El Hombre, la Bestia y la Virtud, Luigi Pirandello

Apólogo en tres actos, de Luigi Pirandello (1867-1936), representado en 1919. Con cinismo grotesco, que quiere sólo ocultar la amargura de la decepción, pero que en reali­dad es desbordante, representa en esta obra el «caso» del amante obligado, por respetos humanos y para su propia tranquilidad, a arrojar a la mujer en los brazos de su indi­ferente esposo. Patética inversión que ilustra los «ídolos» suscitados por Pirandello en su lucha contra las invenciones sociales, y en el mismo instante en que las suprime: ocurrencia de una moralidad propia más bien de un dilettante. El amante es el profesor Paolino, y la señora es la esposa del capitán de marina Perrella. Éste lleva fuera de su casa una vida alegre, y durante sus breves estancias entre las paredes domésticas trata a su esposa con gran frialdad y desamor y evita su contacto por el temor de tener otros hijos, además de los que se hallan esparcidos a lo largo de sus rutas.

Pero la señora Perrella es puesta por el profesor en trance de ser madre, y para que el marido no sospeche el engaño es necesario que du­rante su próxima estancia se comporte de manera menos displicente con su esposa y pueda de este modo producirse una fácil sustitución en la paternidad. Con ayuda de un farmacéutico, Paolino prepara unos dulces afrodisíacos para el capitán, y la señora se atavía y compone de manera pro­vocativa. El resto de la comedia, se deja en el aire, para provocar la expectación. ¿Se producirá o no aquel suceso? Y el suceso se produce, con general satisfacción. Con gran derroche de chistes e invenciones có­micas, el problema se resuelve por medio de bien combinados recursos del arte teatral y, como siempre en Pirandello, una construcción hábil y perentoria conduce a soluciones matemáticas y triunfales. Además, hay en su arte poética la esclavitud a leyes conven­cionales y a hipocresías sociales a las que no se puede escapar sino con el sueño, la fuga o la muerte; aquí se la evita grotesca­mente volviéndola del revés con un juego absurdo y amargo.

G. Guerrieri

En este «apólogo» la risa esconde un su­frimiento profundo, una amargura invenci­ble que la priva de toda dulzura y serenidad. (Tilgher)