Sobre el misterio de D’Annunzio, Debussy escribió su música, que se sitúa precisamente allí donde el poeta se libra del juego mecánico y retórico de las palabras y de las imágenes, donde la equívoca inspiración mística toma la consistencia sensual que caracteriza los momentos más sentidos del poema.
El «Preludio», que introduce en la atmósfera de la poesía dannunziana una mezcla de orgía pagana y de milagro cristiano, es una atmósfera embrujada (o mística) de atardecer, que embriaga y ofusca los sentidos; musicalmente, uno de los momentos más puros del primer acto. El «Preludio» muestra como el músico, con un gusto finísimo, pone su música donde la materia se hace transparente y canora, más enrarecida y musical. Toda pregunta sobre la religiosidad de la inspiración debussiana se vuelve absurda e inicialmente mal planteada. La declaración de buena fe religiosa, de ausencia de toda intención que no sea piadosa, firmada por D’Annunzio y por Debussy en vísperas de la representación, condenada anticipadamente por el arzobispo de París, fue, aunque comprensible, un rasgo de ingenuidad. En efecto, la figura del Santo queda profanada — contra la voluntad de los autores si se quiere -— por la poesía de D’Annunzio y por la música de Debussy. El «Canticus Geminorum» prolonga la atmósfera del «Preludio» con el que musicalmente está ligado, lo profundiza en su tono de embriaguez sensual.
La danza extática de San Sebastián sobre los carbones ardientes está encerrada en las palabras de la dedicatoria de D’Annunzio: «Dans une ineffable ambiguité, le delire alterne avec l’extase, Vardeur avec la liesse, Vexaltation guerrière avec la jubilation nuptiale». Es una exaltación ardiente de todos los sentidos, y cuando el «Chorus Seraphycús» lanza al aire de la noche su canto de saludo («Salut, ó Lumière du Monde, / Croix large et profonde…») es una inmensa imagen luminosa con la que disfrutan los sentidos; hasta que estalla el magnífico verso que termina la «Primera mansión», luminoso como un meteoro. La «danza extática» es ciertamente una de las mejores páginas musicales que escribió Debussy, por la ininterrumpida y afortunada invención, el esplendor, de las melodías, la belleza de las armonías. A lo largo de las otras cuatro «mansiones» se suceden las ilustraciones musicales, manteniendo un nivel artístico, siempre alto, aunque no alcancen en todos los momentos la belleza de la danza. El «Preludio» de la «Segunda mansión» («La Chambre magique») tiene una sonoridad misteriosa y refinada, vaporosa como los perfumes de Oriente. Una rutilante «fanfare» abre la «Tercera mansión» («Le Concite des faux Dieux»).
Luego, una estupenda página acompaña los gestos con que San Sebastián imita, ante el Emperador, la Pasión de Cristo, cuidada y pura, con inflexiones algunas veces parsifalianas. Siguen por fin las páginas corales, a través de la «Cuarta mansión», de emocionante vocalismo, que culminan en el «Gloria» de la «Quinta mansión», fragmento musical de luminosa potencia, de fuerza agitadora y viril. Con el «Chorus Sanctorum omnium» que celebra la visión inefable de la Divinidad termina esta luminosa creación del genio de Debussy.
A. Mantelli

