[Melmoth the Wanderer]. Novela de Charles Robert Maturin (1782-1824), publicada en 1820. Es una de las mejores y más famosas novelas de misterio y de terror publicadas en Inglaterra a principios del siglo XIX. Muchos la consideran la obra maestra de la novela «negra», superior a las de la Radcliffe (v. Los misterios de Udolfo, etc.) y el Monje (v.) de Lewis. Melmoth ha hecho un pacto con el diablo: a cambio de su alma consigue la prolongación de su vida. Pero si logra encontrar quien comparta su suerte, evitará la condena. El primer pacto, en la novela, data ya del siglo XVII y Melmoth sigue viviendo.
Melmoth el errante comprende una serie de relatos; la escena más importante y terrorífica de todos ellos es aquella en que Melmoth ofrece compartir el pacto, que es rechazado por Stanton, prisionero en la celda de un manicomio; por Moneada, que está en manos de la Inquisición; por Walberg, que ve a sus hijos morir de hambre; por Leonor Mortimer y por la mujer de Melmoth, Isidora. El episodio principal es el de los amores de Melmoth e Isidora, inocente hija de la naturaleza, que entra en la novela con el nombre de Immalee y «es un carácter similar al de la Haidée del Don Juan (v.) de Byron, y… termina con el nombre de Isidora y un destino que la emparenta con la Margarita de Goethe» (Praz). Melmoth, que mata en duelo al hermano de Isidora, después de haberse casado con ella por medio de un espectro, de tener de ella una niña y haber perdido a ésta, que muere, y a Isidora, que siente terror por su diabólico amante y acaba muriendo del corazón, vuelve al castillo de sus mayores y, arrebatado por los diablos, es arrojado al mar.
La novela abunda en escenas terroríficas y extravagantes, a menudo narradas con un refinamiento digno de Poe. La construcción es bastante defectuosa; hay en ella un «pathos» que a menudo desemboca en las «sensiblerías» de los discípulos de Rousseau. Pero, en un ambiente tan inverosímil, hay escenas gráficas y terroríficas que impresionan, aunque se leen simplemente por curiosidad y muy raramente para encontrar verdadero placer estético. Entre los admiradores de Melmoth se hallan Balzac y Dante Gabriel Rossetti.
A. Camerino

