Memorias de Química De Lavoisier, Antoine-Laurent Lavoisier

Las memorias químicas de Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794), fueron reimpresas en Oeuvres de Lavoisier, 6 vols., al cuidado del Ministerio de Instrucción Pública (Pa­rís, 1862).

Las principales en orden de tiem­po son las siguientes: Sobre la naturaleza del agua [Sur la nature de Veau, 1770]; Experiencias con el diamante [Expériences avec le diamant, 1772]; Sobre la calcinación del estaño [Sur la calcination de Vétain, 1774]; Sobre la combustión del fósforo y del azufre [Sur la combustión du phosphore et du soufre, 1777]; Sobre el ácido car­bónico [Sur Vacide carbonique, 2 memo­rias, 1781-1784]; Experiencias sobre el pla­tino [Expériences sur le platine] (editadas en «Annales de chimie»). En éstas y en las demás memorias de Lavoisier se afirma la que ha sido considerada como la máxima revolución de la química en la época mo­derna, en oposición a las teorías flogísticas del gran Stahl. Precursor máximo suyo fue Priestley, quien aisló el oxígeno y descubrió la verdadera naturaleza del aire atmosféri­co, mientras Cavendish ya notaba que el agua es precisamente un compuesto de hi­drógeno y oxígeno. En la primera de las memorias citadas, Lavoisier pudo demos­trar que determinados pesos de estos dos gases concurren a la formación del líquido más común sobre la superficie de nuestro planeta, y en los estudios sucesivos pasó a la interpretación orgánica de los hechos recientemente descubiertos y de los ya elaborados en el cuadro racional de la teo­ría del flogisto.

Él demostró, en primer lu­gar, que todos los fenómenos ordinarios de combustión consisten en la combinación del oxígeno atmosférico con la substancia com­bustible, tanto si ésta arde (madera, papel, carbón, etc.) como si se altera, sencillamen­te, para dar lugar a óxidos (como lo hacen, en condiciones ordinarias, los metales). La «calcinación» de los alquimistas y de los seguidores de la doctrina de Stahl (1660- 1734), es, pues, una «combinación del metal con el oxígeno atmosférico». Es falso que todos los cuerpos combustibles sean com­puestos en que entra una substancia particular (flogisto, quemado) capaz de arder. Según la vieja doctrina del gran químico de Anspach, todo cuerpo, al arder, se separa de su flogisto, y todos los fenómenos de la combustión, como la llama, el calor, la luz, son debidos a la violencia de la expulsión. Metales como el cinc, al librarse del flogisto, producen subs­tancias terrosas blancas o de color, llama­das calcinas. Lavoisier negó esta errónea teoría y explicó así de la manera más sen­cilla el hecho de que el peso de los me­tales en vez de «disminuir» (por la pérdida del flogisto) «crece» durante la calcinación por el «oxígeno» que se combina con ellos. Es también notable su segunda memoria, en la que Lavoisier demuestra que es ver­dadera la hipótesis de Newton, el cual pen­saba que el diamante era carbono en estado puro. Bien pronto se formó en Francia una nueva escuela (Berthollet, Fourcroy, Guyton de Morveau…) que se puso a remodelar la teoría química y a reformar la no­menclatura, introduciendo entre otras co­sas los nombres de hidrógeno y oxígeno, en lugar de los términos «flogisto» y «aire desflogisticado» (así llamados por Priestley, que los descubrió en 1774).

En parte por influencia de prejuicios nacionales, las nue­vas maneras de ver no fueron al principio bien acogidas en alemania (sede de la teoría del flogisto), en Inglaterra y en otros países. Los mismos Priestley y Cavendish no se convirtieron a la nueva doctrina, a la que, sin embargo, tanto habían contri­buido. Se dejó convencer, en cambio, el célebre Black (en Edimburgo), mientras en alemania fue introducida después en gran parte por Klaproth. Otra contribución fun­damental que las doctrinas de Lavoisier señalan en el campo de la química es el «principio de la conservación de la mate­ria», que se encuentra en varios escritos suyos. Boyle, Black y Cavendish-le-prece­dieron en reconocer la importancia del es­tudio de las relaciones cuantitativas de las substancias; pero ninguno antes de él for­muló, de manera tan clara, semejante prin­cipio.

U. Forti