Obra de Platón (427-347 a. de C.). Este diálogo, de tema cosmológico, pertenece, como el Filebo (v.), que le precede, al último período de la producción platónica, el verdaderamente constructivo.
Sócrates se encuentra, en Atenas, con los mismos amigos a quienes, el día anterior, había referido el extenso discurso pronunciado en casa de Céfalo acerca del Estado ideal (v. República); ahora ellos deben darle la réplica. Están presentes Timeo de Locri, Critias de Calesco y Hermócrates de Siracusa; falta un cuarto que Platón no indica claramente. Resumido el asunto del día anterior, Sócrates quisiera que sus amigos, quienes, además de filósofos, son hombres de acción, completasen el cuadro del Estado perfecto. Critias entonces refiere una historia oída, cuando era niño de diez años, a su abuelo nonagenario homónimo suyo, al que se la había contado Solón, que, a su vez, la había recogido, en Egipto, de un sacerdote de Sais: el mito de la Atlántida, ya olvidado por los griegos, «que son unos eternos niños».
Según el antiguo relato, extraño pero verdadero, al decir de Solón, los antiguos atenienses habían, en un tiempo ya lejano de nueve mil años, sobresalido por la sabiduría de sus leyes y su potencia guerrera, y les había correspondido la gloria de preservar de la esclavitud a los pueblos mediterráneos, destruyendo el poderoso imperio que tenía su centro en la inmensa isla Atlántida, entonces existente al otro lado de las Columnas de Hércules. Un cataclismo había después abismado en el mar a la Atlántida, privando así también la ocasión, a los atenienses, de recordar su glorioso pasado. Critias propone discutir más por extenso (v. Critias) sobre estos acontecimientos; y la narración será como trasplantar a la realidad la ficción ideal de la República, mostrando cómo aquellos ciudadanos imaginados por Sócrates son los verdaderos antepasados de los atenienses, recordados por el sacerdote de Sais.
Pero antes habla Timeo, muy versado en astronomía y diligente observador de la naturaleza, comenzando por el origen del mundo para terminar con la creación del hombre. Timeo, después de haber invocado no a un dios solo, sino a todos los dioses y diosas, como es oportuno hacer a quien se dispone a tratar del Todo, comienza su relato sobre la creación del universo. Distingue entre el ser y el acontecer, el primero inmóvil, accesible al puro pensamiento; el segundo mudable y perceptible por los sentidos. Y del mismo modo que el devenir precisa una causa, para crear el mundo que pertenece al devenir fue necesario un dios padre y creador, el Demiurgo. El cual creó el universo dando forma a lo que deviene sobre un modelo ideal perfecto, por pura bondad, porque, libre de envidia, lo quería todo bueno y semejante a sí. Queriendo que el mundo fuese hermoso, debía dotarlo de alma inteligente, porque nada que esté desprovisto de inteligencia es hermoso; y lo hizo único para que contuviese todos los seres del mundo sensible, al modo que el modelo contenía todos los inteligibles.
Elaboró después, para crear el mundo sensible, los cuatro elementos: aire, agua, fuego, tierra; en cuanto a la forma, prefirió la esférica como más perfecta. Después el alma, creada no después sino antes del cuerpo, la plasmó mezclando lo invariable y lo variable en una tercera esencia; y este compuesto, capaz, por su naturaleza, de saber y de opinar, siendo permeable todo el universo, lo dispuso en dos círculos concéntricos secantes entre sí, dotando al primero de un movimiento invariable, y al otro de un movimiento variable. No pudiendo el mundo creado ser eterno como el modelo, el Demiurgo lo quiso, por lo menos, perenne; y a tal fin creó el tiempo, imagen móvil de la eternidad. Para luego poblar este mundo creó, ante todo, los dioses celestiales, inteligencias animadoras y motrices de los astros; de estos dioses fueron engendrados los dioses inferiores (los de la tradición religiosa helénica), a quienes el Demiurgo encomendó después el encargo de crear los otros vivientes. Pero a fin de que estos últimos tuviesen algo de inmortal, creó él mismo la semilla del alma racional, que puso bajo la influencia de varios astros.
