Himnos de Kasprowicz, Jan Kasprowicz

[Himny]. Una de las obras maestras, si no la mayor de todas, del poeta polaco Jan Kasprowicz (1860-1926), publicada en 1902. En estos cantos, Kasprowicz, hijo del campo y ado­rador de la naturaleza y de su Creador, se inspira en una concepción cósmica.

Los Himnos son ocho: en el primero, «Dies irae», el poeta, partiendo del himno ecle­siástico del mismo nombre, imagina, en un poderoso conjunto de motivos religiosos y de concepciones espirituales de su tiempo, el terror del Juicio Universal y el castigo de los pecadores. En «Salomé», el alma del poeta parece debatirse incierta entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás, en ondu­laciones que caracterizan las luchas eter­nas de todo el género humano en esta vida falaz. «¡Santo Dios, Santo Fuerte!», en el que toma las palabras iniciales de un himno litúrgico, muy en boga entre el pueblo po­laco, que solía cantarlo a coro en las igle­sias para invocar la misericordia divina en ocasión de las grandes desventuras, es una especie de grito desesperado del alma ator­mentada, anhelante de paz: es el alma del propio poeta, dolorida por las miserias mor­tales y aspirante a la eterna quietud de la tumba en un remoto y plácido rincón de la tierra nativa. Este himno, que junto con el siguiente, es uno de los más vigorosos de la colección, es la expresión lírica de un prometeísmo desesperado que, sintiéndose alejado de Dios, impulsa al poeta a invocar a Satanás. «Mi canto vespertino» muestra, por el contrario, una especie de aplacamien­to del espíritu, como si hubiera superado la desesperación y la lucha.

Es un canto de profundo misticismo, en el que el espíritu creador del poeta se eleva por encima de su pasión sentimental y religiosa, fundida con la vida: el misticismo de San Francisco y Santa Teresa, que daban pruebas de su propio amor, no meditando, sino obrando. El «Himno de San Francisco», qué le si­gue, muestra una profunda diferencia con este estado de ánimo. Bastante inferior a los anteriores, en cuanto a la forma y al vigor del contenido, aparece como una es­pecie de reconciliación, seguramente un poco forzada, del poeta con la muerte, a través de la cual parece querer alcanzar a Dios. El sufrimiento lleva al amor, a la felicidad, a Dios; pero el amor, nacido del sufrimiento, no puede alejar a la muerte del mundo y no es sino resignación. El poeta parece, pues, asirse de nuevo a la fe, y la fe parece acrecentarse en él en los himnos siguientes: «Salve Regina» y «Ju­das», y en el último: el «Himno de María Egipciaca», en el que el género humano es comparado con María Egipciaca, que sintió la buena nueva, tuvo el presentimiento de un bien sobrenatural y fue a su encuentro con tremendas caídas, pero sin culpa, a tra­vés de torturas, en un éxtasis místico que a menudo se cambiaba en éxtasis de la car­ne. En su camino está la muerte y Satanás ríe sabiendo muy bien que todo en el mundo es miseria. Pero se alza sobre él la visión de San Francisco, que toma sobre sí todos los pecados del mundo y todas las miserias de los mortales, para llegar al amor, en el que el espíritu halla, si no su propia liberación, sí el propio rescate.

Los Himnos de Kasprowicz están reconocidos casi unánimemente por la crítica como una de las más altas expresiones con que la poesía humana haya sabido nunca revestir un profundo pensamiento filosófico. Trad. italiana de Ettore Lo Gatto («Himno de San Francisco. de Asís») y de Enrico Damiani («Santo Dios, Santo Fuerte») en la «Revis­ta de Literatura Eslava» (I, 1926).

E. Damiani