[Mahomet et Charlemagne]. Obra histórica de Henri Pirenne (1862-1935) que, terminada en vísperas de la muerte del autor y publicada en 1937, resume y completa la tesis, ya sostenida en su parte económica en la obra anterior, Les villes du Moyen Âge (1927), según la cual la unidad mediterránea no quedó destruida por las invasiones de los bárbaros, sino por la conquista árabe. Solamente entonces empieza la Edad Media. Las invasiones germánicas no modificaron nada esencial en la economía, en la organización política y administrativa: los Estados bárbaros siguieron siendo fragmentos de aquel Imperio del que pretendían ser continuadores. El Estado siguió siendo burocrático y laico, el régimen de latifundio no sufrió modificaciones, el comercio continuó manteniendo unido todo el Mediterráneo; el oro circulaba, florecían las ciudades. El centro de la religión y de la cultura sigue siendo el Mediterráneo: y esta unidad mediterránea se consagra de nuevo en la obra conquistadora y legislativa de Justiniano. En cambio, la invasión árabe, sostenida por una fuerza moral, la nueva religión, supera en mucho, por su rapidez y éxito, la lenta conquista germánica.
En las tierras dominadas por los árabes, éstos no son asimilados por los vencidos, sino que imponen su fe, su cultura, su derecho y su lengua. Así se quebranta para siempre la unidad civil mediterránea. Las más graves consecuencias se derivan de la fractura económica. El Mediterráneo occidental queda aislado: los árabes no trafican con los países cristianos, sino que se limitan a piratear reduciendo sus costas a un desierto. Se interrumpen las relaciones comerciales con el Oriente. De aquí la falta de evolución económica y el regreso hacia un régimen meramente agrícola; la necesidad, por la falta de oro, de compensar a los funcionarios con tierras y, teniendo éstos a su servicio hombres armados, produce el carácter militar del vasallaje. Decae el reino merovingio y se afirma la dinastía carolingia. La Iglesia, que ya no cuenta con la ayuda de Bizancio, se orienta hacia el Estado de los francos. El centro de gravedad de Europa se traslada, por tanto, hacia el Norte; la creación del Sacro Imperio Romano sella la separación del Oriente. Así, Mahoma explica a Carlomagno. En el Mediterráneo oriental, Bizancio mantiene su vitalidad comercial, que se prolonga hasta las ciudades marineras italianas y el Sur de la península.
El Imperio carolingio ha de adaptarse a las condiciones que se produjeron en el Occidente por la separación impuesta por los árabes, e inaugura un sistema en el que el predominio de la Iglesia y -del feudalismo determinan las características de la Edad Media. Desaparece el oro, desaparece la clase de los mercaderes, languidecen las ciudades. La cultura se refugia en los conventos, el latín llega a ser una lengua docta, y surgen las lenguas vulgares. El centro de difusión de la cultura latina se desplaza hacia Bretaña, y a los anglosajones se junta el breve esplendor carolingio, todavía completamente latino. La tesis, brillante y nueva, la rigurosa lógica, el estilo conciso y rápido explican el éxito de este hermoso libro, rico en investigaciones originales e ideas sugestivas. Las reservas y objeciones que se le han opuesto parten de la tendencia, aún predominante en los historiadores modernos, de considerar la decadencia económica occidental (con su consiguiente régimen feudal) y la separación política y religiosa de Occidente y Oriente como efectos de una situación anterior a la invasión musulmana, que ésta pudo, empero, haber precipitado.
P. Onnis

