Horacio, Pierre Corneille

[Horace]. Tragedia en cinco actos de Pierre Corneille (1606-1684), repre­sentada en París en 1640. Mientras arde la guerra cada vez más sangrienta entre Alba y Roma, en casa de los Horacios, Sabina, de la familia albana de los Curiacios y es­posa de uno de los Horacios, teme por su antigua patria y por la nueva, teme el re­sultado de la lucha que le será fatal de to­das maneras. Así siente y padece también Camila, hermana de los Horacios y prome­tida con un Curiacio. Éste viene a anunciar que la batalla ha sido suspendida, y será sustituida por un duelo entre combatientes escogidos de uno y otro ejército: toda espe­ranza de felicidad parece ya permitida a las dos mujeres y a las dos familias. Roma ha escogido como campeones a los tres Hora­cios, y Curiacio se alegra por su cuñado, reconociendo que ahora su patria difícil­mente vencerá la partida.

Pero de pronto Curiacio se entera de que ha sido escogido con sus dos hermanos para defender la causa de Alba. Los dos cuñados, ahora ya verdaderos enemigos, se exaltan con su ele­vado deber, más decidido el romano, más humanamente turbado el albano, quien, a pesar de ello, resiste a las súplicas desesperadas de Camila, su prometida, recordando que él pertenece antes a su patria que a su amada. Sabina pide que o su marido o su hermano la maten para romper el vín­culo que los une: la firme proposición con­mueve a Horacio, pero el anciano padre les recuerda su deber para con la patria y los convence fácilmente. Las mujeres son ence­rradas en la casa mientras se desarrolla el encuentro. Camila comienza a esperar de nuevo, porque ambos ejércitos han obtenido que sea impedida la lucha entre tan pró­ximos parientes y que se consulte a este propósito a los dioses; pero el viejo Horacio anuncia a las mujeres que los Dioses han confirmado la elección de los combatientes. El relato incompleto del resultado (según el cual dos Horacios han muerto y el tercero ha logrado huir) consuela un poco a Sabi­na, mientras el padre clama contra su hijo cobarde a quien se deberá el deshonor y la servidumbre de su patria. Pronto el relato correcto y completo explica la estratagema de Horacio, para separar a. sus enemigos diversamente heridos, y abatirlos uno tras otro.

El viejo, entusiasmado por la gloria de su casa y de su patria, consuela a Ca­mila, pero ésta, desesperada, va al encuen­tro de su hermano, llorando a su prometido muerto. A Horacio »que la reprende, recordándole Roma, ella contesta maldiciendo a la ciudad y deseando su ruina: él la mata. Resiste después a las súplicas de Sabina, que también desea ser muerta por él. El viejo Horacio en aquel nuevo desastre ye un castigo para el orgullo que había lle­nado su corazón, y habla lleno de angustia a su hijo, que espera de él la pena mere­cida. El Rey se presenta para expresar su admiración al padre, y después su condolen­cia por la más reciente desventura. Valerio, enamorado no correspondido por Camila, pide la muerte del fratricida, señalando al mismo tiempo el poder excesivo que asumiría en Roma aquél héroe, si se le pone por encima de la leyes; Horacio opone las suyas a las palabras interesadas de Valerio, dispuesto a la merecida muerte, pero pidien­do como gracia al Rey que se le permita tomársela por su propia mano. También Sabina ofrece su vida para expiar la muerte de Camila y salvar a su esposo.

Pero el an­ciano Horacio muestra al Rey el camino más útil para la patria y la justicia. Hora­cio vivirá y su hermana será unida en la misma tumba con el muerto Curiacio. Cor­neille sigue con todo el relato de Tito Livio: pero hace más estrecho el vínculo entre las dos familias, imaginando al joven Horacio casado con Sabina, hermana de los Curia­cios. Así sólo parece haberse inspirado en la historia, aunque la Horada (v.) de Pietro Aretino pueda también haber contri­buido a su creación. La tragedia muy regu­lar, es austera, cuadrada, romana como sus personajes. La pasión amorosa de Camila es el desencadenamiento de una fuerza hasta cierto punto perversa, que es castigáda y sofocada. La acción pareció a muchos terminada después de la muerte de ella; pero la figura del viejo Horacio se eleva en el último acto, donde aparece la Roma de las leyes, del derecho, después de la Roma del heroísmo patrio. Como en el Cinna (v-), y con más ruda energía, en el Horace se muestra el trágico que evoca con apasionada elocuencia la grandeza de la antigua Roma.

V. Lugli

Vos sois el verdadero y fiel intérprete de su espíritu y de su valor [de Roma]. Más diré: donde Roma es de ladrillos, vos la reconstruís en mármol; cuando halláis un vacío lo llenáis con una obra maestra. (Guez de Balzac)

Antiguos monumentos sublimes algunas veces insignificantes en su conjunto, que pertenecen a la infancia del arte. (Voltaire)

El Horace confirma el triunfo de la tra­gedia y determina la desaparición definitiva de- formas híbridas y confusas como la tra­gicomedia: en fin, rompe con la novela, las preciosas, España, y vuelve a conducirnos a la antigüedad. (Lanson)

*      Para la tragedia de Corneille, Camille Saint-Sáens (1835-1921) compuso, en 1860, música de escena para soprano, barítono y orquesta.

*      De la misma tragedia fue extraído un libreto para la música de Antonio Salieri (1750-1825): la ópera titulada Los Horacios fue representada en Viena en 1876. Sobre el mismo libreto y con el mismo título tam­bién Bernardo Porta (1758-1832) compuso una ópera que se estrenó en la ópera de París la noche del 10 de octubre de 1800, mientras estallaba un complot contra el Pri­mer Cónsul.

*         Otras óperas con el mismo argumento: Orazio de Pier Farncesco Tosi (1647-1727), Venecia, 1688; Orazio de Gaetano Latilla (1711-1791), Roma, 1738; Gli Orazi e i Curiazi de Saverio Mercadante (1795-1870), que obtuvo en Viena, en 1830, un éxito ca­luroso. Una sinfonía titulada Horacio vic­torioso fue compuesta en 1921 por Arthur Honegger (1892).