Entre los numerosos escritos oratorios del polígrafo y hombre de estado bizantino Miguel Pselo (1018-1078 ó 1096) los más importantes, no sólo desde un punto de vista literario, sino también como documentos preciosos de la vida y del ambiente espiritual del siglo XI, son los elogios fúnebres para su madre, para Miguel Cerulario y para Juan Sifilino.
La «Oración fúnebre para su madre Teodotos» es ciertamente la más pura estilísticamente. La retórica que dominaba en aquel período, y que no perdonó ni a este escritor, cede aquí el sitio a una expresión rebosante y sincera que conduce, en algunos momentos, a una verdadera emoción.
Aparece clara para nosotros la figura de aquella bizantina del siglo XI, sencilla burguesa, pero de carácter elevado y de espíritu abierto; y la penetración que obtiene Pselo en su carácter nos abre una rendija por donde nos es posible entrever la vida burguesa de aquella época.
Por otra parte el hálito de sinceridad que respira este escrito justifica las alabanzas tributadas por Pselo a su madre que no son un procedimiento retórico de circunstancias, sino la fiel caracterización de una mujer nada común como lo fue Teodotos, lo que atestigua Ana Comnena, hija del emperador Alejo.
Entre las numerosas y poéticas imágenes evocadas por Pselo con expresiva sencillez es de notar la graciosa escena de la madre que abraza a su hijo niño y expresa su ternura maternal mientras él duerme, por el temor de que su excesiva dulzura le haga menos dócil; el sueño en que ella ve el luminoso porvenir de su hijo; la solicitud con que va siguiéndole en sus estudios; los esfuerzos, para aprender lo que no conoce con el fin de poder ayudarle.
Esto justifica plenamente la aserción de Pselo de que su madre no fue únicamente tal por haberle dado la vida, sino también por haber sido su madre espiritual. De diversa entonación son los otros escritos oratorios.
La «Oración fúnebre para Miguel Cerulario» es un panegírico para el patriarca que en 1057 llevó a término la obra iniciada por Focio, provocando la definitiva ruptura entre la Iglesia greco-ortodoxa y la de Roma.
Su discurso tiene importancia sobre todo como fuente histórica para reconstruir este capital acontecimiento, además de numerosos méritos literarios. El autor se inspira aquí en Isócrates y los criterios del gran clásico, en lo que se refiere al estilo, son fielmente seguidos.
Pselo, sin embargo, les añade cierto tono de exageración retórica que estropea en parte la obra; con todo, entre sus innumerables imitaciones de Isócrates, ésta es indudablemente la mejor; el carácter de Miguel Cerulario, valiente y soberbio prelado en el que la altivez y desprecio de toda dependencia fueron al menos iguales a su celo religioso, está subrayado en algunos puntos con rasgos incisivos y preciosos.
La «Oración fúnebre para Juan Sifilino» se relaciona tanto por lo forma como por la orientación con la precedente. Amigo íntimo de Pselo, compañero de estudios y después su colega en la Universidad de Constantinopla, la figura de Juan Sifilino está trazada por el orador como la de un noble prelado y reformador religioso.
Después de haberse retirado en 1054 a un monasterio del Olimpo, en Bitinia, a donde Pselo lo siguió, volvió a ser llamado a la vida activa en 1064, como patriarca de Constantinopla. La vida y las acciones de este hombre hallan en Pselo acentos mucho más ardorosos que en la precedente oración.
Aun imitando también aquí, pero más libremente a Isócrates, y aun cediendo a cierta hinchazón retórica, si bien con mayor gusto y sensibilidad que en los numerosos ejemplos de la época, este escrito posee gran viveza estilística y muestra la naturaleza de aquel bizantino, cuyo amor por la antigüedad clásica revela a veces en él una sensibilidad que sólo se podrá volver a encontrar en los hombres del Renacimiento.
A. Agnelli

