Popol Vuh, Anónimo

[Libro de las tradiciones]. Este importante documento histórico, lite­rario y religioso del pueblo maya-quiché (México meridional, Yucatán, Guatemala) puede considerarse como la Biblia de este pueblo que, antes de Colón, alcanzó el nivel más alto de civilización entre todas las tribus del Nuevo Mundo.

Escrito en «quiché», con caracteres latinos, en 1557, pro­bablemente por un pobre literato, cierto Diego Reynoso, fue descubierto en Santo Tomás Chichicastenango, a fines del si­glo XVII, por el fraile Francisco Ximénez, que lo tradujo — como pudo — al castellano; versión que fue reimpresa más tarde por C. Scherzer, en Viena, en 1857, y traducida al francés por el abad Brasseur de Bourbourg (París, 1861), aunque con excesiva fantasía. Siguieron tres ediciones castella­nas, de Justo Gavarrete en el «Educacio­nista» de Guatemala, 1894-96 y en 1905, y otra de Santiago I. Barberena, en 1923.

Entre otras más o menos afortunadas ten­tativas de traducción hay que recordar la de E. Pohorilles, Leipzig, 1913, y como una de las mejores la del americanista fran­cés J. Raynaud, en 1925, traducción que también fue publicada en castellano en 1927. Sin embargo, la versión más solvente, publi­cada además junto al texto en transcrip­ción fonética, precedida por seis eruditas conferencias necesarias para la plena com­prensión del texto, y con cuidadosas notas, la debemos a Antonio Villacorta y Flavio Rodas (Guatemala, 1927). A un prólogo breve y solemne, donde el autor explica el motivo por el que compuso la obra, siguen once tradiciones.

La primera reconstruye y recuerda la cosmogonía quiché, indicando sus concordancias con la de los toltecas en lo relativo a la creación del mundo, los seres humanos y su destrucción a causa de grandes cataclismos. En la segunda se ex­pone la leyenda de los maléficos semidioses, prehumanos, el orgulloso Gukup Cakix y sus hijos, Zipacná, fabricante de montes y volcanes, y Capracán, levantador de mon­tañas, y los maleficios de todos éstos, ven­cidos y muertos finalmente por dos jóvenes, seres benéficos y sabios, el «cerbatanero» Junajup e Ixbalamqué «el tigre». En la tercera se cuentan las legendarias hazañas de los Ajup en el país de Xibalbá, es decir las luchas de los toltecas en su primera invasión, de las tierras tropicales de Guate­mala.

La cuarta narra la magnífica tradi­ción de la princesa Ixquic, madre de Junajup y de Ixbalamqué, nacidos misteriosa­mente por obra de uno de los Ajup, símbolo de la unión genealógica de las dos razas que luchaban por el dominio de la región. La quinta contiene los hechos sobrenatura­les de estos dos personajes míticos, Juna j up e Ixbalamqué, y su viaje a Xibalbá — re­gión llena de trampas y peligros—, donde el primero de los dos fallece. La sexta cuenta la legendaria resurrección de Junajup y sus luchas contra los señores de Xi­balbá, hasta su triunfo sobre ellos. En la séptima se narra la aparición de los célebres jefes de las familias mayas: Balam Quitzé, Balam Akap, Majucutaj e Iqui Balam; sus peregrinaciones a orillas del Usumacinta y sus terribles luchas contra la naturaleza y los hombres hostiles.

La octava y novena tradiciones siguen narrando esas guerras y la conquista de los montes Jacaguitz, donde nació el culto al Sol y a otros dioses, y cuen­tan los esfuerzos de las tribus invadidas para echar a los extranjeros; encontramos allí la leyenda de las jóvenes Ixtaj e Ixpuch, que trataron de seducir a los nuevos dioses y los combates que se desarrollaron en los montes Jacaguitz. La décima describe el viaje de los jefes de esas tribus al Oriente, el regreso y su estancia en Izmachi y más tarde en Gumarkaaj. La última narra la historia del pueblo quiché hasta su con­quista y destrucción por Pedro de Alva­rado en 1524.

G. V. Callegari