La Lucha Política en Italia, Alfredo Oriani

[La lotta política in Italia]. Es la mejor entre las obras de ideología de Alfredo Oriani (1852-1909), que trazó en esta historia, pu­blicada en 1892, el laborioso proceso de la formación unitaria italiana desde 476 a 1890. Al escribir esta obra Oriani fue impelido por el problema del presente (el subtítulo del libro decía así: «Orígenes de la lucha ac­tual»), puesto que para saber lo que Italia es y puede, es necesario saber lo que ha sido y cómo se ha formado.

Esta obra parte de lejos: Roma no había podido fundir en un solo molde a las gentes italianas. La igual­dad civil entre ciudadanos, entre capital y provincia del período imperial, más que la fusión había favorecido las diferenciaciones de las supervivientes originalidades étnicas. El cristianismo ayudó a este proceso de indi­viduación con el principio de la igualdad moral y de la libertad de conciencia. Las invasiones bárbaras que parecen obedecer a las leyes físicas de la gravitación más que a los ideales de la historia renuevan el mundo antiguo y preparan el moderno. Pa­sados cinco siglos, la lava de las invasiones se ha solidificado ya, y una raza de san­gre mixta de tendencias y de tradiciones se ha diseminado por Italia en muchos es­tados pequeños. El municipio es la nueva originalidad. Su vida se fortifica en el olvido de toda universalidad.’ Ni la Iglesia ni el Imperio pueden prevalecer contra los muni­cipios, que son el núcleo intangible de la nación futura.  Convertidos en Señorías se desvanecen en los principados mientras la religión romana era despedazada por un cisma.

La historia italiana se empequeñece en la del Piamonte y de Sicilia; Venecia se endurece en la defensa contra los turcos; Milán decae a ser provincia francesa o es­pañola; Roma es apenas la capital de un estado pontificio sin poder. La historia ita­liana se convierte en eco de la historia eu­ropea. El siglo XVII es la época de las ciencias y señala el último triunfo del genio italiano. Italia vuelve a la historia con Na­poleón que dilata la Revolución Francesa con dos antiguos conceptos romanos: la uni­versalidad imperial y la democracia mili­tar. El imperio napoleónico se disolverá, pero Italia habrá recibido del choque con él la fuerza para conglomerarse en nación. Si los movimientos de 1821 y de 1831 son regionales, la revolución de 1848, al tener que agotar las seculares formas federales, será güelfa y se resumirá en la más antigua de las instituciones italianas, el Papado. La guerra regia será lombarda en los alzamien­tos, piamontesa en las batallas, republicana en los asedios. La fórmula federal sobrevive hasta la república romana; y su condena en la lógica de la historia deriva de su pro­pio decreto de fundación, por el cual Italia frente a Roma no es más que el resto de la nación. En la catástrofe general, sólo el Piamonte se salvará a pesar de la derrota militar. El 59 colmará la insuficiencia revo­lucionaria mediante la inserción del pro­blema italiano en el cuadro europeo, y mediante el concurso de próvidas alianzas. Ésta será la obra de Cavour, ajeno a todo sistema preconcebido.

La «conquista piamontesa» acabará por imponerse a todos. Garibaldi la aceptará reservándose sobre­pasarla, mientras Mazzini, vencida la tradi­ción republicana, aspirará sólo a mantener el partido democrático a la vanguardia de la revolución. Al día siguiente de Villafranca el federalismo vencido en la conciencia na­cional parece resurgir por la voluntad tirá­nica de dos emperadores; pero a los vetos de la diplomacia pondrán inmediato remedio las iniciativas dictatoriales, las anexiones, los plebiscitos y la acción de Garibaldi. La expedición de Los Mil conquista Sicilia; la empresa de Nápoles se torna por lo tanto fatal. La intervención piamontesa cam­bia la empresa garibaldina en conquista regia. Pero el nuevo reino es todavía Italia; Garibaldi interpreta en Mentana, como antes en Sárnico y Aspromonte, la más profunda conciencia nacional. La so­lución del problema de Venecia y de Roma vendrá de una coordinación de aconteci­mientos europeos, de la alianza con Prusia y de la guerra francoprusiana.

La ley de las Garantías es un compromiso que resume las insuficiencias de la forma­ción unitaria italiana; pero también esta vez la monarquía había intepretado hábil­mente el pensamiento nacional, que quería que Roma fuese capital sin la destrucción del Papado. Reconstruida como nación, Ita­lia no puede sustraerse a la atracción de la historia universal. Los dos máximos problemas de Europa son África y Asia; la expan­sión de África será para Italia una nece­sidad; de otro modo no tendría sentido su resurrección. La obra, admirable por la am­plitud de visión y profundidad de pensa­miento, no obtuvo al principio la merecida aceptación. Sólo más tarde, el público culto y la crítica apreciaron su valor y origina­lidad. El primero en reivindicar sus méritos fue Croce. «Es una historia fuera de los partidos políticos, guiada por esa imparcia­lidad que nace de colocarse en un punto de vista comprensivo. Se percibe que el histo­riador observa y narra con ánimo dispuesto y simpatizador, pero con espíritu libre de prejuicios y suma honradez; “sine ira et studio”, frase muy frecuente, realidad har­to rara, historia de filósofo y de artista al mismo tiempo». Con no menos autoridad dice Gentile: «La literatura italiana no tie­ne otro libro que en síntesis tan amplia y precisa, y en forma tan dramática y viva, trace los orígenes de esta Italia».

M. Missiroli