del escritor, al menos en la denominación; otros sólo tienen como base la personalidad original de un creador; en conjunto, abarcan todo el mun­do excéntrico, heterogéneo, hostil a la so­ciedad burguesa que lo rodeaba, del primer cuarto de siglo.

Así encontramos, junto al Futurismo y a Picasso, a Charlot — «Charlotismo» — y a la música de jazz-band — «Jazbandismo» —. Su intención respecto a las nuevas formas del arte y la literatura, es, según declara en el prólogo, «poner un poco de orden en lo que todo eso ha significado», «cerner al fin lo que hay de perenne en todo lo que ha sucedido» y dar la clave del arte contemporáneo. Para Ramón las escuelas son sólo «una figura», la «figura creadora, soli­taria y personal» como era él mismo, por eso sus estudios son en su mayoría atrevi­das calas interpretativas de las figuras van­guardistas; en ninguna de ellas ve una posi­ble perennidad, este mundo nuevo está tam­bién destinado a disolverse porque «la di­solución es el sueño de amor de todo lo creado». Destaca como la nota más caracte­rística de estas actitudes estéticas el estar preparando la libertad del hombre. Defiende una influencia recíproca entre artistas y es­critores, pero en contra de la opinión co­rriente afirma que estos últimos preceden en el tiempo a los artistas y pone como ejemplo a los que considera antecesores del vanguardismo: Conde de Lautréamont, Aloysius Bertrand, Rimbaud, Mallarmé y Saint- Pol Roux. El primer capítulo — «Apollinerismo» — está dedicado a este escritor del que se considera discípulo y al que presenta como el más inmediato precursor de los nuevos movimientos; el segundo — «Picassismo» —, el más largo del libro, estudia al genial pintor malagueño, primero, en los inicios de su carrera artística relacionándolo con la generación del 98, tanto física como intelectualmente, pues sentía el mismo des­engaño de España que «sus compañeros de callejeo patético», pero se escapa de él por poseer un lenguaje internacional, del cual carecían los demás; sigue después una in­terpretación del cubismo como movimiento de renovación, y del impresionismo, frente al cual es una reacción contra lo sensible o sensorio; dentro del cubismo Picasso repre­senta la tradición pictórica española, puesto que en España la pintura ha sido siempre construcción.

Entre las otras escuelas estu­diadas hay dos, el «Humorismo», «situación sui gèneris y superior para juzgar la vida que pasa, para desarmar lo alevoso», y el «Novelismo», defensa de lo arbitrario — «hay que desenglobar todos los disparates»—, que se refieren a dos de las cualidades más destacadas del personal estilo del autor: el humor y la arbitrariedad; en el último capí­tulo citado aparece un gran elogio de la novela: «género inmortal porque es el que se produce viviendo y el que deja al lector vivir». Los restantes movimientos estudiados son: el negrismo, luminismo, klaxismo,  estantifermismo, toulouselautrecismo, monstruosismo, archipenkismo, maquinismo, elio­teismo, simultanismo, lipehitzmo, tubularismo, ninfismo, dadaísmo, suprerrealismo, botellismo, riverismo y serafismo, sobre Cocteau. En el prólogo dice que por modestia no ha escrito un capítulo sobre el Ramonismo. La obra demuestra una verdadera devoción por la invención y la novedad: «el deber de lo nuevo es el principal deber de todo artista creador».

S. Beser