Historia Eclesiastica, San Eusebio de Cesarea

La primera obra con este título que nos ha legado la antigüedad cristiana es la de San Eusebio de Cesarea (v. más abajo); pero no faltan ensayos que pueden señalarse como prece­dentes de la obra de Eusebio y que, como ésta, no se inspiran en la intención de re­construir de alguna manera las vicisitudes de la Iglesia salida de la predicación de Jesús, sino en propósitos estrictamente apo­logéticos : así los 5 libros de Comentarios de Egesipo, cristiano de origen palestino que, hacia la mitad del si­glo II, emprendió un viaje por el mundo cristiano y de cuya obra sólo nos han lle­gado algunos fragmentos; así los 5 libros de las Cronografías (v.) de Sexto Julio Africano, originario de Libia, que se esta­bleció en Palestina y que vivió hacia el primer cuarto del siglo III, quien, emplean­do un método conocido ya entre los apolo­gistas, compiló una concordancia cronoló­gica de los datos proporcionados por la historia profana y por la historia sagrada para demostrar la prioridad del judaísmo con respecto a la historia y civilizaciones profanas; su obra, que llegaba hasta el año 221 de la era cristiana, es la fuente de todas las crónicas posteriores, especialmente de Eusebio (quien nos ha conservado de ella amplios fragmentos) y ha fijado real­mente las bases de la historia universal. Poseen, en cambio, carácter narrativo y son documentalmente de enorme importan­cia los Hechos de los Apóstoles (v.), obra del mismo autor del III Evangelio canó­nico, quien habla como testigo ocular de las cosas que narra.

*  La Historia Eclesiástica es la obra mayor de San Eusebio de Cesarea (-hacia 260-340). Como ya se ha indicado, no es ni quiere ser una narración — en el sentido que había tenido en las literaturas clásicas y que tiene para nos­otros el término historia — de las vicisitu­des o de la evolución de la Iglesia cristia­na desde sus orígenes hasta los días del autor; antes bien, es una recolección de materiales de todo género referentes a aque­llas vicisitudes. El objeto de la Historia es hacer la apología del cristianismo; el autor dispone la obra en varios epígrafes en que divide todo el material. Precede la serie de los jefes de la Iglesia empe­zando por Jesucristo mismo: la sucesión de los obispos es por primera vez establecida cronológicamente; el propósito del escritor en esta parte es mostrar la continuidad de la Iglesia y, así, su investidura divina. Si­gue la serie de los escritores cristianos, hecha con el mismo objeto, además, natu­ralmente, del de dar un catálogo científica­mente establecido de los mismos escritores. Esto se hace igualmente para los herejes, con los que San Eusebio no se muestra ciertamente tolerante; pero también aquí predomina el interés científico.

Para deter­minar la cronología de cada escritor, San Eusebio se vale de criterios sacados del es­tudio interno de la obra de cada uno, según el procedimiento seguido por los eruditos del período alejandrino al tratar de los es­critores griegos. El autor aplica con éxito este método a la literatura cristiana. Por esto toma posiciones incluso en las cues­tiones de autenticidad, sin apartarse, em­pero, del trabajo que se ha impuesto de clasificador. Sigue luego la relación de los infortunios que se desataron sobre el pue­blo hebreo desde que se manchó con la sangre de Cristo hasta los tiempos de Adria­no : los castigos del cielo sirven para demostrar que los judíos ya no son el pue­blo elegido, y con razón se han separado de ellos los cristianos. Finalmente, viene la serie de persecuciones que ha sufrido la Iglesia, la cual, sobreviviendo a tantas re­presiones y saliendo de ellas incluso más fuerte, ha demostrado su origen divino. La obra termina así con el triunfo final de la Iglesia, que, en la redacción conocida de la obra en 10 libros, es señalado por el triunfo de Constantino sobre Licinio (324 d. de C.); mas la edición conocida fue pre­cedida indudablemente de redacciones dis­tintas: parece seguro que, sobrevenida la gran persecución de Diocleciano, y la de — Licinio, San Eusebio reconoció la necesidad de conducir la obra hacia su lógico fin: entonces escribió los tres últimos libros so­bre las persecuciones que él mismo había vivido. La Historia de San Eusebio conoció en seguida un rotundo éxito, como lo de­muestra la gran cantidad de copias bastante antiguas que han llegado hasta nosotros. Fue también traducida al siriaco y al ar­menio. Éxito bien merecido, puesto que, por la gran cantidad de sus materiales, es la mejor fuente para la historia de la Igle­sia primitiva.

