El gran humanista español Luis Vives (1492-1540) escribió un extenso tratado de retórica, terminado en Brujas en 1532 y publicado en Lovaina en 1533 con el título Rethoricae sive de recte ratione dicendi libri III. La obra está escrita en latín, como toda la producción de Luis Vives, pues la plenitud del Renacimiento incrementaba el uso del latín entre los doctos.
Advierte Vives en el prefacio de estos libros que el plan de su retórica y la razón de sus preceptos es totalmente nueva y muy diferente de la antigua y universalmente admitida, y suplica atención a lo que con brevedad y sencillas for* mas se propone decir. La materia de la Retórica — afirma — es el discurso; su fin, el bien decir. El discurso tiene palabras y sentido, a manera de cuerpo y alma; su objeto no es tratar lo que deba decirse, sino la manera de decirlo. Combate a los que enseñan la retórica a continuación de la gramática y defiende con Aristóteles que su lugar apropiado está después de la dialéctica y primera filosofía. Considera la retórica como una derivación y consecuencia de los estudios filosóficos, con lo cual puede decirse, con Menéndez Pelayo, que «se colocó Vives a dos pasos de la moderna preceptiva».
El estudio de la verdadera y sólida dialéctica es la necesaria introducción de la retórica. Vives reduce los tropos o figuras gramaticales a la «antonomasia» o contracción, «extensión» o dilatación y «metonimia», considerando a ésta como sinónima de la «hipálage», y a la «sinécdoque» como parte de la misma hipálage. Considera en las palabras compuestas el exterior formado por el orden, la unión, el sonido y la grandeza, que vienen a constituir como cierta fisonomía de las palabras. Entra en pormenores sobre el sonido métrico y sentido de la cantidad, y observa atinadamente que el orador debe cuidar mucho el principio y el fin del discurso, especialmente éste, porque en el fin está fija y concentrada la atención, y lo que entonces se dice queda como incrustado en el oyente. Estudia después la elevación de las palabras que convierten el discurso en proporcionado, lleno, abundante e inmoderado, o, por el contrario, en comprimido y empequeñecido. Trata luego de los períodos, de su estructura recta o figurada y afirma ser sobremanera bellos los que se construyen con antítesis o con argumento agudamente concluido.
Enumera a continuación las figuras de pensamiento, aduciendo preciosos ejemplos de los clásicos y concluye haciendo notar que todo lo dicho nace de la naturaleza como el agua de la fuente, que, al pasar por el hombre, toma su fisonomía propia. El libro II trata del estilo del discurso que los antiguos — dice — hicieron en todo semejante al hombre con gran agudeza y verdad, porque el discurso, nacido de lo más íntimo de nuestro pecho, donde habita el hombre no mixtificado, es la imagen perfecta del alma, de suerte que no hay espejo que refleje más exactamente nuestra persona. No es, pues, de maravillar que demos al discurso los mismos nombres que al hombre, y así lo llamamos grande, amplio o sublime, y humilde, pequeño y abatido. El lenguaje, como el cuerpo humano, tiene su carne, sangre y huesos, y, según abunde en el discurso la carne, será llamado corpulento u obeso. La sangre y jugo del discurso son las palabras naturales o figuradas que lo harán pulido o vicioso y redundante; y si aquéllas se descuidan y presentan desnudas de todo cultivo, será el discurso macilento, como si los huesos apareciesen unidos a la piel.
De aquí también nace aquella antigua división del lenguaje en ático, asiático y rodio; tiene el ático lo preciso, ninguna redundancia; abunda el asiático en sentencias y perífrasis, y pueden distinguirse en él dos formas: el sentencioso y sutil que busca más la belleza que la gravedad, y el ampuloso que se fija más en las palabras y rodeos que en la belleza de la forma; el rodio moderado vino a ser un camino medio entre el asiático y el ático, y el lacónico que usaba más de puntos que de palabras. Siguiendo Vives este original método, trata de la unión y armonía en el discurso, del vigor de la frase, del ingenio, de la erudición, etc., y últimamente de las pasiones, costumbres y decoro del orador y del discurso. Todo lo hasta aquí indicado es el instrumento del arte que ha de aplicarse a la obra; y como esta acción es una parte de la prudencia que se extiende hasta lo infinito, no estudia todos los aspectos posibles, sino señala tan sólo el camino que conduce al fin anhelado, el cual ha de ser ya obra del estudioso. Advierte Vives que el fin único del lenguaje en el discurso es «explicar», siendo tres los fines del orador: probar, mover y agradar. El fin propio del discurso es ser comprendido; el del orador, explicar sus conceptos.
