[Die Geburt der Tragödie oder Griechentum und Pessimismus]. Es la primera obra con la que el pensador alemán Friedrich Nietzsche (1844- 1900) se presentó al público en 1872. Puede decirse que nació de los «altos coloquios» con Wagner en Triebschen, a donde Nietzsche, entonces profesor de filosofía griega en Basilea, se trasladaba siempre que podía para breves o largas estancias.
Wagnér estaba componiendo la música de Sigfrido; Nietzsche «reflexionaba» sobre la universalidad del problema de la tragedia griega y el pensamiento de los presocráticos. A cada encuentro en la idílica paz de la quinta solitaria a orillas del lago, se producía una nueva y más elevada liberación de «pensamientos en vuelo». La obra está completamente invadida por la «atmósfera embriagadora» que es característica de las grandes «tensiones espirituales». «Y es ya una de las más hermosas de Nietzsche*, quien se afirma en ella y se muestra tal cual será más tarde en sus mejores obras.
Están ya latentes, en potencia, todos sus escritos posteriores. Desde este momento en adelante estará dominado por un fervor que abarca todo lo que hay en él, reduciendo a cenizas o haciendo de cristal lo que no consigue soportar un calor, semejante» (A. Gide). El arte, dice Nietzsche, está ligado a la duplicidad de lo Apolíneo y de lo Dionisíaco. Con el término «Apolíneo» se designa la contemplación estética de un mundo imaginado y soñado, de un mundo de hermoso aspecto como liberación del devenir; en el nombre de Dionisos, en cambio, el devenir es comprendido como voluptuosidad furiosa del creador, que al mismo tiempo siente la furia del destructor.
Ambas tendencias son «instintos artísticos de la misma naturaleza» y de su antagonismo se desarrolló el arte griego. Para el griego, hacerse apolíneo significó dominar la propia voluntad de lo monstruoso, de lo desconocido, de lo atroz, y transformarla en una voluntad de medida. En el fondo del griego yace lo desmesurado, lo asiático; el valor del griego consiste en la lucha contra su «asiatismo». Así la teogonia olímpica de la alegría se desarrolló por lenta transformación de la teogonia titánica del terror, en virtud del instinto apolíneo de la belleza.
En esta luz de sueño sereno germinan las artes plásticas y la épica, que son contemplación pura, y por tanto mesurada y fría, de imágenes, y que imitan con su lenguaje el mundo de la visión. En sentido contrario a dichas artes contemplativas, la música aparece como voluntad que se expresa como arte de la embriaguez; mientras, en la tragedia, al artista dionisíaco, por efecto del sueño apolíneo, se le revela su estado orgiástico en una alegórica imagen de ensueño. La tragedia ha nacido del coro trágico, compuesto por sátiros, que representa el elemento dionisíaco propiamente dicho.
El sátiro es la imagen originaria del hombre ebrio por la proximidad del dios; es símbolo de una existencia más profunda que la del hombre de cultura, y representa, con su experiencia dionisíaca, la auténtica verdad en comparación con el fenómeno que pasa; de ahí nace la consolación metafísica de la tragedia, en el sentimiento de la eternidad del ser por encima del continuo morir ‘de las apariencias. Primero Dionisos, el dios, es el único representado en la conmoción orgiástica; luego se hace la tentativa de representarlo en visiones, y así nace el drama propiamente dicho, que transformando en belleza los sufrimientos del héroe, produce la serenidad.
Hasta Eurípides, Dionisos no deja de ser el único héroe escénico, bajo los disfraces de los diversos personajes de las distintas tragedias. El germen disolvente de la tragedia es el socratismo de Eurípides, el predecesor de la comedia ática nueva, el que llevó a la escena no ya al héroe, el hombre transfigurado por la pasión dionisíaca del coro que contempla en él los sufrimientos del dios, sino al homúnculo, en la individualidad de su sufrir cotidiano. La ley del socratismo estético es que todo ha de ser inteligible para ser bello; repugnan a Eurípides y a Sócrates, su maestro en cierto sentido, la inconmensurabilidad del drama, la indeterminación y la pompa dionisíaca de la tragedia.
Nace con Sócrates el hombre teorético que sólo cree en la capacidad del intelecto, mediante la dialéctica, de poder llegar a las raíces del ser. Esta especie de optimismo teorético, penetrando en el organismo de la tragedia, mina sus bases rechazando el elemento dionisíaco. De ahí en adelante, Nietzsche desplaza el problema de Grecia, presa del optimismo teorético decadente, y lo traslada a alemania, envenenada por el mismo espíritu. Si Kant y, sobre todo Schopenhauer, con sus doctrinas de las cosas en sí y del dolor universal, por una especie de profundo conocimiento trágico han ganado las primeras batallas contra aquella forma de bajo cientificismo, incumbirá al drama wagneriano el empeño de curar al pueblo alemán del extravío cuya última expresión en el arte es el decadente drama musical con fondo idílico.
Las dos innovaciones decisivas del libro son: en primer lugar la comprensión del fenómeno dionisíaco entre los griegos, contra el mito, adoptado después por Winckelmann y, en tiempos más recientes, también por Hegel, de los griegos como pueblo de feliz y equilibrada juventud; en segundo lugar, la interpretación por la que Sócrates es considerado como instrumento de la disolución griega y dibujado por primera vez como decadente típico. Se presenta también, como base de la obra, el principio de la «afirmación suprema», que acepta cuanto existe sin distinciones morales, que siempre asiente, alegre y orgullosamente, a la vida; de ahí la hostilidad a toda cultura que quiera la «racionalidad a toda costa» y la aversión tácita al Cristianismo que relega todo arte a una función secundaria, en obsequio a la moral.
Lo que más tarde Nietzsche desaprobó de este libro, fue haber contaminado el problema estético del mundo griego, poniéndolo en relación directa con el arte alemán moderno y especialmente con la música de Wagner; Nietzsche se comparará precisamente a sí mismo en este libro, con «un bárbaro ebrio que sueña a los pies de una estatua de Venus». Y es cierto que la personalidad de Nietzsche no se ha elevado todavía del todo a la total afirmación de su propio genio solitario; el estilo, resintiéndose de cierta blandura romántica, no es todavía el hermoso estilo nietzschiano del período de su plena actividad filosófica. Pero la obra continúa siendo atrevida y original tanto por la reversión, adoptada más tarde por la cultura siguiente, que introduce en el modo de juzgar la vida de los griegos, como por el valor juvenil y la melancolía de que está llena.
G. Alliney

