Pietro Bembo

Nació en Venecia el 20 de mayo de 1470 y m. en Roma el 18 de enero de 1547. Siguió a su padre, Bernardo, patri­cio y embajador veneciano, primeramente a Florencia (1478-80) y luego a Ferrara (1498); de esta suerte pudo conocer las cor­tes de Lorenzo el Magnífico y de los Este, donde los literatos eran muy apreciados.

Con sus primeras experiencias cortesanas se mezclaron períodos de severos estudios clásicos realizados en la escuela mesinesa de Constantino Lascaris (1492), y en Padua bajo la guía de Nicoló Leonico Torneo.

El gene­roso acogimiento de Guidobaldo de Montefeltro y de su esposa Isabel Gonzaga, ob­jeto de un meritorio elogio del autor, le disuadieron de su intento de retirarse a la abadía de la Croce dell’Avellana, cerca de Urbino.

Por lo demás, Bembo, que ha sido com­parado frecuentemente a Petrarca, no sólo por su petrarquismo formal, sino también debido a los matices de su carácter y a las vicisitudes de su existencia, no resultaba una persona adecuada a la humildad mo­nástica.

En Urbino (1506-12) conoció al cardenal Juan de Médicis, el futuro León X, que le llamo a Roma para redactar en latín perfecto de Cicerón las bulas pontificias. Este período romano (1512-19) es denominado, en efecto, «ciceroniano»; fue tam­bién, empero, la época de Los asolemos (v.), obra dedicada a Lucrecia Borgia, a la cual conoció y amó en Ferrara, y de los prime­ros esbozos de las Prosas sobre la lengua vulgar (v.): el momento en que el erudito clasicista, no sordo a las llamadas de la poesía en romance, llevó a cabo la admira­ble aproximación de las diversas teorías sobre el lenguaje y afirmó la necesidad de dignificar el idioma vulgar igualándolo en regularidad al latín.

Al mismo tiempo que completaba las Prosas, entre 1521 y 1525. enriquecía con glosas la nueva edición al- dina del Canzoniere de Petrarca. En Roma conoció a Faustina della Morosina, que le dio tres hijos, pero con la cual no se casó para no perder los beneficios eclesiásticos.

El Carteggio (1500-1501), recientemente edi­tado en Padua por Dionisotti, nos ofrece un valioso testimonio de otro amor suyo, largo tiempo envuelto en el misterio: el que profesó a María Savorgnan. Establecido en Padua, Bembo fue historiador de la república de Venecia (1530) y dirigió la biblioteca Nicena (actualmente Marciana).

Dentro de la primera de ambas actividades, y reanu­dando la obra ya iniciada por Sabellico, es­cribió en latín los Rerum Venetarum historiae Libri XII, historia de Venecia de 1487 a 1513, que luego tradujo al idioma vulgar (v. Historia de Venecia).

Acerca de las Pro­sas dijo Varchi que los italianos deben es­tar reconocidos a Bembo por haber quitado de su lengua la herrumbre de los siglos pre­téritos. En 1529 aparecieron las Rimas (v.), y en 1539 Paulo III confería al humanista la púrpura cardenalicia (Morosina había muerto el 13 de agosto de 1535, y Bembo con­taba entonces casi sesenta años).

En el últi­mo período de su vida aumentaron los honores, y recibió los episcopados de Gubbio (1541) y Bérgamo (1544) sin obligación de residencia; luego volvió a Roma, donde se le juzgó uno de los candidatos al ponti­ficado con mayores probabilidades.

La pos­teridad nególe muchas de las alabanzas que le prodigaron los contemporáneos, y Leopardi le definió «un Cesari del siglo XV»; sin embargo, la crítica más reciente se in­clina a revalidar a Bembo tanto en su aspecto de prosista como en el de poeta, y subraya, por encima de todo, la enorme importancia histórica del autor, a quien se debe la sis­tematización del «humanismo vulgar» que representaba la conclusión natural y nece­saria del Renacimiento.

C. Musumarra

Pere Belluga

Jurisconsulto catalán. Nació en Valencia en el último tercio del si­glo XIV, m. en 1468. Siguió con gran apro­vechamiento la carrera de leyes y luego ejerció la abogacía con tanto éxito que a los pocos años era el abogado más famoso de Valencia.

Fue nombrado abogado de Al­fonso el Magnánimo. Castigado en cierta ocasión con el destierro, Belluga aprovechó su aislamiento para componer su Espejo de príncipes (v.), verdadero tratado jurídico- político.

Hilaire Belloc

Nacido el 27 de julio de 1870 en La Celle (Saint-Cloud) y m. en In­glaterra el 16 de julio de 1953. Ensayista, novelista, humorista y poeta, hijo de madre inglesa y padre francés, católicos ambos, estudió en Oxford, sirvió durante algún tiempo en la artillería de Francia y más tarde, en 1902, tomó la ciudadanía británi­ca.

Fue miembro del Parlamento desde 1906 hasta 1910, año en que, no satisfecho por la política inglesa, retiróse a la vida pri­vada. Su nombre figura junto al de Chesterton, sobre el que ejerció una indudable influencia; con él llevó a cabo en perfecto acuerdo una intensa campaña de propa­ganda del catolicismo y contra la civiliza­ción industrial, labor en el fondo muy se­mejante a la emprendida cincuenta años antes por Carlyle y Ruskin.

Ambos lucha­ron por el sentido común de antaño, el con­suelo de la religión, el goce simple de los bienes de la existencia y la alegría hon­rada; y los dos también se valieron de un estilo paradójico, salpicado de sorpresas, ex­abruptos, extravagancias, ironías e impro­perios.

