¡Hurra, Vivimos!, Ernst Toller

[Hoppla, wir leben!]. Drama de Ernst Toller (1891-1942), en un prólogo y cinco actos, escrito en 1927 y re­presentado aquel mismo año en la «Piscatorbühne» de Berlín. La acción se desarro­lla en alemania, en 1927, pero va precedida por un relato anterior ocurrido en 1919 y expuesto en el prólogo.

En la celda de una cárcel, cinco revolucionarios condenados a muerte (Carlos Thomas, Guillermo Kilman, Alberto Kroll, Eva Berg y la señora Meller) aguardan, desde hace diez días, la ejecu­ción. La espera agota sus fuerzas, y en el décimo día, cuando reciben inesperadamente el anuncio del indulto, uno de ellos no re­siste la sacudida nerviosa y enloquece. Es Carlos Thomas, el protagonista del drama que empieza en el momento en que, ocho años más tarde, Thomas sale del manicomio y reanuda el contacto con la vida. Los años de locura han sido como un largo sueño, y él despierta con el ánimo de antaño, lleno de amor, de fe sencilla y activa, de entu­siasmo. Pero pronto – advierte que algo ha cambiado en torno. De sus viejos compañe­ros, uno, Kilman, se ha vendido al adversa­rio y ha llegado a ministro; los otros con­tinúan luchando, pero con ánimo distinto: han aprendido a calcular fríamente los me­dios, a esperar, a disimular y a servirse de juegos políticos, de los que Thomas sólo ve el lado moralmente negativo, sin reconocer su necesidad. Incluso Eva Berg, su antigua amada, sólo responde con fríos y cínicos razonamientos a su ímpetu amoroso, aunque acepte ser su amante. Carlos Thomas se siente desconcertado, aniquilado: le parece que se ha quedado solo, el único «de una generación ya sepultada», y cuando habla a sus compañeros de antaño de la antigua fe que, como un huracán, «arrasaba tierra, cielo y estrellas», y de la necesidad de que un hombre esté dispuesto a ofrecerse a sí mismo en sacrificio, advierte que los demás no pueden comprenderle.

Entonces es presa de la duda, no sabe de qué lado está el error. Empleado por fin como camarero en el Gran Hotel, donde puede asistir a la corrupción espantosa en que vive aquel mundo del que ahora Kilman forma parte, atento sólo a su propia ventaja, decide suprimirlo al menos a él, al traidor Kilman, que frecuenta precisamente el Gran Hotel. Luego será otro quien, por distintos moti­vos, dispara contra el ministro mientras éste cena en un «reservado»; pero todos los in­dicios le señalan y es detenido. El último acto repite el motivo del prólogo. Se desa­rrolla en la cárcel, donde se encuentran con Thomas los antiguos compañeros de antaño, sospechosos de complicidad; pero Thomas se siente desesperadamente solo, vencido, y su razón vuelve a estar a punto de perderse. Lo sabe: «…Pobre cabeza mía. Gorro como un hombre despierto por las calles, y mis pensamientos chocan mortalmente con los suyos… he perdido al mundo, el mundo me ha perdido… pero quizás no esté loco el mundo, quizás lo esté yo, yo, y todo ha sido solamente un sueño insensato, delirio, delirio…». Así, incapaz de vivir, incapaz de envilecer con meditaciones sus propios idea­les, Carlos Thomas se estrangula.

Quince años más tarde, en una pobre fonda de Nueva York, Ernst Toller moría como él, y, a la luz de su tragedia, el drama; Hurra, vivimos! se nos aparece claramente auto­biográfico. Así las palabras e imágenes que forman la vida difícil de Carlos Thomas, son vivificadas al calor del sufrimiento humano, haciendo de él un último héroe romántico, última víctima (más allá de toda referencia histórica a la vida social en alemania de 1919 a 1927) de la vana lucha entre el hombre rico en ideales y pasiones y el mundo que fatalmente las disuelve todas. La construcción del drama está interrumpida a menudo por intermedios cinematográficos: la escena, que el mismo autor había dis­puesto, es múltiple y precisa la representa­ción simultánea de los numerosos y algunas veces breves episodios en que está dividida la acción. El drama es artísticamente infe­rior al Hombre masa (v.), pero la maestría expresionista de Erwin Piscator dio de él una representación que ha quedado como memorable en la historia del teatro contemporáneo.

G. Veronesi