Tao Tê Ching, Lao Tzû

[El libro del Tao y del Tê]. Obra de Lao Tzû o Lao-tse, el más gran filósofo chino, jefe de la escuela de Tao, que debió vivir en la llamada «época de los estados combatientes» o Chan-kuo (403- 256 a. de C.).

Se considera comúnmente como la Biblia de la religión taoísta, la cual es una religión sin filosofía, que no guarda relación alguna con la doctrina de Lao Tzû. El libro, que se divide en dos partes y 81 capítulos, es la expresión más elevada del pensamiento chino, constituyendo un siste­ma filosófico completo: encierra una meta­física, que reconoce y describe en el «Tao» la causa primera y el supremo bien del universo; una moral («Tê»), que señala al hombre el camino para alcanzar su fin; y una política, que muestra el camino que el gobierno debe recorrer para lograr el bienestar de su pueblo y para ayudarle a conseguir el justo fin de la humanidad. El «Tao» es la causa primera incomprensible, indefinible, el creador, el que nutre el uni­verso: «El Tao de que se puede hablar no es el Tao eterno, el nombre que puede ser nombrado no es el nombre eterno». «Existe allí algo indefinible, nacido antes que el cielo y la tierra, silencioso y sin forma, ab­soluto e inmutable… Esforzándome lo llamo Tao… la ley del Tao es la propia natura­leza». Por otra parte, es simple, perfecto, infinito, indivisible, inmutable, etc.

La ten­dencia del Tao consiste en retornar a una condición estática que es su estado original, mediante la «debilidad». El Tao puede co­nocerse mediante la observación de las cosas, porque ellas fueron creadas por el Tao y tienen su sello. La moral laotsiana exige la conformidad con el Tao, y la vía para alcanzarla es la «debilidad» que se mani­fiesta en la humildad, el no-obrar, no-desear, no-saber, conformarse, etc. «Es mejor no poseer nada que tener un vaso lleno; una hoja afilada no se puede conservar mu­cho tiempo; una sala llena de oro y de jades no se puede guardar con seguridad»… «Los cinco colores ciegan los ojos, los cinco sonidos ensordecen el oído, los cinco sabo­res embotan el paladar, la carrera y la caza enajenan la razón, las cosas raras y ajenas determinan las falsificaciones.

Por ello el hombre sabio atiende a su vientre y no a sus ojos». Lao Tzû distingue entre la virtud superior y la virtud inferior; señala en la primera los llamados tres tesoros: amor, templanza y humildad; y en la segunda la humanidad, la justicia y los ritos. Estas vir­tudes son «inferiores» porque los que las practican no rebasan las ventajas que ellas producen. La política es semejante a la moral y consiste en el no-obrar que se manifiesta por el no-saber: simplificación de la penalidad, repudio de la guerra, etc. «No apreciéis los honores, y el pueblo no luchará más; no apreciéis las cosas difíciles y extrañas, y no seréis ladrones ni ban­didos». «No existe desgracia más grande que el no-saberse conformar»… «Si es difícil gobernar al pueblo es porque sabe demasia­das cosas»… «El pueblo sufre hambre por­que su monarca come demasiados platos: por ello tiene hambre»… «El pueblo no da importancia a la muerte porque el que manda se alimenta en demasía». «Cuando el gran Tao fue olvidado se inventó la huma­nidad y la justicia; cuando aparecieron la habilidad y la sagacidad, entonces surgió una gran hipocresía; cuando los seis parien­tes no se hallaron de acuerdo, entonces apa­reció la piedad filial y paterna; cuando el estado se hunde en el desorden, entonces aparecen los funcionarios leales»…

La doc­trina de Lao Tzû ha creado en el espíritu chino un cierto optimismo con respecto a la naturaleza y una indiferencia ante las difi­cultades de la vida, a pesar de los grandes progresos políticos de los tiempos posterio­res (por ejemplo, la exención de todos los tributos entre los años 167 al 154 a. de C., que constituye un hecho raro en la historia, no es sino la aplicación del principio del Tao por parte del emperador). Dada la dificultad que entraña el texto, el Tao Tê Ching es interpretado como fruto del budis­mo indio; se pretendió ver en él una enseñanza anárquica o, en realidad, una teoría de la vida antigua, etc., interpretaciones- que son en su totalidad, o poco menos, infun­dadas; Lao Tzû, como los demás grandes filó­sofos, tiene pocas ideas esenciales y muchas interpretaciones. Trad. italiana de A. Castellani (La Regola celeste, Florencia, 1927). Cfr. P. Carus, Lao Tze’s Tao Te King (Chi­cago, 1898); Stan. Julien, Lao-tseu Tao Te King, Le livre de la voie et de la vertu (París, 1842); J. Legge, The Texts of Taoism, «Sacred Books of the East», vols. 39 y 40; V. von Strauss, Lao Tse’s Tao-te-king (Leip­zig, 1924); R. Wilhelm, Lao-tse Tao Te King (Jena, 1911); cfr. también las traducciones de H. A. Giles, de C. de Hariez y de Pablo Siao Sci-yi (Bari, 1941).

P. Siao Sci-Yi