[De mundi sensibilis atque intelligibilis forma et principiis]. Disertación latina de Immanuel Kant (1724- 1804), elaborada en 1770 para su admisión a la cátedra de Lógica y Metafísica de la Universidad de Königsberg, y allí publicada en el mismo año. Como el mismo autor advierte en una carta a Lambert, esta obra quiere ser un ensayo de su «Phaenomenologia generalis», ciencia preliminar que ha de preceder a la metafísica, y en la que tienen que ser «determinados el valor y los límites de los principios de la sensibilidad, para que no se confundan los juicios sobre los objetos de la razón pura, como casi siempre ha ocurrido hasta ahora»; se alude aquí bastante claramente al que será el tema de la Crítica de la Razón pura (v.). La primera parte, «De la noción del mundo en general», que Kant advierte no es de mucha importancia, está dedicada al análisis del concepto de «mundo» en general. Todo el tratado se desarrolla en el ámbito del dogmatismo leibniziano-wolffiano, pero de todos modos, Kant ya empieza a resolver su problemática con una clara distinción entre el conocimiento intuitivo y el intelectivo. Solamente de su confusión derivan las dificultades inherentes a lo infinito y a lo continuo en contraste con la exigencia que el mundo ha de constar de partes últimas (y por lo tanto distintas).
La segunda parte «De la diferencia entre los sensibles y los inteligibles en general» es quizá la más importante del opúsculo. En ella se distinguen dos conocimientos: el sensitivo, sujeto a las leyes de la sensibilidad, y el intelectivo o racional, sujeto a las leyes del intelecto. La diferencia entre los dos tipos de conocimiento no se refiere, pues, al contenido o -materia del conocimiento, ni siquiera al modo (psicológico) con el que es aprehendido el objeto, sino a las leyes que derivan del conocimiento, es decir la forma del conocimiento: más adelante, Kant dirá que la diferencia es trascendental. También la sensibilidad, en efecto, junto a una materia, que es la sensación, tiene una forma «que es lo que aparece, en cuanto los distintos objetos que impresionan los sentidos son coordinados según cierta ley natural del alma»; además, «no es un… bosquejo o un esquema del objeto, sino nada más que una ley, ínsita en la mente, que coordina en sí las sensaciones nacidas de la presencia del objeto». Las representaciones, por lo tanto, han de ser llamadas sensitivas también por la sola forma, aunque careciendo de cualquier sensación; en efecto, el intelecto tiene dos empleos: uno «real», por el que son dados de una manera puramente inteligible tanto los mismos conceptos como sus relaciones; y uno «lógico», por el que los datos — cualquiera que sea su origen^—son puestos en relaciones de subordinación lógica y reunidos entre ellos según el principio de la no-contradicción. El intelecto, por lo tanto, tiene también el oficio de elaborar los conocimientos sensitivos subordinando los fenómenos a las leyes generales (las que, por lo tanto, también son conocimientos sensitivos) : es decir, de transformar, según la sugestiva terminología de Kant, la «apariencia» (el dato de los sentidos) en «experiencia» (el dato sensible elaborado por la reflexión según el uso lógico del intelecto).
El fin del conocimiento intelectual en su empleo real es el de llegar a ideas de la razón como modelos alcanzables solamente con el intelecto puro y norma común de todos los demás: pero el conocimiento de semejantes ideas es tan sólo simbólico, y no intuitivo: 1) porque carece del principio formal de todo conocimiento intuitivo (espacio y tiempo); 2) porque toda la materia de nuestro conocimiento sólo la dan los sentidos, y, por lo tanto, la idea resulta desprovista de todo dato de la intuición humana. Cierra esta segunda parte la conocida teoría, desarrollada más tarde en las obras críticas, del espacio-tiempo como forma de la intuición sensible- y de la matemática como ciencia del espacio (geometría) y del tiempo (mecánica): ciencia verdadera, ciencia perfecta y, sin embargo, ciencia de los sensibles. La crítica al dogmatismo racionalista resulta, de esta manera, completa, y se perfecciona en las investigaciones de la tercera parte «De los principios formales del mundo sensible». Los principios formales del mundo sensible (es decir, los principios que contienen la razón del nexo universal de las cosas en cuanto fenómenos) son el tiempo y el espacio. La idea de tiempo no deriva de los sentidos, sino que es supuesta por ellos; por otro lado, ella es singular (única): por eso el tiempo es una «intuición pura». Análogamente el espacio es una intuición pura, forma fundamental del sentido exterior: en él se basa la absoluta evidencia de la geometría.
Estas ideas aparecerán nuevamente, casi sin alteraciones, en las obras críticas; no será así por lo que se refiere a las contenidas en la cuarta parte, «Del principio formal del mundo inteligible», y quinta, «Del método acerca de los conocimientos sensitivos e intelectivos en la metafísica», en que Kant continúa en aquel dogmatismo que más tarde criticará. El autor se pregunta la razón por la que la metafísica no ha progresado al igual que las otras ciencias, y la encuentra en el hecho de que, en el uso real del intelecto, una metodología preliminar tiene una imprescindible importancia, la cual no se ha llevado a cabo: en esta disertación limita su investigación a los peligros que nacen de la confusión del plano sensitivo con el plano intelectivo. El predicado expresa las condiciones de pensabilidad del sujeto; si el predicado expresa relaciones espaciotemporales (o de todos modos relaciones que implican la intuición espaciotemporal), el juicio expresará condiciones subjetivas de intuibilidad del sujeto, no condiciones relativas a su esencia. A la luz de este principio, el autor examina unos axiomas ampliamente empleados en metafísica, que él llama «subrepticios», que son fuente de errores y de inútiles disputas, como, por ejemplo, aquel sobre el lugar que el alma ocupa en el cuerpo humano. Por otra parte, no se puede en efecto pensar que esto se pueda intuir: ¿y entonces? La breve obra de Kant se cierra casi bruscamente, y toda la suma de problemas que ella suscita en la mente del lector no es ni examinada ni resuelta. Kant mismo se da cuenta de que hacen falta todavía largos años de investigaciones, y, en efecto, solamente al cabo de once años la disertación del 1770 será completada por una obra, la Critica de la Razón pura, que señalará el amanecer de una nueva era.
G. Preti