A. Passerini

*    La obra de Eusebio de Cesarea está es­trechamente relacionada con la de su tra­ductor latino, Rufino de Aquileia (hacia 345-410), que, a partir de 400-402, com­pletó además la Historia reduciendo a uno los dos últimos libros y añadiendo dos nue­vos, alargando el relato de los acontecimien­tos hasta el año 395; esta adición es un tra­bajo mediocre, pero interesante por cuanto da a conocer la situación del cristianismo en Occidente a principios del siglo V.

M. Niccoli

*     Un verdadero resumen de historia de la Iglesia, hecho según el modelo del que para la historia profana ofrecía el Breviario de Eutropio, es la Crónica (v.) de Sulpicio Severo (hacia 360-410), en dos libros, que narra el desarrollo de los hechos desde el origen del mundo hasta el consulado de Estilicón (400 d. de C.) y que es de consi­derable importancia en su parte final, cuan­do Sulpicio se extiende sobre episodios que él conoce bien — como el del priscilianismo —, arrojando luz singular sobre la situa­ción de la Iglesia en la Galia cristiana de fines del siglo IV.

M. Niccoli

*  En Oriente ofrece notable interés, pese a las tendencias arrianas de su autor, la Historia Eclesiástica de Filostorgio (hacia 369-430), en 12 libros, de los que sólo nos han llegado fragmentos, que partía de los primeros momentos de la controversia arriana (315) y llegaba hasta los años 423-25, aproximadamente. Con la obra de Filostorgio puede emparejarse la Historia de los Con­cilios de Sabino de Heraclea, perdida, y que era en realidad una historia de las controversias arrianas (desde el 325 hasta el 365) redactada con espíritu arrianizante.

M. Niccoli

*  De mayor importancia son, en Oriente, hacia la mitad del siglo V, los tres continua­dores de Eusebio: Sócrates, Sozomeno y Teodoreto. Sócrates el Historiador, o tam­bién el Escolástico — por su profesión de procurador legal (hacia 370-80) —, se ins­pira en Eusebio, Rufino y en las perdidas Acias Sinodales recopiladas por Sabino de Heraclea. La historia de Sócrates, compren­dida en siete libros, continúa la narración de los acontecimientos a partir del punto en que los dejara Eusebio, es decir, desde la abdicación de Diocleciano (305) hasta el 450, en vísperas del Concilio de Calcedo­nia. Así, algunos de los principales aconteci­mientos de la Iglesia narrados por Sócrates ocurren en el período comprendido entre el cisma arriano y las controversias sobre el Verbo y el Concilio de Constantinopla, con la obra de los grandes Padres San Anastasio, San Gregorio Nacianceno, San Basilio, San Gregorio Niceno, San Agustín, San Hilario, etcétera. Son de particular importancia los testimonios sobre hechos contemporáneos del autor, expuestos con imparcialidad.

*  La historia de Sozomeno, oriundo de Betelia, junto a Gaza, en Palestina, en nueve libros, fue escrita hacia el 444 y está dedi­cada al emperador Teodosio II; narra la his­toria de la Iglesia desde el año 324 hasta el 421, durante el imperio de Constantino y de sus hijos, de Juliano, Joviano, Valentiniano y Valente, Graciano, Valentiniano II, Teodosio, Arcadio y Honorio y Teodosio II. Se perdió o fue suprimido el final del último libro, que, a juzgar por lo que dice el autor en el prefacio, contenía la relación de los hechos hasta el año 439. Así como Sócrates es un historiador, Sozomeno es un compila­dor: continuó especialmente la narración de Sócrates, completando el relato de éste y de los otros precursores suyos (recurriendo a las mismas fuentes de Sócrates, especial­mente a Sabino de Heraclea) con gusto y buen criterio; escribe con el propósito retó­rico de hacer su tema agradable al público culto, aun al público pagano, mediante la elegancia de la forma, enlazando así la his­toriografía eclesiástica con la mejor tradi­ción clásica. El autor no da muestras de po­seer un sentido crítico muy profundo; re­lata con convicción hechos maravillosos y no siempre es exacto en las fechas.