En torno a esta semilla inmortal los dioses secundarios plasmaron al hombre sirviéndose de los cuatro elementos; por ello en éste el principio racional, aunque por naturaleza predominante, está sin embargo sujeto a subordinarse a las pasiones que a menudo oscurecen el entendimiento; este mal es preciso obviarlo mediante una disciplina. Timeo explica la gran importancia que tiene en la figura humana la cabeza, sede de los órganos más importantes. En este punto del discurso introduce la otra determinante en la creación del mundo, esto es, la necesidad, indispensable a la generación de las cosas, aunque subordinada a la inteligencia. Después de haber invocado al dios salvador que le preserve de exponer opiniones inverosímiles, Timeo, volviendo a la distinción, hecha al principio, de una esencia inmóvil y de otra sujeta a generación, distingue una tercera especie «difícil y oscura», pero necesaria a la creación. La llama «receptáculo» de las cosas, «nodriza», «sustrato» que viene impreso, «madre», «lugar», «depositaría» de toda forma: de esta «especie invisible y amorfa» (que nosotros llamaremos materia, pero que Timeo no se resuelve a llamar con un nombre preciso), es de fuego la parte que de ella se ilumina, de agua la parte líquida, de tierra y aire las partes capaces de tomar tales aspectos.
Por ella el devenir surge del caos, por ella se realizó la génesis de los cuatro cuerpos llamados elementos, que en realidad no son otra cosa que agregados mudables de la materia, compuesta de elementos más simples de forma triangular: del triángulo, en efecto, se formaron las figuras estereométricas de que se sirvieron los dioses para construir los cuatro órdenes de cuerpos: el cubo para la tierra, el icosaedro regular para el agua, el octaedro regular para el aire, el tetraedro regular para el fuego. Al llegar a este punto examina Timeo, además de las propiedades de los elementos, también la naturaleza de las sensaciones, todas dependientes de causas mecánicas secundarias, a las que, empero, domina como causa primera y principal la necesidad ordenadora teleológica del universo.
Reanudando el hilo del discurso explica cómo los dioses colocaron en el cuerpo humano, bien separadas del alma racional inmortal, las dos partes del alma mortal: la una, irascible, en el pecho; la otra, concupiscible, en el vientre; y para sustento del alma mortal crearon la generación de las plantas, partícipes del alma concupiscible. Pasa por fin a examinar la importancia y las funciones del corazón, de los pulmones, del hígado (considerado como órgano de los sueños y de las adivinaciones) y de todas las otras partes del cuerpo; y finalmente de las varias funciones que aseguran la salud del cuerpo: la cual, consistiendo sobre todo en la armonía entre las fuerzas del alma y del cuerpo es necesario conservar con cuidados higiénicos, como la gimnasia y la música, llevando siempre de guía al entendimiento racional. Timeo concluye su largo discurso explicando la generación de las mujeres y de los otros animales cada vez más humildes con las sucesivas reencarnaciones de los hombres, según el grado de degeneración producida en ellos por sus culpas.
Esta obra estaba destinada a ejercer una influencia grandiosa en el pensamiento posterior, tanto neoplatónico como, sobre todo, cristiano, que está aquí anticipado, por no citar otras doctrinas, con la negación sublime de la envidia divina. En ciertos puntos contiene indicaciones geniales, anticipos de futuros descubrimientos científicos. Su estilo es grandiosamente hierático, con cierta severa grandilocuencia como conviene a asunto tan grave; toda la exposición tiene un tono de religiosidad pitagórica, lo que demuestra que Platón se había aproximado, en los últimos años de su vida, a esta escuela que penetraba de misticismo la investigación científica y divinizaba la geometría. Pero la aproximación de Platón al pitagorismo en este diálogo, que es probablemente el penúltimo de ellos, no disminuye su originalidad y no interrumpe la línea del desarrollo del pensamiento más auténticamente platónico.
Después de haber atacado, en los diálogos dialécticos (Parménides, Teetetes, Sofista, Político), con creciente decisión la doctrina de las ideas trascendentes, Platón da en Filebo la primera construcción ideal según los nuevos principios, desenvolviendo una doctrina del bien, no pensado ya en sentido socrático distanciado del mundo sensible (v. Fedón), sino como vida mixta del entendimiento y del placer, y aludiendo a la doctrina cosmológica, expuesta a continuación en este diálogo, según la cual la realidad es producida por una mezcla de ilimitado y de límite. En verdad, aparte la influencia pitagórica, se debe reconocer que todas las corrientes del pensamiento de la antigüedad griega, ya sea el científico, ya el de las instituciones misteriosóficas, vivificadas y transformadas por el genio y el arte de Flatón, confluyen en la obra grandiosa y atrevida del Timeo. [Trad. española de Patricio de Azcárate en Obras completas, tomo VI (Madrid, 1871) y en la edición argentina, tomo II (Buenos Aires, 1946)].
G. Alliney
Platón se pierde en el movimiento, pero se ve el movimiento de sus alas y se siente su rumor. (Joubert)
Platón, entre los griegos del Siglo de Oro fsi no queremos excluir a Isócrates), es, sin controversia, el más elegante y cuidado de estilo y de lenguaje, y el Timeo es de todas sils obras la más abstrusa y quizás también la más elaborada, ya que en ella principalmente se contiene su sistema filosófico. (Leopardi)