Persuadir es hacer que se crea lo que se dice. Para persuadir se-necesita la dialéctica, el conocimiento perfecto del asunto, la condición y erudición del oyente. Para mover los afectos precisa el conocimiento de las pasiones y su origen, principalmente el amor al bien y el odio al mal, para lo cual remite al lector a su tratado De anima, confirmándose en su sistema de que la retórica ha de ser estudiada después de la filosofía. Señala con mucha agudeza que los afectos se mueven más pronto y más fuertemente por lo particular que por lo universal, y enumera los medios más eficaces para la moción según las diferentes circunstancias. Concede mucha importancia al decoro o relación entre el orador y la materia y fin del discurso, así como entre aquél y los oyentes. Trata después de la disposición de las partes del discurso y de su gran variedad, y, al hablar de la «confirmación», advierte que no debe omitirse ningún argumento pertinente, aunque parezca de poca monta, pues no pocas veces son éstos para muchos los que mejor prueban la tesis sostenida. El libro III es un estudio acabado de los diversos géneros literarios. Examina primero el descriptivo y señala como modelos a Homero, Virgilio y Cicerón.
Pasa después al narrativo, diciendo de la narración histórica que debe ser «la pintura, imagen y espejo de lo pasado». Examina luego las condiciones del apólogo y de la fábula licenciosa. Advierte que la comedia debe promover la virtud y execrar el vicio, debiendo rechazar cuanto pueda hacer peor al hombre. Enumera después los preceptos generales y da reglas sobre la perífrasis, epítome, narración, comentarios y versiones y acaba con estas palabras: «Esto es lo que sobre el discurso me proponía decir en preceptos universales para que con facilidad pudieran retenerse y acomodarse a todos los usos, prescindiendo de todo aquello que creí impertinente; a vosotros toca no desviar a fines reprobables este tan grande bien otorgado al hombre» Vives trata del género deliberativo separadamente de las demás materias de la retórica en el opúsculo De consultatione. Vives, el gran retórico del Renacimiento, era fiel a lo más sustantivo del mundo medieval, pero a la vez estaba lleno del espíritu del tiempo, y así se impuso un ímprobo trabajo para restaurar las artes literarias, principalmente la gramática y la retórica, descubriendo horizontes despejadísimos y nuevos métodos para su enseñanza. En el libro IV, «De Causis corruptarum artium», nuestro gran humanista expone su idea acerca de la retórica. Atribuye su origen a la necesidad que tenían los desterrados de recobrar sus propiedades, lo que obligó a llevar al foro un lenguaje culto y bruñido, penetrante y lleno de arte, capaz de persuadir y mover en su favor el ánimo de los jueces.
Reprende los métodos que todo lo fían a la autoridad y costumbres admitidas y ataca a Aristóteles y sus imitadores por su empirismo, prescindiendo de ver cara a cara la verdad y de establecer las normas de la retórica atendiendo a su misma naturaleza sin cuidarse de investigar qué es, cuál su materia, su extensión, sus límites y su fin. Luis Vives, como dice Menéndez Pelayo, llevó al campo de la retórica, como a todos los demás campos de la ciencia humana, su espíritu crítico e innovador, y, «ampliando, como dice Forner, las angostas márgenes en que los estilos de la Antigüedad habían estrechado el uso de la elocuencia, la dilató a cuantos razonamientos puede emplear el ejercicio de la racionalidad.» «Esta importantísima revolución — continúa Menéndez Pelayo — consiste en haber extendido el dominio de la retórica, de la gran retórica, es decir, de la teoría artística de la palabra, a todos los géneros en prosa, y no tan sólo a la oratoria política o forense, como era uso de los antiguos». El latín de Luis Vives significa un retorno al latín ciceroniano, y es patente en su obra la oposición a todo lo que de caduco y rutinario había en las últimas derivaciones de los métodos medievales y al uso del bárbaro latín de la época anterior. [Trad. castellana de L. Riber en Obras completas, Madrid, 1948, 2 vols.].
J. Mª Pandolfi

