Arqueología, Dionisio de Halicarnaso

El rétor Dionisio de Halicarnaso, llegado a Roma el año 30 a. de C. advirtió que faltaba, para la historia más antigua de Roma, una narración amplia elaborada retóricamente que explicase en griego la nobleza de los orígenes romanos a todos los que no leían las obras de los analistas porque estaban escritas en latín, o porque eran demasiado toscas. Después de 22 años de trabajo, el año 7 a. de C. publicó su Arqueología lomana que en 20 libros narraba la historia de Roma desde sus orígenes hasta el 264 antes de Cris­to; esto es, hasta el comienzo de la pri­mera guerra púnica, con la que comenzaba la historia de Polibio. Han llegado hasta nosotros los 11 libros primeros (hasta el 443 antes de Cristo) y extractos bizanti­nos del resto.

El concepto fundamental de Dionisio es que los romanos, en vez de ser un hatajo de bárbaros, no eran otra cosa que griegos, y de este origen les venían sus prendas de carácter y sus instituciones. El primer libro está destinado por entero a la prehistoria de Roma y contiene su tesoro de citas eruditas; pero también el resto de la narración se detiene a menudo en aná­lisis de problemas constitucionales y etno­gráficos, citando a veces documentos pre­ciosos que ponen de manifiesto el interés muy vivo del autor, aunque no le acompañe un sentido crítico muy parejo. En efecto, Dionisio, además del mencionado concepto acerca del origen de los romanos, está des­carriado por un pragmatismo que no admite en la reconstrucción histórica lagunas ni incertidumbres; quiere saberlo todo y ex­plicar las causas de todo. Por esto y para tener material suficiente para tejer una na­rración amplia y continua, busca sus fuen­tes entre la más reciente analística sin tener en cuenta el poco crédito que mere­cen, y corrigiendo solamente ciertas con­tradicciones o errores cronológicos, para hacer inteligibles las relaciones de casua­lidad, y explicando en digresiones eruditas las instituciones romanas. Además para dar a su narración el aspecto vivo de la his­toria documentada, insertó por todas partes discursos prolijos y disputas a la manera de las escuelas de la retórica, sin ninguna comprensión de la realidad histórica ni de la conveniencia artística, fingiendo por ejemplo que Rómulo dejó decidir a los ro­manos la constitución que era menester adoptar, o que Tulio Hostilla discutió, has­ta agotar el tema, con Mencio Fulgencio acerca de que Roma tiene mejor derecho que Alba a gobernar el Lacio, o que Servio Tulio respondió en el Senado al discurso con que Tarquino el Soberbio le pidió el trono. Toda esta retórica sofoca y a ve­ces hace olvidar los no escasos méritos de Dionisio.

A. Passarini