C. Schick

*  La Historia Eclesiástica, en cinco libros, de Teodoreto, obispo de Ciro, en Siria, oriun­do de Antioquía (hacia 393-458), escrita como continuación de la obra de Eusebio, desde el año 323 hasta el 428, año de la muerte de Teodoro de Momsuerta y de Teo- doto de Antioquía, está dominada por pre­ocupaciones teológicas. Fue compuesta entre los años 449 y 450, mientras su autor, acu­sado de seguir doctrinas nestorianas, estaba desterrado en Apamea. Según el resultado de los más recientes estudios, parece que Teodoreto tuvo a su disposición y se sirvió directamente de documentos que a menudo tiene ocasión de citar (enmarañándolos sin ningún discernimiento crítico y con gran menoscabo de la claridad de la narración) y que no tomó sus notas, como generalmente se creía, de las obras precedentes de Sócra­tes, Sozomeno y Filostorgio; las innegables semejanzas con aquéllas serían más bien de­bidas al empleo de fuentes comunes. Teodo­reto participó activamente en la vida y en las luchas religiosas de su tiempo y a veces se fía del recuerdo personal de los hechos, sin preocuparse de la exactitud cronológica. Animado por una fe sincera y un gran fer­vor religioso, guarda, aun cuando escribe historia, un tono apologético, defendiendo y justificando cualquier acto de los obispos amigos suyos y condenando incondicional­mente a sus adversarios. El estilo de la His­toria es simple y claro, pero menos feliz que el de la otra obra bastante conocida de Teodoreto, la Terapia de los males paga­nos (v.); el lenguaje, también bastante cui­dado y notablemente puro, fue admirado por autores posteriores: Focio la alaba ex­plícitamente.

C. Schick

*  Bajo el cuidado de Casiodoro (hacia 485- hacia 575), las obras de Sócrates, Sozomeno y Teodoreto fueron traducidas al latín por un tal Epifanio, y por el propio Casiodoro refundidas y dispuestas en una exposición única: fue ésta la Historia eclesiástica tri­partita, en doce libros, que ejerció una in­fluencia considerable en la Edad Media.

M. Niccoli

*  Con referencia a estos continuadores de la obra de Eusebio de Cesarea conviene ob­servar que fueron continuadores en el sen­tido material, mas no profundizaron sustan­cialmente la idea de Eusebio de aislar una historia de la Iglesia como fenómeno de carácter propio. Y no podía ser de otro modo, puesto que la historia de la Iglesia representaba una fase pasajera: «El mo­mento aislado de la victoria del Cristianis­mo, que, no conteniendo todavía dentro de sí todo el Estado, puede hacer de sí mismo una historia aislada» (Arn. Momigliano). Será menester llegar a la Reforma para que el proyecto, por otros motivos, pueda ser reasumido y desarrollado. No es, pues, de extrañar que, después de Eusebio y excep­ción hecha de sus continuadores, no encon­tremos ninguna otra historia eclesiástica dig­na de este nombre, aunque haya obras que ostenten este título; abundan, en cambio, las crónicas anales, historias nacionales y docu­mentos que en varios de sus aspectos inte­resan a la historia de la Iglesia, pero en los que la historia de la Iglesia se halla unida y ligada a la historia política. Historias eclesiásticas escribiéronlas en cierto modo: el sirio Juan de Éfeso (segunda mitad del siglo VI), que narraba los hechos desde Julio César hasta el año 585; y Zacarías el Retó­rico, también sirio (VI sig.), con referencias a los acontecimientos de las Iglesias sirias y egipcias.

M. Niccoli

*  Una obra de cierta importancia es la es­crita en griego por el «escolástico» Evagrio, nacido en Epifanía, en Siria (536), el cual ejercía la profesión de abogado (tal es el significado del apelativo escolástico) en An­tioquía, donde murió poco más de sexage­nario, a fines de siglo. Su Historia, como se dice en el prefacio, quiere ser una conti­nuación de Sócrates, de Sozomeno y de Teo­doreto. Consta de seis libros y comprende los años 431-594, período tan lleno de acon­tecimientos y de hechos culturales en la cristiandad oriental. Focio ensalzaba ya en su tiempo las cualidades literarias de la obra. La documentación es también de la me­jor procedencia, si bien el autor se mues­tra en exceso crédulo y muy dado a fan­tasear. A esta Historia de Evagrio debemos, en su mayor parte, nuestros conocimientos acerca de las dos corrientes teológicas que habían de tener las más vastas e inesperadas repercusiones en la mentalidad religiosa del mundo oriental: el nestorianismo y el monofisismo.

