Origen del Hombre y Selección en Relación con el Sexo, Charles Darwin

[The descent of man and selection in relation to sex]. Obra del naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882), publicada en 1871.

Ven­ciendo las largas vacilaciones basadas, so­bre todo, en el temor a las polémicas a que la obra pudiera dar lugar, Darwin, que ya desde 1859, en su célebre obra sobre el Origen de las especies (v.), había expuesto su teoría general de la evolución, en esta otra obra recoge sus apuntes relativos a un problema específico de la evolución; espe­cífico pero importantísimo: el origen del hombre.

La obra, por lo tanto, se propone tres cuestiones fundamentales: I) si el hom­bre, como todas las demás especies, ha des­cendido de alguna forma preexistente; II) el modo de su desenvolvimiento y III) el valor de las diferencias entre las llamadas razas humanas.

El estudio de las estructu­ras homologas en el hombre y en los ani­males más bajos en la escala de la evolu­ción zoológica, y el análisis del desarrollo embriológico del hombre y de los fenóme­nos de atavismo conducen a la conclusión de que el hombre desciende de alguna for­ma menos altamente organizada y preci­samente de un simioide, «cuadrúpedo pe­ludo, provisto de cola y de orejas aguzadas, probablemente de costumbres arbóreas y que habitaba en el antiguo* continente».

A su vez este simioide, como todos los verte­brados, debe de remontarse, en su origen primero, a un animal acuático semejante a la ascidia de mar. La dificultad mayor para admitir tal teoría está en el hecho de que el hombre se halla dotado de facultades intelectuales y de un sentido moral que fal­tan a los animales.

Pero Darwin observa que el intervalo entre las potencias menta­les de los monos más elevados y las de un pez es inmenso; por esto también la inte­ligencia del hombre, que no difiere sino en grado de la de los monos, es un producto de la evolución.

También los sentimientos morales son desarrollados, debido a la evo­lución, de instintos que se hallan en todos los animales—Las conclusiones de esta obra serán consideradas, dice el autor, como extremadamente irreligiosas, pero no es más irreligioso explicar el origen del hombre como una especie distinta que desciende de alguna especie más baja, que explicar el origen del ser individual gracias a las leyes de la reproducción.

Las leyes de desarrollo del hombre son idénticas a las de otros ani­males. Finalmente, las razas humanas se pueden considerar como subespecies, o sea, como especies diversas; con todo, no des­cienden cada una de una pareja distinta, porque los cruzamientos, los cambios por evolución y la selección sexual han com­plicado las cosas. La segunda parte de la obra está dedicada al tema de la selección sexual, importantísima porque es el princi­pal factor de la evolución.

La naturaleza ha establecido, sobre todo en los machos, una verdadera lucha por la selección sexual; obra como los ganaderos que destinan a la reproducción los ejemplares mejores y me­jor dotados, descartando a los demás. De esto Darwin saca interesantes consecuencias de carácter moral: los más pobres e inca­paces deberían abstenerse del matrimonio, y la civilización no debería impedir el cur­so de la ley de la naturaleza por la cual los más aptos deberían prosperar mejor y criar más hijos.

Así, la ley científica de la evolu­ción es aplicada en apoyo de la ética típica de la burguesía anglosajona del siglo XIX, ética según la cual la lucha por la vida, y las diferencias de clase que derivan de ella tienen en sí un valor moral, y están fundadas en la naturaleza.

G. Preti