El hai-kai, género poético japonés universalmente conocido y que debería ser llamado más exactamente hai-kou, es un poema corto de diecisiete sílabas y corresponde al terceto francés de 5-7-5 sílabas. No se desprendió de las demás formas poéticas hasta el siglo XVI, especialmente gracias a los poetas Moritaké (1473-1549) y Sokan (muerto en 1553), que no fueron más que los iniciadores; luego, durante la época Yédo, conoció una etapa de gran popularidad con Teitokou (1571-1654), su discípulo, y finalmente el discípulo de este último, Bashô.
Y fue precisamente Bashô quien llevó el hai-kai a su forma definitiva y clásica. Antes de él, el hai-kai no era más que la simple exposición de sentimientos humorísticos y desconcertantes; estaba además constreñido por las reglas más estrechas de un rígido formalismo; era un juego de palabras que utilizaba un vocabulario particular, llamado el fushi-mono. Bashô, discípulo al principio de los poetas clásicos y de las dos escuelas fundadas por éstos (escuela «Kofou» y escuela «Danrin»), creó, en la época de Genrokou, su propia escuela; liberó al hai-kai de su formalismo y, sobre todo, inyectó en el género un espíritu nuevo, más serio y más humano. Basado sobre todo en la sinceridad y la sobriedad, el hai-kai se transformó en la expresión extraordinariamente concisa de la apacible meditación frente a la naturaleza, resultado de un sutil acuerdo entre el poeta y el espectáculo del mundo; así, pues, revela una actitud filosófica claramente determinada, fuertemente caracterizada por el budismo. Su laconismo, lo sutil de la expresión, los hilos apenas perceptibles que lo forman, son poco menos que intraducibles y cualquier transcripción sólo puede servir para dar un grosero esquema de esta poesía exquisita. Matsuo Bashô (1644-1694), el más grande poeta del Japón, consagró toda su vida al hai-kai. Descendiente de una familia de samurais, Bashô, como consecuencia de un grave disgusto, se retiró a un monasterio budista. Viajó para estudiar con los grandes maestros de la poesía japonesa, regresando luego a su ermita, construida frente a un grupo de plátanos, árbol que amó toda su vida y que fue plantado sobre su tumba (de él procede su nombre: «bashô», en japonés, significa «plátano»).
Muy pronto se extendió con rapidez su fama de poeta y se vio rodeado de una corte de discípulos. Bashô emprendió numerosos viajes y fue, a lo largo de toda su vida y hasta el momento de su muerte, un poeta vagabundo que dormía bajo la bella luz de las estrellas o bajo el techo de un rico admirador. Fue durante estos años que publicó la mayor parte de su obra: Genjuan-ki, Saganikki [Diario de viaje], Okuno-hosomi, y finalmente sus admirables Nozarashi-kikó [Notas de viaje]. Toda la obra de Bashô está contenida en sus hai-kai. Antes de él este corto poema no era más que un simple juego de hábiles literatos; él lo elevó a la dignidad de un gran género literario. Sus poemas están inspirados por el respeto y fraternal comprensión hacia todas las formas de la vida, y rebosan del más profundo amor a la naturaleza; es por esta razón que se le puede comparar, hasta cierto punto, con San Francisco de Asís (v. Florecillas). Su soledad completa y apacible frente a la naturaleza le conduce al borde mismo de una especie de éxtasis panteísta, pero cuya expresión, extremadamente lacónica, es siempre mesurada y discreta, no ofreciendo a los lectores más que algunos elementos esenciales, algunos jalones, a partir de los cuales se puede reconstruir el sentimiento experimentado. Cada palabra está plena de significación, de impresiones, y bajo cada palabra palpita un mundo de fantasías y de participación del que aquéllas dan la clave.
Bashô, hombre solitario (escribe en su Saga-nikki: «estoy solo y escribo para mi alegría»), encuentra el verdadero lugar del hombre en el Universo, su contingencia, pero también su nobleza, puesto que es consciente del mundo que le rodea. Nos restituye el silencio primordial: «Ah! el viejo lago! / Y cuando una rana se zambulle, / el ruido que hace el agua!»; expresa su ternura: «Despierta! Despiértate! / yo haré de ti mi amiga / pequeña mariposa que duermes»; su compasión: «Al sol, se secan los kimonos / Oh! la pequeña manga / del niño muerto!» Numerosos poetas se inspiraron en Bashô; diez de sus discípulos llegaron a ser célebres: son los «Diez Sabios» («Jittetsou»), de los cuales el más conocido es Enomoto Kikaku. A fines del siglo XVIII (era Tenmei) se vio un resurgir del hai-kai; finalmente, durante la era Meiji, Shiki Masaoka (1867-1902) fundó la nueva escuela del hai-kai, Nipponha, y otorgó a Bashô una nueva gloria póstuma. Trad. francesa, Instituí International de Coopération Intellectuelle, París, 1936.

