Con este título se hallan recogidas las obras menores de Plutarco de Queronea (46 hacia 120 d. de C.), aunque sólo una parte de ellas está dedicada a problemas morales propiamente dichos, a los cuales se añaden cuestiones de religión, política, historia, literatura, física y medicina.
También su forma exterior es diversa; predomina en ellas la exposición en forma de diatriba, pero también hay diálogos, por lo común dentro de un marco narrativo. En ellos, los interlocutores (a veces Plutarco se pone en escena a sí mismo) exponen lo que tienen que decir en un discurso continuado; raramente se da la forma dramática del diálogo platónico.
Los más importantes son los que se refieren al «Demonio familiar de Sócrates», al «Retraso en el castigo divino» (problema de la Providencia; tal vez el mejor diálogo de Plutarco), «Sobre la letra E en Delfos», «Por qué la Pitia ya no habla en verso», «Sobre la decadencia de los oráculos». Es importante por sus noticias acerca de la historia de la música el diálogo titulado con el nombre de ese arte, mientras que el «Sobre la cara que se ve en la luna» es importante para la astronomía.
En éste, uno de los interlocutores es un sabio forastero que ha venido de tierras ignotas más allá del Atlántico, en las cuales los modernos han creído reconocer América. En los nueve libros de las «Cuestiones de banquete» cuenta cada uno de los convidados diez problemas expuestos y resueltos en banquetes de amigos celebrados en lugares diversos: en casa de Plutarco, en Atenas, Roma, Corinto, etc.
La manera de tratar estos temas es muy desigual en amplitud y en profundidad y los asuntos son variadísimos : además de cuestiones de etiqueta en los convites, las hay de historia, física, higiene, literatura, filosofía, etc. Se habla, por ejemplo, de por qué los viejos ven mejor de lejos que de cerca; por qué las telas se lavan mejor con agua dulce que con agua de mar; de la rémora, el pez que, según la leyenda, pegándose al casco de las naves, impedía su avance; se discute si el temperamento de las mujeres es más frío que el de los hombres; por qué las carnes se pasan más rápidamente a la luz de la luna que al sol; si se equivocó Platón al afirmar que las bebidas pasan por los pulmones, etcétera.
De los tratados, en forma de diatriba, algunos, ya por el tema, ya por su carácter impersonal, recuerdan los ejercicios de las escuelas de retórica, y se atribuyen a la juventud del autor; así son los referentes a la suerte de Alejandro, a la gloria de los atenienses, y otros pocos. Pero en su gran mayoría estas obritas están escritas con espontaneidad y viveza. También aquí predomina el interés moral, de una moral menuda, pero las muchas y finas observaciones y la riqueza de la ejemplificación histórica y literaria hacen de Plutarco un agradabilísimo médico de almas; su buen sentido, además, y el purísimo y cálido entusiasmo que tuvo por lo bello y por lo bueno dan a su palabra profunda eficacia.
Más que sus tratados acerca de las «virtudes morales» y de los vicios o defectos como la curiosidad, la locuacidad, el excesivo número de amigos, y demás, son apreciables los dedicados a los afectos familiares (el amor entre hermanos, por los hijos, por el cónyuge), áureos breviarios de vida. Gran importancia tuvieron algunos tratados pedagógicos por el influjo que ejercieron en la pedagogía italiana del Renacimiento. De política tratan los «Preceptos sobre el gobierno del estado» y el escrito «Si los ancianos deben ocupar cargos del gobierno».
Mencionaremos, en fin, las recopilaciones de materiales: «Apotegmas de reyes y generales» (no de mano plutarquiana, sino de procedencia plutarquiana), los «Apotegmas espartanos», las «Virtudes femeninas», series de ejemplos históricos que celebran a mujeres insignes de todos los tiempos y países. Esta incompleta revista de temas demuestra cuántos intereses animaron a Plutarco, el cual intentaba reaccionar contra las corrientes de pensamiento que preparaban la nueva cultura, y se declaraba seguidor de Platón.
En realidad era un ecléctico, lleno de admiración por la grandeza de los antiguos; de ellos se hizo intérprete, para llamar la atención de sus contemporáneos hacia los valores de la tradición- Pero no fue un pensador original ni profundo, sino más bien un placentero vulgarizados.
A. Passerini

