Waverley, Walter Scott

Es la primera novela de Walter Scott (1771-1832) publicada en 1814. Después de retirarse de la palestra poética ante la competencia que le hicieron las «na­rraciones en verso» de Byron, volvió a to­mar en sus manos el fragmento de una his­toria sobre la rebelión de 1745 que había comenzado a escribir en 1805; la completó rápidamente y le dio un título sugerido por la abadía de Waverley, cerca de Farnham.

Al escribir novelas históricas de ambiente escocés, Scott se proponía hacer por Escocia lo que miss Mary Edgeworth (1767-1849) había hecho por Irlanda: exponer las cos­tumbres y ambientes de su país. Para esto le ayudaban sus propios recuerdos y experien­cias, además de las informaciones adqui­ridas de primera mano. De ahí que las no­velas de esta clase escritas por Scott, si bien no pueden llamarse novelas históricas, como, por lo demás, no querían serlo, re­producen el ambiente del pasado a veces más y mejor que la verdadera historia. Edward Waverley, joven de tendencias román­ticas, ha sido educado en parte por su pa­dre, defensor de los Hannóver, y en parte por su tío, sir Everard Digby, rico propie­tario de tierras, favorecedor de los Estuardo. Mientras sirve en el ejército en 1745, Waverley va a pasar unos días de permiso a casa de un antiguo compañero de su tío, el barón de Bradwardine, jacobita cortés y pedante, que tiene una hija, Rose, que siente por el joven viva simpatía.

Una ex­cursión para recuperar unas vacas del ba­rón conduce a Waverley a visitar en su retiro a Donald Bean Lean, un filibustero de los Highlands, y a Fergus Mac Ivor, joven cabecilla jacobita, de cuya hermana, Flora, Waverley cree estar enamorado. Asiste tam­bién a una gran cacería de ciervos que después, como advierte, no es más que una llamada del clan a las filas para militar bajo la bandera del Pretendiente. Estas incautas visitas, mientras la situación política es deli­cadísima, hacen sospechar de Edward a su coronel; víctima de intrigas jacobitas, es acusado de fomentar la rebelión en el ejér­cito, es degradado y arrestado. Rose y Flora representan en su vida los principios de la prudencia y de la aventura. De la prisión lo libera Rose, pero bajo el influjo de la in­justicia que se le ha hecho, del entusiasmo de Flora y de la acogida que le otorga el príncipe Carlos, Edward entra en el ejér­cito jacobita. De este modo el joven, que posee un civismo muy acendrado, se halla comprometido en actos que repugnan a sus principios.

En la batalla de Prestonpans tiene la suerte de salvar de la muerte al coronel Talbot, distinguido oficial inglés amigo de la familia, el cual, después de ser derrotados y dispersados los jacobitas, ob­tiene el perdón para Edward y la rehabilita­ción del barón Bradwardine. Edward, recha­zado por Flora, dirige su afecto hacia Rose y se casa con ella. Fergus es condenado a muerte por alta traición, y Flora se retira a un monasterio. Los personajes realmente vivos de la novela no son Waverley ni las dos jóvenes, sino los de segundo término, que Scott esbozaba en el calor de la invención, como el barón, mezcla de entusiasmo y humorismo, y el pobre vasallo Evan Mac- combish, o David Gellatley, el «inocente», que canta algunas de las más bellas poesías de Scott. En Waverley, Scott ha hallado y completado la fórmula de la novela histó­rica; en este campo escribirá a continuación cosas más grandes, pero no esencialmente diversas.

M. Praz

Con su graciosa actitud, con su finura romántica, con su sello netamente inglés, es para mí el escritor más querido entre todos los modernos novelistas extranjeros. (Schumann)

(Scott) tiene un espíritu vulgar y un es­tilo pesado. No sabe construir; ¿y cómo pue­de un escritor privado de ambas cosas crear personajes que nos conmuevan profunda­mente?  (E. M. Forster)

*   En 1828 Héctor Berlioz (1803-1868) com­puso la obertura Waverley, una de sus pri­meras composiciones sinfónicas.