En torno a Belloc, Chesterton y Shaw formóse un grupo de intelectuales que aspi­raban no tanto a consolidar los valores de la fe como a establecer una jerarquía social más precisa y una sociedad menos utilita­rista, uniforme y gris.

Con su oposición a las corrientes materialistas y anárquicas de la segunda mitad del siglo XIX y su afian­zamiento en los viejos postulados del prag­matismo intentaban refutar el principio de la libertad de juicio y favorecer el recono­cimiento de la autoridad, del orden tradi­cional y del dogma.

Belloc dejó una enorme cantidad de textos: los versos, que, entre serios, satíricos y jocosos, llenan dos volú­menes (Sonnets and Verses y Cautionary Verses) en los cuales no quedan compren­didas las poesías para muchachos (The bad Child’s Book of Beasts, more Beasts for Worse Children, etc.); dieciséis novelas, la más célebre de ellas Emmanuel Burden, Merchant, aun cuando merecen también ser ci­tadas por su ruidosa ironía The green Overcoat y The Mercy of Allah; unos quince libros de viaje animados por una erudición sutil e ingeniosa, como The Path to Rome (v. Peregrinación a Roma), The oíd Road y The historie Thames; obras de crítica lite­raria, entre las cuales figura un excelente repertorio de composiciones líricas france­sas del Renacimiento comentadas, titulado Avril; las interesantes catorce colecciones de ensayos (On Nothing and Kindred subjeets, On Something, On Everything, etc.); unos veinte libros y monografías de carác­ter netamente histórico que llegan desde la interpretación de las Cruzadas y de las grandes herejías hasta Carlos 1, Cromwell, Luis XIV y Robespierre; y unos doce tex­tos de tema político-social como Servil State (v. La condición esclava, 1912), que pro­vocó alarmas y discusiones en toda Europa.

En esta última obra Belloc quiere demostrar que la moderna sociedad industrial, en con­traste con las instituciones libres medieva­les, tiende a restablecer la esclavitud de los trabajadores, y que incluso la forma esta­tal tendente a reemplazar la capitalista, o sea el estado socialista, da lugar, en esen­cia, a una nueva tiranía: la de los buró­cratas.

La enorme y variada producción de Belloc gira en torno a un gozne o punto central integrado por un cristianismo de formación humanística y docta que, sobre un equilibrio clásico y pagano, pretende instaurar la moral evangélica y la fe en la justicia divina.

M. L. Astaldi

Giovan Pietro Bellori

Nació en 1615 en Roma, donde m. en 1696. Desde niño mos­tró una gran afición a la literatura y al arte, y adquirió notables conocimientos de las letras griegas y la filosofía platónica. Ello, unido a la contemplación de las obras artís­ticas del clasicismo romano, le indujo a formular anticipadamente un ideal neoclá­sico.

La elaboración de esta ideología, que convierte a Bellori. en antecedente directo de Winckelmann (v.), aparece manifestada en la publicación de un «corpus» del arte an­tiguo (Admiranda Romanarum antiquitatrnn ac veteris sculpturae vestigia, 1693). Su cultura valióle ser nombrado bibliote­cario de la reina Cristina de Suecia y anti­cuario de Roma, cargo este último recibido del papa Clemente X.

El discurso pronun­ciado en 1664 en la Academia de San Lu­cas sobre L’idea del pittore, dello scultore e dell’architetto, scelta dalle bellezze naturali superiore alia natura fue el prólogo y la divisa de Las vidas de pintores, esculto­res y arquitectos modernos (v.). Profesó también una gran afición a Rafael, que ex­presó en la Descrizione delle immagini di­pinte de Raffaello d’Urbino nelle camere del Palazzo Apostolico Vaticano (1695).

A. Pallucchini

Dormont de Belloy

Seudónimo de Pierre- Laurent Buyrette, que n. en Saint-Flour el 17 de noviembre de 1727 y m. en París el 5 de marzo de 1775.

Huérfano a los seis años, un tío suyo, abogado del Parlamento parisiense, le hizo estudiar la carrera de Derecho. Sin embargo, el joven sentía voca­ción por la poesía y el teatro, y, así, aban­donó el puesto de «clerc» y, bajo el nombre de Dormont de Belloy, unióse a una com­pañía teatral e inició una vida errante de actor; en esta actividad fue muy apreciado y buscado por la nobleza, debido a su ca­rácter peculiar.

Llegado a Rusia, se le aco­gió favorablemente por doquier, y la em­peratriz Isabel le colmó de favores. En la creencia de que la gloria de su éxito dra­mático habría aplacado a su tío, volvió a París en 1758, para representar allí la tra­gedia Titus.

Sin embargo, el pariente, im­placable y lleno de odio, intentó al princi­pio hacer detener al sobrino, y luego pro­curó hundir la obra. Desesperado, Dormont de Belloy marchó nuevamente a Rusia, de donde re­gresó a la muerte del tío (1762) con la tra­gedia Zelmire, que alcanzó un gran éxito.

El sitio de Calais (v.), su obra maestra re­presentada en 1770, provocó un gran entu­siasmo y valió al autor la medalla del rey y la ciudadanía honoraria de Calais. Dormont de Belloy compuso luego Gastón et Bayard, pro­ducción que logró un éxito comparable al de Le siége de Calais y le abrió las puer­tas de la Academia Francesa; Gabrielle de Vergy, no puesta en escena por la retirada de la actriz Clairon, y Pierre le Cruel, que fue desfavorablemente acogida por el pú­blico.

Según se dice, este fracaso abrevió la vida del autor, sometida, por otra parte, a estrecheces económicas, como demuestra el hecho de que poco antes de su muerte Luis XVI hubiera de enviarle dinero.