Avisos del Parnaso, Traiano Boccalini

[Ragguagli di Parnaso]. Obra de Traiano Boccalini (1556- 1613). Se compone de doscientos avisos, di­vididos en dos centurias, la primera de ellas publicada en 1612 y la segunda en 1613. El autor finge actuar como gacetillero o «informador» del reino de Apolo y dar noticias de todo cuanto sucede en aquella corte formada por «virtuosos», es decir, por hombres excelentes o destacados de cada profesión, de todos los tiempos y na­ciones, a los que de continuo se envían em­bajadas desde países reales o imaginarios, para obtener ayuda o consejos. Con esta ficción de un reino de Apolo, modelada so­bre la pauta de las cortes del siglo XV, y con las singulares apariciones de hombres y de cosas, que tanto abundan en el libro, se proponía el autor hacer más agradable y atrayente a los lectores, su pensamiento, dando satisfacción al gusto de la época por las cosas ingeniosas y extravagantes. Su in­vención queda reducida a un medio, y el marco, tan grato a sus contemporáneos, nos parece hoy demasiado frondoso, hasta el punto de ensombrecer y ocultar lo que hay de serio en él libro y en el escritor. En rea­lidad, Boccalini, cuyo estilo nada tiene de barroco, fue un espíritu pensativo y apa­sionado, incapaz de soportar cualquier gé­nero de hipocresía y amante de la sencillez y de la verdad; los Avisos fueron para él el desahogo de su rebelión contra la fal­sedad, la vileza y las contradicciones de su tiempo, y le ofrecieron el modo de emitir un juicio en forma rapsódica, medio seria, medio burlesca, sobre la vida política, mo­ral y literaria contemporánea.

Dicha forma le permitía «hablar de soberanos, en len­guaje cifrado», cubriendo «su rostro con un antifaz», o sea, dar a la verdad una apa­riencia de burla, y era también la más adecuada a su ingenio vivaz y asistemático, que podía manifestarse mejor en cual­quier sentencia audaz o satírica que no en el estudio coherente de una idea. Por estos motivos, la materia de los Avisos es varia y disparatada. En un caso se trata de cosas literarias, mientras en otro se juzga severamente la crítica inquisitorial del Renacimiento, atenta a señalar predo­minantemente los defectos de la belleza de una obra poética, y pronta a ensañarse con libros como la Jerusalén (v.) de Tasso, en nombre de leyes que se pretendían crea­das por Aristóteles, mientras, como dice Boccalini, el filósofo griego no se preocu­pó, en realidad, de imponer leyes a los poe­tas cuando escribió su Poética (v.). Pero son más numerosos los Avisos de tema po­lítico, la materia por la que sentía más afi­ción Boccalini, y de la ciencia política de­fiende aquello que, a pesar de que rene­gado y condenado, seguía siendo maestro Maquiavelo, no ya inventor, según Bocca­lini, de aquellas artes por las cuales este escritor adquirió mala fama, y que él en cambio ha sabido observar y descubrir y por ello, precisamente, no conforme con sus principios, que pretendían crear un secreto de estado, prefiriendo disponer de súbditos dóciles e ignorantes. En forma parecida a como se comporta con Maquiavelo, lo hace con la «razón de estado» de su tiempo, a pesar de que prefiera manifestar su opinión con un tono irónico que puede desconcer­tar a primera vista sobre sus intenciones. Su ideal político es la república veneciana, por la sabia libertad que es fruto de aquel gobierno aristocrático; pero él sabe que no todo gobierno conviene a todos los pueblos y que para crear una república semejante a la veneciana, tendrían que concurrir cir­cunstancias difíciles de encontrar.

Y, si se manifiesta siempre poco amable frente a los príncipes solicitados más por sus propios intereses que por los de sus súbditos, no siente simpatía alguna por los amantes de la novedad, que precipitan el reino en la anarquía y recomienda más de una vez que se den por satisfechos con el mal menor, en lugar de ir en busca de males peores. Objeto de su odio constante es la Monar­quía española, a la que Italia está some­tida y de la que se complace en descubrir los designios políticos, alimentados tan sólo por embustes, y en hacer resaltar su debi­lidad interior en contraste con su aparente omnipotencia. Pero no es menor su des­confianza respecto a otros extranjeros, y con severidad se dirige a los italianos reprochándoles que movidos por su odio a Espa­ña se inclinen hacia Francia, adulando vil­mente a un extranjero para lograr apoyo contra otro. Estos violentos sentimientos de italianismo se exponen asimismo en la Pie­dra de toque de la política (v.), en la que aporta otros 331 avisos, a modo de apén­dice del precedente, y que contiene algu­nas de las páginas más vigorosas que se escribieron durante el siglo XVII sobre ma­teria política.

M. Fubini

Su Parnaso, que viene a suceder al mun­do de Ariosto y Dante, no encierra seriedad alguna, y se limita a ser una simple ocasión para encuadrar enojos, agudezas, alusiones y alegorías, sin más unidad o centro que su capricho. Es un mundo descompuesto en átomos, sin vida ni cohesión interna. La crítica, alejada de un mundo serio, en que pretende incorporarse, se evapora en sen­tencias, exhortaciones, sermones, declama­ciones y vulgaridades retóricas, tanto más biliosas cuanto menos artísticas. (De Sanctis)