Ideas Para una Filosofía de la Naturaleza, Federico Guillermo Schelling

[Ideen zu einer Philosophie der Natur j. Tratado del filósofo alemán Federico Guillermo Schelling (1775-1854) pu­blicado en Viena en 1797. Esta obra señala la emancipación del autor con respecto a la influencia fichteana que le había dominado en sus primeras investigaciones filosóficas, y la afirmación de aquel sistema original que fue denominado por los estudiosos idealismo físico o filosofía de la Naturaleza. Schelling llega a ella por la exigencia de sus mismas tendencias intelectuales de asignar a la naturaleza aquella realidad y consistencia que el idealismo subjetivo de Fichte le había ne­gado y por el entusiasmo hacia los recientes descubrimientos científicos, además de las aspiraciones del movimiento romántico a traducir en términos racionales la subjetivi­dad de la naturaleza; y — motivo notable, sobre todo en relación con la determinación de la filosofía natural tal como aquí se expone — por las enseñanzas de Leibniz y Kant. En la introducción a la obra, Schel­ling, después de declarar su intento de determinar filosóficamente — y por tanto, a priori — la ciencia de la naturaleza, sostiene la concepción dinámica de ésta como la física del nuevo idealismo en contraposi­ción a la teoría mecanicista implicada por la posición dogmática: de este modo avanza por el camino indicado por Leibniz con la teoría monadologicoenergética, y vuelve, incluso en la demostración y en los argu­mentos, a cuanto el idealismo crítico kan­tiano había poco antes afirmado en el campo de las ciencias físicas.

La oposición de Schel­ling al mecanicismo se manifiesta también en la interpretación finalista de la natura­leza, ya apuntada también por Leibniz, y difusamente tratada por Kant en la Crítica del juicio (v.), pero desarrollada por Schel­ling en el sentido del más moderno idealis­mo. Dinamismo y flnalismo ofrecen tal vi­sión vitalista de la naturaleza, que promueve y legitima su consideración y valoración como aspecto sensible del Espíritu o Inteligencia «en devenir». Partiendo del concepto fichteano de la actividad que se engendra de la oposición y el contraste, Schelling busca el principio de renovación de la lucha que alimenta de continuo la vida de la natura­leza; y en el primer libro, que constituye la parte empírica de la obra, encuentra tal principio en los fenómenos químicos, reducibles todos al fundamental de la combus­tión por la presencia del oxígeno — principio universal y superior — que consiente una clasificación de los elementos según el grado de afinidad que presentan con él. Relacio­nados con la combustión están los fenómenos de la luz y el calor, fundamentalmente no diferenciados, y cuyo carácter común es la propagación. Partiendo precisamente de la luz, y a base de una combinación química, Schelling explica erróneamente el origen de la atmósfera, cuyo equilibrio está mantenido por la integración del oxígeno por parte del mundo vegetal. En los campos de la electro­química y del magnetismo, Schelling, fundándose en el hecho experimental de que un cuerpo afín al oxígeno está positivamente cargado, llega a la conclusión de que los fenómenos eléctricos son fundamentalmente idénticos a los fenómenos de la combustión, e investiga con gran agudeza acerca de las relaciones y diferencias entre magnetismo y electricidad.

En el segundo libro, que constituye la parte teórica de la obra y > representa su punto central, el autor intenta la fusión de la física dinámica con el idea­lismo fichteano, a través de Kant. Éste había llegado a su teoría partiendo de la física newtoniana, que había concebido la atrac­ción y la repulsión como fuerzas inherentes a la materia. Su contemporáneo Le Sage —  campeón de la física atomística — había dado otra explicación, considerándolas como fuerzas engendradas por los corpúsculos at­mosféricos. Teorías insuficientes. Para Schel­ling, repulsión y atracción son elementos «constitutivos» de la materia, la cual existe, por tanto, como producto de acción de estas fuerzas antitéticas, concebidas en la intui­ción. Si actuase únicamente uno u otro de estos dos factores, se obtendrían, respectiva­mente, el espacio, en el cual se perdería la infinita materia, y el punto, en el que ésta se contraería; pero como funcionan constantemente en recíproco juego de limitación y contraste, se origina la materia como un todo orgánico y finito. La dinámica es una física mucho más elevada que la mecánica: ésta niega lo continuo para reconstruirlo con lo discontinuo, lo cual es arbitrario, porque la experiencia da lo continuo; niega además la cualidad, mientras que la dinámica parte precisamente de ésta, por lo cual la dinámica es la verdadera física de acuerdo con el idealismo crítico. Esto no quiere decir que Schelling acepte la dinámica kantiana.

Ésta implica el procedimiento analítico, mientras Schelling sostiene la sinteticidad del con­cepto de materia; ésta, en Kant, permanece como «cosa en sí», mientras el idealismo más avanzado rechaza tal trascendencia redu­ciendo la materia a la producción de la actividad espiritual. Tratando de la dinámica aplicada, Schelling reconoce a la nueva física la facultad de explicar la diferencia cualitativa de los cuerpos, ya que ésta se reduce a la relación gradual — y por tanto cuantitativa — entre las dos fuerzas funda­mentales. La actividad química no es otra cosa que el restablecimiento del equilibrio de estas fuerzas, después del contacto de dos cuerpos heterogéneos. De la dinámica dependerán, pues, las leyes generales del proceso químico. La filosofía sólo deberá decidir entonces qué es lo experimental en nuestro conocimiento y qué es lo «a priori». Las Ideas para una filosofía de la naturaleza representan la repercusión, en filosofía, de los geniales descubrimientos físicos, quími­cos y biológicos del siglo XVIII, la audacia de hipótesis atrevidas, la existencia profun­da de una filosofía de la naturaleza que el idealismo fichteano no había podido justi­ficar. Este tratado fue juzgado en general como obra de un joven que mezcla a pro­fundas visiones y a positivas conquistas cierta falta de madurez en la investigación y un estilo desigual.

A. Cecconi