[Restauration der Staatswissenschaft]. Obra del historiador suizo Karl Ludwig von Haller (1768-1854), publicada por vez primera en 1816-25. Entre las diversas formas de reacción determinadas en alemania por la Revolución Francesa y la codificación napoleónica, una de las más características es la representada por las doctrinas de Haller.
En tanto Savigny instauraba la escuela histórica contra el abstractismo racionalista de la Revolución, Haller propugna un verdadero y propio medievalismo político. Comparando lo abstracto de las doctrinas de la Ilustración con el abstractismo típico del Derecho, el autor les contrapone la fuerza como factor vivo y concreto, natural y no artificial y ficticio, que opera en la vida de todos los tiempos. El Estado concebido por los doctrinarios es algo ficticio: al construir un Estado semejante se le asigna, según las teorías, un fin determinado, mientras que el Estado no tiene finalidades universales y valederas siempre y en todas partes, sino finalidades completamente variables según los climas y las circunstancias.
El error de las doctrinas racionalistas y enciclopedistas ha sido el de oponer un estado «civil» a un estado «natural». No existe, en cambio, más que un solo estado: el de naturaleza, fundamento de toda realidad política. Esta realidad se presenta de una sola manera, esto es, como la dominación del más débil por el más fuerte: de aquí nacen el poder y la soberanía, que por tanto no es ni un deber ni un oficio, sino exclusivamente un derecho fundado en la mayor fuerza; ésta, como don que es de la fortuna, no se puede considerar más que como una gracia divina. En la obra se afirma resueltamente el concepto feudal-patrimonial de la soberanía. El único criterio y medida de la fuerza soberana— y por tanto de su legitimidad — está dado por los medios de que el soberano puede disponer; su acción es siempre legítima en tanto que su fuerza es eficaz.
A nadie debe dar cuenta de su propia conducta estatal, porque ella es una gestión tan privada como la del padre de familia. Como padre de familia hace la ley, concede las gracias, concluye tratados y promueve guerras. No existe erario público, sino sólo el patrimonio del príncipe. En este medievalismo rígido y absurdo que anhelaba la vuelta de un feudalismo formal, frente al nuevo concepto público e institucional del Estado, hay sin embargo un motivo bastante interesante y, extraño contraste, profundamente moderno: que el Estado, para existir, ha de ser ante todo fuerza, y que la fuerza se mide con los medios con que se cuenta para velar por su existencia, su autonomía y su dignidad. Este principio será después grandemente desarrollado por la escuela publicista y política alemana, y encontrará su más eminente propugnador en Treitschke (v. Política) y su realización en la política de Bismarck.
A. Repací