E. Buonaiuti

*  La Historia eclesiástica de los Anglos [Historia ecclesiastica gentis anglorum], del venerable Beda (673-735), desde Julio César hasta el año 731, tiene un carácter e interés ante todo político. En cinco libros trata del período comprendido entre los comienzos del establecimiento de los anglos en Gran Bretaña y el año 730, dando especial impor­tancia a las instituciones y a los aconteci­mientos religiosos. Es particularmente im­portante la narración del período en que se desarrolló la difusión de la fe cristiana en la región de Kent por obra de Agustín, en­viado por Gregorio Magno, y en la Nortumbria, patria y sede del autor, por medio de Paulino. Aunque está escrita en latín, por el tema de que trata, por el lugar en que fue escrita (la casa monástica de Jarrow), por la personalidad del autor realmente re­presentativa de toda la cultura de su época, esta Historia puede considerarse como la obra más insigne de la literatura anglosa­jona, tanto más que el rey Alfredo (871- 901) hizo de ella una buena traducción en lengua sajona. Su forma es límpida y agra­dable, y su composición basada en las me­jores fuentes que estuvieron al alcance del autor: cartas de obispos y abades, las per­sonas más cultas de la época con las que estaba en continua correspondencia, docu­mentos y tradiciones. Sus ideas filosóficas proceden del cristianismo y de la cultura clásica. Ampliamente difundida en toda la Europa católica medieval, esta obra tiene, además, el mérito de haber sido la primera que introdujo el cómputo de las fechas «ab incarnatione Domini».

G. Lupi

* En los siglos comprendidos entre el IX y el XIII no se encuentra ya ni un solo historiador eclesiástico digno de este nombre; se mencionan, sin embargo, las Historias eclesiásticas de Hugo de Fleury (sig. XII), que en una primera edición (en cuatro libros) no pasaba de Carlos el Calvo y que fue después completada con otros dos libros, hasta el año 855, y de Orderico Vital, oriun­do de Inglaterra y que vivió en Normandía (1075-1143), que en trece libros narraba so­bre todo las hazañas de Guillermo el Con­quistador y de sus hijos hasta el año 1141.

M. Niccoli

*  Del siglo XIV es la Historia eclesiástica griega del polígrafo y poeta bizantino Ca­lixto Adicéforo Xantopulo (sig. XIII-XIV): después de pasar gran parte de su vida al servicio de la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, utilizó en gran escala su riquísima biblioteca. La Historia eclesiástica, su obra más importante, comprende diecio­cho libros, cuyas letras iniciales forman un acróstico con el nombre del autor. Com­prende el período desde los orígenes cris­tianos, más propiamente desde el nacimiento de Cristo, hasta el triste y agitado imperio de Focas y su muerte (610). Han llegado tam­bién hasta nosotros algunos «excerpta» de otros cinco libros, que narran las vicisitudes de la Iglesia desde el reinado de Heraclio hasta la muerte de León VI el Filósofo (912). El plan primitivo de la obra, que había de llegar probablemente hasta la época del autor, no llegó a realizarse. La Historia eclesiástica no es de gran valor histórico, porque es eminentemente una compilación. El autor ha utilizado indudablemente obras anteriores a él y hasta es probable que haya reelaborado una historia general de la Igle­sia de un anónimo del siglo X, pero sin citar su fuente. En tal caso sólo serían, por con­siguiente, fuentes indirectas: Eusebio, Sozomeno, Sócrates, Evagrio, etc., en las que la historia de Calixto parece a primera vista inspirarse. Sin embargo, tiene su importan­cia para la historia de los primeros siglos del cristianismo y por las leyendas bizantinas que contiene.

