Pensamientos Sobre la Educación, John Locke

[Some Thoughts concerning educa­tion]. Obra del filósofo inglés John Locke (1632-1704), aparecida en 1693. Aunque no se trata de una obra sistemática, sino de una recopilación de fragmentos sacados de car­tas escritas a su viejo amigo Clarke, que había pedido a Locke consejos sobre la educación de su hijo, este texto clásico de la pedagogía moderna está completa­mente animado por una inspiración unitaria y por la persuasión de que un sólido pro­greso sólo puede consistir en una conquista y una activa construcción de la experien­cia individual, promovida y disciplinada por la educación.

Ésta se propone condu­cir al hombre a un conocimiento viril de la independencia de la persona y de la propia dignidad de ser racional, capaz de autodominio. También los consejos relati­vos al desarrollo físico, agrupados en la primera parte de la obra, se refieren a di­cho fin último de la obra educativa, al que se tiende sometiendo la naturaleza animal a la disciplina del espíritu, con la sobrie­dad, la rudeza en la vida, la costumbre de soportar molestias, fatigas, intemperies, el desdén de toda blandura y refinamiento. Consiste en ello el llamado «principio de endurecimiento», que es para Locke sólo un aspecto de la concepción general del procedimiento educativo como acción enca­minada a la adquisición de «buenas costum­bres», entendidas como la construcción con­creta de la personalidad individual.

En la parte central de los Pensamientos, Locke se detiene extensamente sobre la necesidad de la cortesía y la corrección de formas en las relaciones sociales, pero como expresión de una gentileza interna, pensando evidentemente en la clase de los «gentlemen». Mucho más relevantes son todas las consi­deraciones sobre «el gran secreto de la edu­cación», es decir, la conciliación de la vi­veza natural y el sentido de independencia del niño con el necesario freno de la dis­ciplina. Conciliación posible, por cuanto la independencia del hombre se basa en el uso de la razón, que lo hace capaz de auto­gobierno, y no en el capricho ni en la licen­cia; por ello es necesario, hasta que esté formada la capacidad formal de reflexión y se pueda dejar cada vez más al niño en «razonable libertad», el freno externo cons­tituido por la autoridad del educador.

Esto es legítimo mientras la disciplina no trate de someter, sino de liberar, y se base, no sobre amenazas de castigos humillantes o serviles, ni en premios prometidos como «recompensa de esta o aquella acción par­ticular», sino en el incentivo de la «apro­bación» o de la «desaprobación» o senti­miento del «honor», que una educación bien llevada suscita fácilmente en el alma del muchacho. El sentido del honor no es, sin embargo, para Locke, como podría creerse superficialmente, el fin último de la obra educativa, sino sólo un medio poderosa­mente eficaz sobre el cual se establecen las formas superiores de la moralidad, basa­das en la aprobación íntima de la concien­cia y en la satisfacción de obedecer a Dios. La instrucción, en fin, no ha de conside­rarse como acumulación de doctrinas, sino como desarrollo de la inteligencia que conduzca al alumno a triunfar en cuanto se proponga, a «juzgar bien a los hombres y a tratar prudentemente con ellos».

La en­señanza ha de ser alegre y viva, no pedante ni inútilmente fatigosa: que el niño apren­da a leer y. a escribir como cosa de juego; que se le enseñe más tarde a hablar y a escribir correctamente el idioma materno, luego un idioma extranjero, con la lectura directa de los escritores y con la costumbre de discurrir, que servirá al mismo tiempo para aprender el latín. Descarta los temas latinos, con los que se obliga a los mucha­chos «a hablar de cosas que no conocen en un idioma que ignoran», los versos, las declamaciones, los ejercicios de la memo­ria, las sutilezas de la lógica y la retórica; la instrucción ha de basarse en la observa­ción de lo que cae bajo los sentidos, luego sobre la aritmética, la geografía, el dibu­jo, y ha de ejercitar la reflexión con el estudio de la historia y de la moral.

Aun­que Locke caiga alguna vez en observa­ciones de ingenuo utilitarismo, no hay que olvidar que la verdadera «utilidad» de toda enseñanza está para él en la eficacia formadora de la capacidad del juicio indivi­dual. Reacciona ante las degeneraciones de la instrucción de tipo humanista, con una condena ciertamente excesiva, pero históricamente justificable, de toda enseñanza esteticoliteraria, y con la concepción de una educación intelectual realista y cien­tífica que responde mejor a los fines de la vida moderna. Su obra, que Rousseau alabó aun criticando algunos principios, refleja los motivos más profundos de la filosofía de Locke y ha ejercido un influjo enor­me en toda la pedagogía posterior. [Trad. española de Domingo Barnés con el título Pensamientos acerca de la educación (Madrid, 1917)].

E. Codignola