Principios de Ética, Herbert Spencer

[Principies of Morality]. Tratado filosófico de Herbert Spencer (1820-1903), quinto del sistema de filosofía sintética (v. Primeros principios, Principios de biología, Principios de psico­logía, Principios de sociología), publicado de 1879 a 1893, y precisamente en este or­den: «The data of Ethics» [«Los elementos de la Ética»! (1879), «Justice» [«La justicia»] (1891), «The inductions of Ethics» [«Las inducciones de la Ética» J (1892), «The Ethics of Individual Life» [«La ética de la vida individual»] (1892), «Negative Beneficence» [«Beneficencia negativa»] (1893) y «Positive Beneficence» [«Beneficencia positiva»] (1893).

La obra pretende hallar en la con­ducta una base científica a los principios de la justicia y de la injusticia, como fin último de la investigación a que tienden las restan­tes obras. Análogamente a todos los demás fenómenos cósmicos, los fenómenos morales son también expresión de una evolución que tiene lugar de acuerdo con leyes natu­rales. Se echa de menos aquí, de modo absoluto, la concepción de una moral ba­sada en la voluntad de un ser sobrenatural o de un imperativo categórico, a la manera kantiana, pero tampoco se cae en el exceso del empirismo, considerando al hombre como un ser aislado, ajeno a la continuidad de la evolución humana. Tal moral es evolu­cionista y reconoce en el hombre, con la moral intuitiva, sentimientos morales origi­narios; pero, como los utilitaristas, ve su origen en la experiencia de lo que es útil, considerando la conciencia misma como una experiencia organizada.

La experiencia de lo que es útil, organizada y consolidada en virtud de las pretéritas pruebas colectivas, ha engendrado sus correspondientes modi­ficaciones nerviosas que, por herencia y acumulación, se han transformado en facul­tades intuitivas morales y sentimientos co­rrespondientes a acciones buenas o malas. En cuanto a la ética en la vida individual, Spencer, señalando las acciones egoístas como factor tan importante como las al­truistas, establece las exigencias éticas, en parte sobre la necesidad fisiológica. Al ha­blar de la moral social, el autor expone los principios de la justicia pura. En realidad, admitido que la justicia sea el funda­mento de la convivencia social, para que alcance su máxima perfección debe estar integrada por -el afecto y la simpatía. La obra termina con un magnífico pasaje refe­rente a la nobilísima ambición del bienhe­chor de la humanidad, consistente en «for­mar hombres».

M. Maggi