Serie de 33 composiciones en hexámetros, muy diversas por su carácter y extensión, atribuidas por la tradición a Homero, y dedicadas cada una de ellas a una divinidad, cuyas gestas relatan. No formaban parte del culto, pero probablemente eran cantos introductorios que los rapsodas, para dar las gracias a los dioses, entonaban antes de recitar fragmentos homéricos o cíclicos. Diferencias de concepción y de estilo hacen descartar la idea de que estos himnos sean obra de un solo autor; según la crítica más reciente fueron compuestos, salvo las interpolaciones y los retoques posteriores, en el período que va de Homero a las guerras persas. En la compilación tradicional los primeros himnos son los más largos — el himno a Hermes tiene 580 versos — y los más interesantes desde el punto de vista artístico e histórico. El primero, dedicado a Apolo Delio, narra el nacimiento del dios (v. Apolo) en la isla de Délos y su aparición en el Olimpo, en todo su esplendor; notable y poéticamente muy bella, además de esta epifanía en el Olimpo, es la descripción de la danza de las doncellas de Délos, a quienes Apolo encarga que sean sus sacerdotisas. Autor del himno se proclama el «ciego de Quíos», poeta no posterior al siglo VII a. de C., que vivió probablemente en Délos o en algún lugar no muy alejado de allí. Refundición, y quizá continuación de éste, es el siguiente, dedicado a Apolo Pitio, artísticamente inferior, aunque no carece de ciertos bellos rasgos poéticos, y compuesto probablemente más tarde: después de una alusión a la dificultad de encontrar el tema para celebrar a Apolo, el poeta canta las largas andanzas del dios en busca de un lugar donde fundar el oráculo, la construcción del templo en Delfos, la matanza del dragón y el traslado a la isla de los cretenses destinados a ser sus sacerdotes.
Los himnos tercero y cuarto tienen en común la libertad con que tratan el tema religioso, con gran riqueza de elementos cómicos, satíricos y paródicos; elementos por lo demás no extraños a la misma poesía homérica, por ejemplo, en el famoso episodio de Afrodita y Hefesto (v.), sorprendidos por Ares (v.) en la Odisea (v.). El himno a Hermes, muy interpolado, narra las proezas de Hermes en su niñez, la invención de la lira, el robo de los bueyes de Apolo; la lucha entre los dos hermanos, en la cual Apolo es cada vez vencido por el niño, y la reconciliación entre ambos: el relato está hecho con gracia y vivacidad. El himno a Afrodita relata los amores de la diosa con el mortal Anquises (v.), la concepción de Eneas (v.), la obligación del secreto impuesta a Anquises; es bellísima la introducción, en honor de Afrodita, que ha dado el amor a los dioses, a los hombres y a los animales; el tema hace pensar en los mitos orientales. Probablemente el himno fue compuesto en Asia Menor, no después del siglo VI a. de C. También es bastante notable, finalmente, el himno a Deméter, que describe de un modo vivo y conmovedor la desesperación de la diosa por el rapto de Perséfone, la desolación de la tierra privada de mieses y la intervención de Zeus (v.), que envía a Hermes a buscar a Perséfone al Hades para devolverla a la tierra, donde habrá de permanecer durante dos tercios del año. Los demás himnos son de extensión mucho menor, pero tampoco en ellos faltan rasgos de notable valor poético: viva y límpida es la descripción del rapto de Dionisos (v.) por los piratas tirrenos y su transformación en delfines, en el himno a Dionisos; la vida de Pan en la libre naturaleza, en el himno dedicado a esta divinidad, compuesto en época relativamente tardía; el reverente miedo de los montes, la tierra, el mar y los bosques al paso de la diosa en el himno a Artemisa. Salvo no frecuentes excepciones, como el himno a Pan más arriba mencionado y el de la madre frigia de los dioses, las divinidades celebradas son homéricas, y los mitos completan y desarrollan puntos ya tratados en los poemas de Homero; homéricas son también en gran parte la lengua y las fórmulas épicas.
Los himnos no ejercieron gran influencia en la poesía posterior, a pesar de su amplia difusión: en ellos se inspiraron Calimaco en la época helenística, y Cleantes, el filósofo estoico, discípulo de Zenón (siglo III a. de C.), en el bellísimo Himno a Zeus (v.), que ha llegado hasta nosotros.
C. Schick