S. Impellizzeri

*  Con la reforma protestante aparece una época nueva, no sólo en la historiografía eclesiástica, sino en la historiografía en ge­neral; los reformados intuyeron cuán pode­roso medio de propaganda y de lucha po­dría ser la reconstrucción, con criterios nue­vos y sirviéndose de la crítica humanística en el ámbito de la historia religiosa, de las vicisitudes eclesiásticas, para sacar de la historia del pasado argumentos y pruebas para determinadas tesis dogmáticas, para de­mostrar cómo el verdadero espíritu del Evangelio, extraviado a través de las secu­lares vicisitudes de la Iglesia, había sido restaurado gracias a la predicación de Lu- tero. Y tal es el objetivo perseguido por la famosa Historia eclesiástica que, entre los años 1559-1574, compiló en Magdeburgo el reformado dálmata Mathias Vlacich (más conocido por el nombre latinizado de Ma­tías Flacio Ilírico, 1520-1575) con la colabo­ración de Juan Vigand, Mateo Judex. Basi­lio Faber, Andrés Corvino, Tomás Holthuter, .Gaspar von Nydbruck. La obra, en trece volúmenes, debía llegar hasta la Reforma, pero no pasó del siglo XIII, y por estar di­vidida en siglos (uno para cada volumen) o en «centurias» es más conocida con el nom­bre de Centurias de Magdeburgo. Tuvo una enorme importancia no sólo porque reintroducía en la consideración histórica, junto con el elemento político individual, el factor espiritual-universal, no sólo por su intención, no muy felizmente lograda, de atenerse a las fuentes, sino también por el nuevo inte­rés que despertó, aunque no fuera más que por motivos dogmaticopolémicos, en favor de los estudios de historia eclesiástica.

M. Niccoli

*  En la abundantísima serie de obras, de continuadores y de adversarios, suscitada por las Centurias, la única de notabilísima importancia es la del filipense (después car­denal) Cesare Baronio (1538-1607), de inspi­ración católica; titulada en un principio Historia ecclesiastica controversa, título que ya denunciaba sus intenciones polémicas y apologéticas, es más conocida con el nombre de Anales eclesiásticos (v.) por su exposi­ción analítica, que nos recuerda la dialéctica de los historiógrafos medievales. Esta obra, escrita por Baronio, que llega hasta el año 1198, fue continuada en la edición de Lucca (en 38 volúmenes, 1738-1759) hasta el 1565.

M. Niccoli

*  La obra de Baronio, aunque bastante im­perfecta, dio lugar en el campo católico a un notable florecimiento de estudios e inves­tigaciones eruditas particulares, pero no fue sino hasta un siglo más tarde que vieron la luz obras verdaderamente innovadoras en los métodos y criterios de la investigación histórica aplicada al hecho cristiano. Éstas fueron debidas al sacerdote jansenista fran­cés Louis-Sébastien Le Nain de Tillemont (1637-1698), y constituyen en su conjunto la primera verdadera historia crítica de la Iglesia antigua. En 1690, Tillemont inició la publicación de la Histoire des empereurs et des autres qui ont régné durant les six premiers siècles de l’Église, des persécutions qu’ils ont faites aux chrétiens, etc. (6 vols., 1690, 1691, 1692, 1697, 1701, 1738), a la cual * siguieron las Mémoires pour servir a l’histoire ecclésiastique des six premiers siè­cles, justifiés par les citations des auteurs originaux, avec une chronologie, où Von fait un abrégé de l’histoire ecclésiastique et pro­fane (16 vols., 1693, 1694, 1695, 1696, 1698, 1699, 1700, 1702, 1703, 1705, 1706, 1707, 1709, 1711, 1712). Ambas obras, quizás en un prin­cipio imaginadas como una sola obra, en rea­lidad se integran y completan mutuamente. La preocupación constante del autor es la de hacer hablar exclusivamente a las fuentes (éstas cribadas y discutidas con verdadero espíritu crítico) para de ellas deducir la pura verdad de los hechos, al margen de toda prevención. El método, la escrupulo­sidad que ha llevado el autor a separar la historia civil de la religiosa, la exactitud de las conclusiones, substancialmente hasta hoy no superadas en muchos aspectos, hacen de Tillemont un verdadero innovador, en cuya obra se halla el inicio de la moderna historiografía del imperio y de la Iglesia antigua.

M. Niccoli

*  A la controversia religiosa más que a la historiografía pertenece la Historia impar­cial de la Iglesia y de los herejes [Die unpartheische Kirchen und Ketzerhistorie], del teólogo sajón protestante Gottfried Arnold (1666-1714), publicada en Francfort en 1699-1700. Expone la historia de la Iglesia hasta el año 1688, reivindicando el puro espíritu cristiano, en contraste con las tendencias de la Iglesia protestante oficial, que aliaba la política con la religión y aspiraba a un ré­gimen de la Iglesia de Estado. Las simpatías del autor están por los héroes pacíficos que dan testimonio de su fe cristiana con una vida tranquila y piadosa, sean herejes o no (de donde el título de la obra). No hay dis­cusión ni crítica de los datos tradicionales; la narración se basa a menudo en anécdotas de dudoso valor y no está del todo exenta de groseras supersticiones. Carece de una visión de conjunto sobre la concatenación de los hechos : la preocupación dominante es combatir la concepción oficial. El estilo tiene también las cualidades y los defectos de toda controversia: una forma más bien des­cuidada, pero no exenta de calor y energía.

