Pelayo, Gaspar Melchor de Jovellanos

Durante la época romántica, la figura volvió de nuevo a los honores de la escena, con la tragedia en verso y en cinco actos Pelayo, de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), «escrita — dice el autor — en el año de 1769, y corregida en los de 1771 y 72».

Munuza, nombrado gobernador de Gijón por los moros, durante su invasión de- España en el siglo VII, se enamora de Desinda, hermana de Pelayo. Aprovechando la ausencia de éste, que se halla de viaje a Córdoba para una entrevista con el moro Tarik, Munuza trata de unirse a Desinda, prometida de Rogundo, noble asturiano. Rechazado por ésta, el moro hace encarcelar a Rogundo en un castillo y lleva a Dosinda a su propio palacio. Pero Pelayo vuelve de Córdoba antes de lo previsto y pide cuen­tas de la afrenta a Munuza, que trata de capturarlo.

El pueblo de Gijón se rebela y Munuza se dispone a salir del palacio para dominar la revuelta, cuando entra Pelayo seguido de algunos revoltosos. Tam­bién Rogundo, que ha sido libertado por los nobles, corre al palacio del moro con sus secuaces. Munuza se lanza contra Pe- layo con un puñal en la mano, pero Ro­gundo defiende al amigo, aferrando a su vez a Munuza. En defensa de éste inter­viene Achmet, comandante de la guardia del gobernador, el cual impensadamente es causa de que Rogundo hiera mortalmente a Munuza.

Los moros huyen de Gijón y Pelayo y los suyos festejan el feliz aconte­cimiento. «Confieso — escribe Jovellanos — que antes y al tiempo de escribirle leía muchísimo en los poetas franceses. Confieso más; procuré imitarlos… Yo no traté de imitar, en la formación de esta tragedia, a los griegos ni a los latinos… era más na­tural que yo imitase a nuestros vecinos que a los poetas griegos». El Pelayo corresponde i La serie de tragedias neoclásicas que los escritores españoles del siglo XVIII escribieron imitando a Corneille, a Racine e incluso a Alfieri. El protagonista de esta tragedia no es tanto Pelayo como Munuza, que en ella se nos aparece como víctima de fatalidad. Su final es feliz para todos los personajes simpáticos al pueblo español por motivos patrióticos.

Los versos son endeca­sílabos asonantados, bien construidos desde el punto de vista formal, pero privados de calor, de tono y de verdadera poesía. La tragedia, que en un tiempo llevaba más lógicamente el título de Munuza, se basa en una leyenda privada por completo de fundamento histórico. Narraciones y ro­mances habían hecho popular en España la historia de los presuntos amores del gober­nador moro con la hermana de Pelayo, y sobre esta leyenda Jovellanos construyó su tragedia.

N. González-Ruiz