Fragmento en prosa del escritor irlandés James Joyce (1882-1940), publicado en Londres en el año 1930 como ensayo de una obra más extensa, entonces en curso de composición, y más tarde (1939) aparecida completa con el título Velada de Finnegan (v.). En el cuadro de esta obra el episodio de Anna Livia Plurabelle forma la última sección de la primera parte. Anna Livia es la personificación, bastante más que el sencillo símbolo, del río Liffey que atraviesa Dublín. El río, es decir el agua, está confundido, para el escritor, con el principio femenino: por lo cual se personifica en una mujer. A la movilidad femenina del agua, es decir del Liffey-Anna Livia, se contrapone la inmovilidad del desnudo escollo de Howth que, en la desembocadura del río, representa el elemento viril. Y lo mismo que el escollo, la ciudad permanece inmutable a orillas del Liffey, expresando el carácter constructivo propio del elemento viril.
El raptor de la mujer (Liffey-Anna Livia) es el Viking llegado del mar que entra en el río y funda la ciudad. En el episodio del Viking la referencia local a Dublín se amplía en un sentido más general de una especie de mito de civilización fluvial, o sea de la expansión de la civilización que penetra en la tierra remontando el curso de los ríos. En esta línea de desarrollo se insertan otros episodios: el episodio de los escollos movibles entre los cuales el Liffey encuentra infaliblemente su camino; el episodio de las dos lavanderas transformadas respectivamente en un árbol y en una piedra, etc. No sería posible aquí penetrar en la complicación de referencias y reminiscencias procuradas a Joyce por su amplísima cultura; y como en sus demás obras, del Ulises (v.) en adelante, también ésta se sustrae a la posibilidad de un resumen preciso. Anna Livia Plurabelle, como el resto del libro del que forma parte, está escrita con lenguaje compuesto, plasmado por el autor con todos los recursos de sus amplios conocimientos lingüísticos y formado con uniones de palabras, vocablos anagramáticos, onomatopeyas, etc., de bastante difícil interpretación. El sonido de estas palabras y, más aún, el ritmo estudiadísimo, son factores esenciales de su sugestión y, si se reproducen fielmente según la intención del autor (que dio algunas lecturas públicas de las que se impresionaron discos), ayuda a aclarar el significado de las frases. Movido por intenciones teóricas muy sutiles y complejas, Joyce las lleva aquí a sus consecuencias extremas, consiguiendo modalidades nuevas y personalísimas donde el elemento intelectual predomina decididamente, pero cuyo resultado más precisamente artístico, si no puede considerarse del todo fracasado, es discutible en extremo.
S. Rosati

