[Nouveaux essais d’anthropologie]. Obra de Marie-François-Pierre Gonthier de Biran, llamado Maine de Biran (1766-1824), que, concebida en 1823, quedó incompleta y fue considerada como el «canto del cisne» de aquel original pensador.
Privada de una intrínseca unidad conceptual, su interés es más bien psicológico, porque en ella percibimos los vínculos del pensamiento del filósofo con su nobilísima y dolorosa experiencia de la vida. Después de las investigaciones que habían hallado su genial expresión en la Memoria sobre el hábito (v.) y lo habían conducido a las afirmaciones fundamentales de su Ensayo sobre los fundamentos de la psicología (v.), Biran quiso trazar una «fenomenología del espíritu», captando la esencia constitutiva del hombre desde un punto de vista puramente moral.
Por esto los tres grandes temas de la Moral: el Destino, la Libertad y «la Gracia, son tratados desde el punto de vista de los tres grados de la vida humana: la vida sensible, la vida intelectual y la vida espiritual. En el «estado sensible o afectivo», el hombre está completamente sometido a la tiranía de los sentidos.
Él mismo «deviene» sus propias modificaciones: no las conoce, no se desprende de ellas, no sabe que existe («vivit et est ipse nescius vitae suae»), es un ser absolutamente receptivo, privado de personalidad y de conciencia.
En el «estado intelectivo o perceptivo» el hombre ha aprendido ya a reaccionar ante el influjo del mundo exterior, a dominar con su voluntaria tensión muscular la excitación orgánica; el esfuerzo de sus músculos ha superado su estado pasivo, ha tomado bajo su dirección el ejercicio de los órganos, ha concentrado su acción sobre los objetos, ha transformado al hombre de artífice en artista.
Pero esta fuerza voluntaria, que dirige y plasma la materia, conduce al filósofo a elevarse hacia un Absoluto trascendente, hacia una Fuente divina originaria, en la que el pensamiento naufraga para descansar en el éxtasis místico; la «vida del espíritu» comprende y trasciende las otras dos vidas; la naturaleza humana no está irremediablemente corrompida por el pecado original, como Pascal afirma, ni es casta y pura en su origen como dice Rousseau.
Lleva en sí la imperfección de instintos animales que luchan contra la esencia divina que hay en nosotros; de ahí la exigencia de ser salvados por la Gracia sobrenatural. Al identificarse con la esencia de la divinidad, el Yo se pierde a sí mismo y se confunde con el infinito, pero este «perderse» no quiere decir aniquilarse, porque en Dios el alma se potencia y se recupera a sí misma.
Dios es el «postulado de la Razón pura», es el Ser eterno, inmutable, que sostiene todas las eternas y absolutas Verdades; Dios es también el «postulado de la Razón práctica» y se identifica con el deber absoluto. Si se suprime la causa suprema de la existencia, «tout ordre moral s’affaise et s’écroule en même temps».
Esta posición mística, a la que finalmente llegó Biran, fue llamada «un replegarse de su pensamiento». La debilidad orgánica, la sensibilidad casi morbosa de su naturaleza y los mismos desengaños provocados en él por el espectáculo de las vicisitudes políticas de su tiempo, le condujeron finalmente a buscar la paz y el equilibrio en el mundo religioso; su visión tripartita de la vida humana se resiente de la distinción pascaliana entre «materia, pensamiento, caridad»; y también su introspección recuerda el pensamiento de San Agustín: «in te ipsum redi, tecum habitat Veritas».
Cierto es que este profundo misticismo de Biran señala la extrema evolución de una profunda crisis interior, que se inició en los primeros años de su juventud, desde que el filósofo (evidentemente bajo el influjo de la filosofía sensista) emprendió el estudio del sentimiento religioso con espíritu escéptico y materialista; crisis que más tarde, en el período de la madurez, le condujo primero a aproximarse al estoicismo, después al panteísmo y finalmente al cristianismo.
O. Abate

