[Il fanciullino]. Es una de las prosas más importantes de Giovanni Pascoli (1855-1912); publicada primero en 1897, no apareció en su forma definitiva hasta 1902, incluida en el volumen de Pensamientos y discursos [Pensieri e discorsi].
Tiene triple importancia, porque en ella se traza el programa de arte poética de Pascoli y constituye por tanto una guía preciosa para entender su poesía; porque se señalan algunas de las direcciones tomadas más tarde por la poesía moderna; y, en fin, porque contiene en sí una teoría del arte válida para el juicio criticoestético de la literatura en general, especialmente de la italiana. Sin embargo, aunque nacido al calor de las poéticas de Baudelaire y de Poe, El muchachito no significa la adhesión a un bando determinado: la obra se produce en tonos modestos, de apología del arte y de los principios estéticos que le informan. Por su contenido, esta prosa representa el extremo punto a que llegó la estética romántica, desde Vico y Leopardi a De Sanctis y a Croce. El razonamiento tiene su punto central en la determinación del carácter lírico del arte, como revelación e iluminación de nuestra interioridad y producto exclusivo del sentimiento y de la fantasía, fuera y más allá del «logos», entendido como razonamiento o racionalidad.
Por eso, con una imagen que deriva de Platón (v. Fedón) y que fue también propia de toda la crítica romántica, de carácter místico y platónico (y que fue también propia de Leopardi), el poeta la representa en un muchachito, especie de demonio que vive en nosotros y es de todos los hombres, de todas las edades, y vive bajo todos los cielos. De aquí el carácter de su primitivismo y de su universalidad. Es peculiar del hombre en general como sentimiento poético de lo bello, de lo grande, de lo bueno, pero del poeta lo es en particular como conciencia de sí o autoconciencia, del poeta que no inventa, sino que descubre y sabe todo lo que los demás saben y ven, pero que él lo sabe sin darse cuenta. De aquí su espontaneidad, que es la condición propia de su originalidad, en una revelación de belleza que se renueva a cada aurora. Por eso, cuanto sabe por estudio o por cálculo le sirve de impedimento; para captar su voz es preciso que nos retiremos en nosotros mismos, en lo último del corazón. Éstos son los conceptos esenciales expuestos en la primera parte (caps. 1-7). En la segunda (caps. 8-20), se determinan en particular dichos conceptos, especialmente bajo el aspecto de lo que no es poesía, y con una separación entre «poesía» y «no poesía», esto es, entre poesía pura y poesía aplicada, tal la patriótica, la civil, la novela, etc. Surgen, pues, de nuevo los problemas fundamentales de la estética romántica; entre ellos el de la lengua, el del verso, el de la relación entre arte y poesía, el de la forma y el contenido, y a menudo los resuelve el poeta con genialidad intuitiva y con valerosa modernidad de visión. Dispensadora de felicidad, de moderación, la poesía no busca lo útil, ni la gloria, sino sólo el asenso del corazón, en el que se siente palpitar la armonía del mundo.
C. Curto

