[Souvenirs d’un marchand de tableaux]’. Obra autobiográfica de Ambroise Vollard (1872-1939), célebre traficante en cuadros de fines del siglo XIX en París, publicada en 1937.
La obra, que no sigue rigurosamente un orden cronológico, es un documento importante para la historia del arte en el período impresionista y postimpresionista por las numerosas noticias y anécdotas sobre los mejores pintores de la época, desde Manet a Cézanne, de Renoir y Degas a Van Gogh, de los cubistas con Picasso, a los «fauves» con Matisse, Derain, Rouault, Vlaminck, y a los «Independientes» con Henri Rousseau, Chagall, etc. Pero los pintores que Vollard conoció mejor y de los que habla extensamente son Cézanne y Renoir. Confiesa que su primera impresión ante un cuadro de Cézanne fue «un coup à l’estomac». Entonces Vollard era estudiante, pero apenas entró en el «oficio» su primer proyecto fue una exposición de cuadros de Cézanne: desde aquel momento fue el amigo devoto y el defensor del discutidísimo y gran maestro de Aix. En Montmartre, en 1890, Vollard vivió en contacto con la «nouvelle peinture» que se reunía en el «Café de la Nouvelle Athènes»: Degas, Cézanne, Renoir, Manet, Desboutins, el crítico de arte Duranty, etc. Algunos años más tarde trasladó su sede a la rue Laffitte, donde permaneció muchos años. Aquella tienda se hizo famosa por su sótano, donde Vollard reunía a cenar a los amigos.
Así se hicieron célebres los «dîners de la cave», frecuentados por Cézanne, Renoir, Forain, Degas, Odilon Redon, Léon Dierx, Eugène Lautier, Jarry y Apollinaire. Vollard no da un juicio crítico de los artistas que conoció: sólo registra, con agudo sentido de observación, hechos y acontecimientos de su vida, pero siempre en relación con la pintura; por ello, cuanto refiere respecto al carácter del artista es a menudo precioso para el crítico; y la objetividad del autor, no sólo «marchante», sino también y sobre todo apasionado gustador del arte figurativo, que escribió sus memorias con estilo sencillo y seguro, y que en su sinceridad no vacila en confesar que no supo intuir a tiempo el genio de algunos grandes pintores: Utrillo, por ejemplo, y Modigliani. [Trad. de Rafael Vázquez Zamora (Barcelona, 1946)].
E. Raudi

