Del Movimiento y la Medida del Agua, Leonardo da Vinci

[Del moto e misura dell’acqua], de Leonardo da Vinci (1452-1519). ,Es una recopilación póstuma efectuada en el siglo XVII por Francesco Arconati. Con­servada en dos códices (el Vat. Barberiniano lat. 4332 y el de la Biblioteca Nacional de Nápoles señalado XII D. 80, que es una copia del primero), fue editada en 1826 por Francesco Cardinali y en 1923 por E. Carusi y A. Favaro, como primer volumen de la serie de los Textos Vincianos publi­cados por el Instituto de Estudios Vincianos en Roma. El compilador del códice tenía a su disposición los manuscritos vincianos recopilados por su padre, conde Galeazzo Arconati, de Milán, y recurrió a ellos ampliamente, no sin método, pero descuidando de hecho los esquemas sistemáticos del mis­mo Leonardo.

No fue consultado el códice Leicester, importante por el hecho de ocu­parse principalmente de investigaciones hi­dráulicas, ni los códices Arundel y Trivulziano, de los folios sueltos de Windsor. Además Arconti introdujo añadiduras, que consisten en el desarrollo de demostraciones apenas señaladas por Vinci, aclarando tam­bién los dibujos ilustradores. Ya en 1490 Leonardo había pensado en escribir un tra­tado de hidráulica; en un cuaderno de di­cha época anota: «Principio del tratado del Agua», y en el Códice Atlántico (v.) se re­conoce el índice de una parte de los ca­pítulos en programa. Sus investigaciones fueron, pues, ordenándose y precisándose de un modo sistemático. Pero más que por el método, interesan por sus importantes intuiciones científicas. De hecho, Leonardo presintió el principio fundamental de la hidrostática; conoció las leyes de los vasos comunicantes, con independencia del tama­ño y de la forma de los mismos; observó que «el agua de un vaso que gira sobre sí mismo es más alta en los lados que en el centro», y que líquidos de diversa densi­dad se equilibran en el mismo vaso; in­tuyó la atracción molecular de los líquidos, distinta de su gravedad, y estudió la pre­sión sobre las paredes laterales de los va­sos, los fenómenos capilares y el funciona­miento de los sifones.

En cuanto al mo­vimiento del agua, estableció que «todo movimiento de agua de igual amplitud y superficie, será tanto más veloz cuanto me­nos profundo sea en un lugar que en otro», descubrimiento que sólo más tarde alcan­zaron Alvise Cornaro y Benedetto Castelli, discípulo de Galileo. La observación del movimiento ondulante le llevó a definir co­mo su característica fundamental la mar­cha oscilatoria: «La onda huye del lugar de su creación, y el agua no se mueve del sitio, a semejanza de las ondas producidas en mayo sobre los trigales por el viento, en los que se ve correr las ondas por los campos, pero los trigales no cambian de lugar». «Sin embargo — añade Leonardo — la onda nunca va sola, sino que está com­binada con tantas otras ondas cuantas sean las desigualdades que tiene el objeto donde la onda se genera»; y es más lenta en la superficie que en los lados. Nunca se can­saba de experimentar, y advertía: «Acor­daos, cuando os refiráis al agua, de alegar primero la experiencia y luego la razón». Así investigó, además, el flujo de los líquidos por un orificio, los movimientos en remolino, las venas líquidas, la ascensión del agua en la «cóclea» de Arquímedes.

Estaba ya abierto el camino de la experien­cia a la práctica, de la sombra de las inves­tigaciones científicas al sol de los valles itálicos, donde Leonardo proyectó canales de navegación e irrigación, fertilizaciones agrarias, mientras profundizaba los estudios sobre los vehículos náuticos y las armas acuáticas y subacuáticas. Pero ya las olas marinas, las corrientes y los «remolinos» fluviales, las medidas de traída, las presas, los diques, los molinos y demás instrumentos de elevación del agua con fines de irriga­ción formaban parte de aquel ambiente na­turalístico, fuera del cual no puede com­prenderse la obra dilatada y varia de Leo­nardo.

C. Baroni