Novela filosófica del jesuita español Baltasar Gracián y Morales (1601-1658), dividida en tres partes, cada una de las cuales fue publicada separadamente: la primera, en 1651, con el nombre del autor velado bajo el anagrama de García de Morlanes; la segunda, en 1653, y la tercera en 1657.
Las tres partes, que están subdivididas en pequeños capítulos con el título de «crisis» o momentos decisivos de tránsito, corresponden a las distintas edades del hombre: la floreciente primavera de la niñez y estío de la juventud, el dorado otoño de la varonil edad o de la madurez vigorosa y plena, el riguroso invierno de la vejez atormentada por los achaques. El irreversible fluir de la vida está representado por las continuas peregrinaciones de los dos protagonistas: Andrenio, que simboliza al hombre, es decir, a un alma que, desconocedora de su origen divino, vive en el mundo sin poder elevarse hacia la luz porque está hundida en la materia; y Critilo, que simboliza la razón natural, la cual, por impulso interior busca la felicidad: movimiento del pensamiento que desciende hacia la acción en la cual se concreta; es por lo tanto una razón práctica que en el orden de las acciones regula y dirige la voluntad según unos puntos de vista siempre nuevos y cuyos datos son proporcionados directamente por la experiencia, pero una experiencia que es un conocer perenne ya sea como fundamento del obrar (actividad moral), ya sea como fundamento del actuar (actividad artística creadora). La alegoría de la novela está fundamentada exclusivamente sobre estos conceptos didácticos, cada uno de los cuales se objetiva fantásticamente en notas que son interpretadas, es decir llevadas de nuevo a su principio generador. Critilo y Andrenio constituyen por esto una unidad inescindible y son tales que los juicios del primero son considerados siempre en relación con la voluntad del otro.
Critilo, que va por el mundo buscando a Felisinda, la esposa que le fue raptada, es víctima de un naufragio junto a las costas de Santa Elena, una pequeña isla desierta. Le salva a nado un joven que allí vive en estado de naturaleza. Critilo se da cuenta de que no sabe hablar y en poco tiempo le enseña y le bautiza con el nombre de Andrenio. Los dos protagonistas se dirigen entonces hacia España. En Madrid el joven se deja seducir por las malas artes de Falsirena: y entonces Critilo no vacila en pintarle la naturaleza, las astucias y las sutiles artimañas de las mujeres. La primera edad del hombre, la juventud alocada, dominada por el amor, ha terminado. Se inicia la edad madura que hace a los hombres reflexivos y activos, cada uno encerrado en sí mismo y vuelto con todas sus energías hacia el sueño que le atrae. Los dos peregrinos que salen del país de la juventud ascienden la montaña que se encuentra en su frontera y en su cumbre encuentran la hospitalidad de Salástano — bajo cuyo nombre se oculta Vicencio Juan de Lastanosa, amigo y protector de Gracián — y visitan su biblioteca y su museo. Prosiguen su viaje hacia Francia, la tierra del arte y de la vida práctica. Aquí encontramos a la Ninfa de las bellas artes y de la literatura, mientras Critilo enseña a su discípulo la manera de juzgar concretamente; luego visitan la ermita de la Hipocrinda, o sea, del disimulo, para pasar por último al Arsenal del valor, a la corte de Honoria, diosa de la reputación y a la casa de los locos donde asisten a la representación de toda la humanidad. Y es en esta simbólica tierra de Francia donde puede dar salida a toda su habilidad dialéctica en el arte de juzgar, dando a conocer a Andrenio la manera como debe actuar para conquistar honor y fama en lo que es la palestra de la humana y universal locura.
Pero ya los peregrinos han llegado al invierno de la vejez. Éstos se dirigen a Roma, la ciudad de lo eterno, pasando por el palacio de la Vejez y por el de la Embriaguez (ofuscación de las potencias inferiores del alma). Tienen como guía al Acertador, al Descifrador y al Zahorí, que les introduce dentro de la fortaleza de los aventureros. Aquí Andrenio se hace invisible como todos los que se encuentran junto a él, hasta que le da de lleno la luz de la desilusión. Simbólicamente Gracián nos da a conocer la verdadera vida del espíritu que se repliega sobre sí misma hasta que consigue reconocer la vanidad de todas las cosas y encontrar lo eterno. De este modo los dos peregrinos llegan a Roma, donde asisten a una sesión de la Academia (a una ceremonia sagrada); luego, desde lo alto de una de las siete colinas, contemplan la rueda del tiempo, la fragilidad de la vida humana y la muerte. Aquí, lo mismo que en el Héroe (v.), Gracián toma como centro y palanca de toda su construcción didacticoalegórica a la razón práctica: aquella «razón del estado de sí mismo» que presupone necesariamente un conocimiento de los hombres y de las cosas para asegurar al sujeto el triunfo, tanto en el orden del obrar como en el del actuar. Este conocimiento que fundamenta la acción es presentado por Gracián por medio de Critilo, como sabiduría práctica, como experiencia viva de lo que es realmente el hombre con sus vicios y virtudes. Experiencia viva de lo humano independientemente de toda consideración genérica de pesimismo y de toda voluntad de sátira y de humorismo.
Gracián, en sus consideraciones prácticas y en la casuística que nos presenta bebe libremente en las fuentes de los escritores clásicos: Cicerón y Séneca, Luciano y Marco Aurelio, Marcial y la Biblia (v.). Pero lo que es suyo es la manera de expresar los «conceptos» con los cuales trabaja, haciéndolos transparentes en sí mismos, sin abandonarse jamás a la imaginación más que en el mínimo de corporeidad que resulta indispensable para su realización concreta. Al mismo tiempo sabe lograr efectos de sugestiva belleza cuando encarna la alegoría con yuxtaposición de expresiones metafóricas, cada una de las cuales lleva una nota intelectual que la ilumina desde su interior poniendo en movimiento contemporáneamente la inteligencia y la fantasía. La agudeza de Gracián asociada a una sensibilidad psicológica viva y penetrante, hace de esta obra un ejemplo elocuente de lo que en literatura representa el barroco.
M. Casella