G. Valsecchi

*  Sucesivamente merecen recordarse: la Historia eclesiástica, de Natalio Alejandro (París, 1767 y 1714), puesta en el índice por las opiniones galicanas que en ella defiende su autor (no lo fueron las ediciones poste­riores, cuidadas y corregidas por C. Roncaglia y J. D. Mansi, Lucca, 1739, Venecia, 1749, 9 vols. y Bassano 1779-1791, 12 vols.) y la Histoire ecclésiastique, del abate y eru­dito francés Claude Fleury (1640-1723), en 20 vols. (hasta 1414), también de inspira­ción galicana, publicada en París entre los años 1691 y 1720 (continuada hasta 1595 por Fabre y Gouyet, París, 1722-27) y que, pese a las muchas críticas suscitadas por sus mu­chos y evidentes defectos, ejerció una in­fluencia bastante notable a través de un número realmente excepcional de ediciones, traducciones (inglesa, flamenca, italiana y latina) y compendios.

M. Niccoli

*  Para volver a encontrar una obra de cier­to interés es menester llegar a la Histoire universelle de l’Église catholique (29 vols., Nancy, 1842-49), del abate francés R.-Fran- Sois Rohrbacher (1789-1859), de inspiración netamente antigalicana y antilamennaisiana, traducida al alemán y al italiano y conti­nuada por P. Balan y después por C. Bona- cina (Torino, 1890).

M. Niccoli

*  De notabilísima importancia, pese a las críticas que hoy se le pueden formular, es la obra Kirchengeschichte der drei ersten Jahrhunderten (1853), de Ferdinand Christian Baur (1792-1860), el jefe reconocido de la llamada «Escuela de Tubinga», que en ésta como en sus otras numerosas obras sobre los orígenes del Cristianismo, ha in­troducido el método dialéctico hegeliano en la historia de la Iglesia y del dogma, completándolo con el análisis criticofilosófico de los textos, declarándose contrario a toda concepción sobrenaturalista e iluminista de la historia cristiana, por él considerada en un terreno puramente positivo: en su obra el punto de vista histórico y la existencia histórica resultan afirmados de un modo total y absoluto, hasta entonces desconocido.

M. Niccoli

*  Tiene carácter erudito, pero animado por una profunda simpatía por los hechos que narra, fruto de una cabal apreciación de su importancia y de un hondo sentido político, la historia de L’Église et l’Empire romain au IVe siécle (6 vols., 1856-1866) del diplomá­tico francés y jefe de los orleanistas en la Asamblea Nacional de 1871, duque Victor- Albert de Broglie (1821-1901).

M. Niccoli

*  Caracterizada por un racionalismo positi­vista, es la Historia de los orígenes del Cristianismo (v.), de Ernest Renán. Notable es también la obra, de inspiración católica, y de gran mérito por su claridad de expo­sición y su buena información, del cardenal Joseph von Hergenrother (1824-1890); Handburch der allgemeinen Kirchengeschichte (1.a ed., Friburgo en B., 1876; 4.a ed., por J. Kirsch, ibidem 1902-1907), uno de los manuales de historia eclesiástica más di­fundidos en el mundo católico hasta los primeros lustros del presente siglo.

