Cosas Vistas, Josep Pla

[Coses vistes]. Bajo este subtítulo genérico el narrador, periodista y biógrafo catalán Josep Pla (n- 1897) va publicando sus trabajos de juventud, «ela­borados — escribe — entre 1917 y 1925 con una intención estrictamente narrativa».

Ca­da volumen tiene un número de orden den­tro de la serie de Coses vistes y lleva por título el de la narración que lo encabeza. Hasta el momento han aparecido los si­guientes volúmenes: Cosas vistas [Coses vis­tes], en 1949; Bodegón con peces [Bodegó amb peixos], en 1950; La isla de los castaños [L’illa deis castanyers], en 1951; Pan y uva [Pa i raim], en 1951; El viento garbino [El vent de garbí], en 1952; Pollo y langosta [Pollastre i llagosta], en 1952, y Contrabando [Contraban], en 1954. El primer volumen, titulado Coses vistes, se publicó ya en 1925 (remozado y reeditado, luego, en 1949), pero quedó como una obra aislada, sin una continuación en serie. Aho­ra el escritor ha refundido, corregido y am­pliado su obra juvenil y la ha dado al pú­blico con el acertado título de antaño como denominador común. La mayoría de los tra­bajos reunidos en esta serie son inéditos, aunque algunos fueron publicados en libres, revistas y periódicos. Pero en esta nueva ordenación de su obra, Josep Pía ha desau­torizado los textos primitivos, ya publica­dos, que considera sólo como borradores ocasionales. Los distintos volúmenes de Co­ses vistes recogen, en general, trabajos he­terogéneos. Sólo Pollastre i llagosta y El vent de garbí tienen una relativa unidad.

Aquél es un estudio sobre la gastronomía catalana, relacionándola con el tipismo de las fiestas mayores de los pueblos de Ca­taluña. El vent de garbí se inicia con un ensayo sobre la meteorología catalana, com­pletado por varias narraciones de tema ma­rino. La extensión de los relatos es varia­ble, si bien el que encabeza cada volumen acostumbra a ser largo. Es difícil clasificar la obra total de Josep Pía dentro de un género porque su conjunto forma una uni­dad vaga e invertebrada, como un dietario desordenado por el que pasan retazos de vida y de historia. Tampoco la serie de Coses vistes puede empadronarse en un gé­nero. Sus límites son imprecisos, porque pasa del cuadro de costumbres a la diva­gación lírica, del retrato casi periodístico a la exaltación del paisaje. En realidad, Jo­sep Pía, poseedor de una curiosidad uni­versal, es un espectador infatigable que se limita a narrar, sencillamente, sin necesi­dad de inventar, pero con todo el bagaje del escritor culto y toda la potencia crea­dora del escritor nato. Es una especie de cronista asistemático de su país, con el am­bicioso propósito de inventariar medio si­glo de vida catalana. Realiza así una ingen­te tarea de salvación. Coses vistes cumplen la primera parte de esa gran tarea, al re­coger los recuerdos de la adolescencia y de la primera juventud del escritor.

Otra lar­ga serie, «Viatge a Catalunya» y libros sueltos, no encuadrados bajo un denomina­dor común, completarán la amplia síntesis. El comercio, la arquitectura, los pueblos, sus vagabundos, los viajes, la prensa, los paisajes rústicos y urbanos, los escritores, los amigos desfilan por este denso diario íntimo de Josep Pía, cuya apasionada lu­cha contra el tiempo, que todo lo ava­salla, y contra la dispersión que suscita, tiene una raíz en Proust. Sus imágenes, imprevistas y deliciosas, nacen sobre la mar­cha, sin ser la consecuencia necesaria de frases anteriores. Sus adjetivos, que él ha calificado de «gratuitos, aproximados y exac­tos», dan un matiz inconfundible a su pro­sa, aunque Pía abusa de algunos que se transforman entonces en una especie de adjetivo-comodín. Los críticos han baraja­do precedentes. Sterne, Balzac, Larra, Chéjov, Maupassant, han influido, sin duda, su obra; pero Pía, muy personal, a fuer de querer despersonalizarse (ya que, frente al individualismo romántico de unos y a la originalidad a ultranza de otros, cree que el escritor es sólo un portavoz de su época) ha sabido crearse, además de un estilo, un mundo propio que, a pesar de ser un coto abierto, tiene también su vaga estructura, su jerarquía de valores, sus tendencias (es­cepticismo, antifotografismo, antidogmatismo, entre otras) y una filosofía personal, muy pintoresca y desordenada.

El paisaje es también un personaje relevante de su mundo. Frente a él Pía adopta una doble actitud: nos pinta su perfil, su masa, su color, o, dándole un valor humano, lo aso­cia a su mundo sentimental, que es, a fin de cuentas, el que predomina en su substratum. Porque Pía es un sentimental dis­frazado de objetividad. Por eso, muchas veces, simula en otros las aventuras, las fantasías o los deseos propios. Sin embargo, sus sentimientos son complejos y contra­dictorios. De ahí que pueda parecer tímido y cínico, lógico y absurdo, egoísta y gene­roso. Aferrado a una tradición ruralista, se siente ligado, a pesar de su talante li­beral y universalista, a su Ampurdán na­tivo, al paisaje más próximo, limitado, y escribe entonces, como un lejano eco de Ba­rres, que «la patria es el paisaje»; es decir, el paisaje de su comarca, aquel que ya co­noce de memoria, el que le vio nacer y el que, a buen seguro, le verá morir. El hu­mor de Pía surge en función de sus senti­mientos o como reacción contra ellos. Ca­zurro y socarrón, como los campesinos de su tierra, ironiza, a menudo, para escon­der su innata ternura, su piedad y su amor por las cosas del pasado. Pero el humor de Pía es libre, sin normas, encuentra solu­ciones para cada momento concreto y está íntimamente ligado a su filosofía vital, fun­damentada en el homo mensura, en la me­dida de la razón y de los sentidos. Su mordacidad se mezcla, a veces, con una compasión generosa y una curiosidad por todos los seres humanos, a los que fatal­mente no les queda más salida que la con­vivencia.

A. Manent