M. Niccoli

*   Conviene finalmente mencionarl a Histoire ancienne de l’Église, del abate Louis Duchesne (1843-1922), director de la Escuela francesa de Roma, uno de los más ilustres investigadores, entre católicos y no católicos, en el campo de la historia y aerqueología eclesiásticas. El primer volumen, después de unprimer capítulo introductorio sobre las condiciones políticas y espirituales del Imperio romano en el siglo I, pasa a considerar la obra de propaganda y la orga­nización de los discípulos de Jesús, la difu­sión del cristianismo en Oriente, los oríge­nes y vicisitudes de la Iglesia romana, las primeras herejías, la formación de la jerar­quía cristiana en Occidente, en África y en Asia, sus relaciones con las autoridades estatales; las primeras persecuciones, los libros, los ritos, las costumbres cristianas, desde el siglo primero al tercero. El segundo volumen da comienzo con la gran persecu­ción de Diocleciano, examina la obra de Constantino, las nuevas herejías, la reacción de Juliano, el monaquismo, el triunfo oficial del cristianismo y su afianzamiento como religión de Estado. El tercer volumen estu­dia la consecuencia de este hecho capital en Oriente y en Occidente y termina con un cuadro de conjunto de las condiciones de las distintas Iglesias y en particular de la Iglesia romana, en sus relaciones recíprocas y con las autoridades estatales, al finalizar el siglo V. El autor se había propuesto hacer «obra de exposición y divulgación», y a tal objetivo responden perfectamente la clari­dad de sus reconstrucciones, la sugestiva vi­vacidad con que son representados hombres y cosas.

La posición ideológica del autor es más histórica que teológica, y su escrupulo­sidad para mantenerse perfectamente fiel a la realidad histórica adolece a veces de un completo escepticismo, razón por la que la autoridad eclesiástica, después de haber concedido el «imprimatur» a la edición fran­cesa de la obra, la criticó severamente cuan­do apareció la edición italiana (1911), que tuvo en seguida una gran difusión. Con mo­tivo de aparecer la traducción española, la obra fue condenada por la Sagrada Congre­gación del índice; el autor se sometió y suspendió la publicación del cuarto volu­men, que salió póstumamente, a cargo de H. Quentin, con el título La Iglesia en el siglo VI [L’Église au VIe siècle], 1925; trata de las relaciones entre la Iglesia romana y el Imperio bizantino, entre las varias Iglesias de Oriente y Occidente y los nue­vos reinos romanogermánicos, las nuevas herejías y los nuevos cismas, y aunque más conforme con la interpretación tradi­cional, fue publicada sin la aprobación eclesiástica. Pese a su condenación, la obra, que tiene innegables méritos históricos y que satisface a las necesidades de quienes desean una información sintética y autori­zada, ha tenido y sigue teniendo una gran difusión.

G. Fasoli

*  Entre las historias eclesiásticas más re­cientes están las de Hans Lietzmann (Dussel­dorf, 1875-Locarno, 1942), Geschichte der Alten Kirche (en 4 vols., Berlín, 1932, 1936,1938, 1942), que es, indudablemente, la síntesis más lograda actualmente disponible para una primera y bien cimentada información, y la otra, de proporciones bastante más vas­tas, dirigida por Augustin Fliche y Victor Martin: Histoire de VÉglise depuis les origi­nes jusqu’à nos jours, en 24 vols. Han apa­recido hasta el año 1948 los nueve primeros : I. — L’Église primitive, por Jules Lebreton y Jacques Zeiller; II. — De la fin du II.e siè­cle à la paix constantinienne, por Jules Le­breton y Jacques Zeiller; III. — De la paix constantinienne à la mort de Théodose, por Pierre de Labriolle, G. Bardy y J. R. Palanque; IV. — De la mort de Théodose à l’avènement de Grégoire le Grand, por Pier­re de Labriolle, G. Bardy, Louis Bréhier y G. de Plinval; V. — Grégoire le Grand, les États barbares et la conquête arabe (590- 757), por Louis Bréhier y René Aigrain; VI. — L’Époque carolingienne (757-888), por E. Amann; VII. — L’Église au pouvoir des laïques (888-1057), por E. Amann y A. Du­mas; VIII. — La Réforme Grégorienne et la reconquête chrétienne, por Augustin Fliche; IX. — Du premier Concile du Latran à l’avè­nement d’innocent III (1123-1198), por Au­gustin Fliche, Raymond Foreville y Jean Rousset; y la recentisica contribución es­pañola en 4 volúmenes Historia de la Iglesia Católica, publicada por la «Biblioteca de Autores Cristianos». Tomo I: Edad Antigua. La Iglesia en el mundo grecorromano, por el P. Bernardino Llorca, S. I., Madrid, 1952. Tomo II: Edad Media: La cristiandad en el mundo europeo y feudal, por el P. Ricardo García Villoslada, S. I., Madrid, 1953. To­mo IV: Edad Moderna: La Iglesia en su lucha y relación con el laicismo, por el P. Francisco Javier Montalbán, S. I. Revi­sada y completada por los Padres Bernar­dino Llorca y Ricardo García Villoslada, S. I., Madrid, 1953.